Mantequilla prisionera

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Para NachoMi primer contacto con el llamado "arte no convencional" consistió en ver a una mantequilla prisionera. Cuando Lautréamont puso el paraguas y la máquina de coser en la mesa de disección, hace 150 años, no fue convencional; ahora, todo lo que lo imite, lo es. Lo convencional, en arte, no es desdeñable: Mozart nunca fue más libre que dentro de las restricciones de una sonata.
     ¿Qué se debe entender ahora por "arte no convencional"? Aquel que para suceder necesita por lo menos una cámara Sony XY300, un CD, Un CDROM, un DVD, un KLM, siete televisiones, cien metros de cable axial, tres kilos de papel encerado, dos actrices, el cadáver de una moto, el abrigo apolillado de visón de una tía, una cascada portátil, la gran sala equipada de un museo nacional, algunas sandías, mucho presupuesto y sobre todo, muchas, pero muchas explicaciones.
     Había acudido con mi hijo a mirar una espléndida exposición de pinturas y fotografías modernas, es decir decimonónicas. Al terminar se nos invitó a ingresar por una pequeña puerta que conducía a un cuarto estilo Caligari. Era ahí donde nos esperaba el arte actual. En el extremo más angosto del cuarto, había una pantalla de televisión. Pero no era una pantalla de televisión (expresión moderna), ni tampoco una tele (expresión contemporánea), sino lo que en arte actual se llama monitor.
     Por alguna razón actual, que se nos explicó prolijamente (y que olvidamos de inmediato), el monitor no representaba (moderno), ni mostraba (contemporáneo), sino que soportaba (actual) lo que sucedía en el cuarto de junto. Sólo que no era el "cuarto de junto" —expresión antediluviana—, sino lo que actualmente se llama el espacio. Y bueno, en ese espacio se encontraba lo que ya no se llama obra de arte, sino la instalación.
     Y lo que había sido instalado en ese espacio, y que era lo que soportaba el monitor, era que sobre el parquet, acostada en la envoltura de la que había sido parcialmente despojada, yacía esta enorme barra de mantequilla. A tres metros de altura, en el muro vecino, una ventanita con barrotes ponía en evidencia que la mantequilla estaba prisionera.
     Un minuto después de que experimentamos con todo detenimiento el arte actual no convencional, estábamos en el café del museo platicando nuestras emociones. ¡Pobre mantequilla prisionera! ¿Qué crimen habría cometido? ¡Una mantequilla tan peligrosa que no sólo está prisionera, sino bajo reflectores y cámaras que vigilan cada uno de sus gestos y movimientos! ¿Sería una mantequilla asesina en serie de quesos cottage? ¿Y si no cometió un crimen, sino que es una mantequilla prisionera de conciencia? ¿Y qué no habrá alguna ong de lácteos que la proteja?, ¿o un fiscal especial? Y cuando la liberen, ¿regresará al salón de clases y dirá: "Como untábamos ayer…"? ¿Y la barra de mantequilla tendrá derecho a su visita conyugal? En todo caso quedamos, para decirlo en moderno, la mar de aburridos. O para decirlo en contemporáneo: quedamos indiferentes. O para decirlo en actuañol: quedamos multimedia desconstruidos cool.
     Después me enteré de que por instalación debe entenderse "una disposición artística de objetos que tiene como objeto ejecutarse en un espacio o ambiente específico donde tales objetos adquieren una carga significativa superior a su funcionalidad cotidiana". De este modo, una mamila marca Evenflo en la mesa junto al bebé es una mamila marca Evenflo; mientras que cien mamilas marca Evenflo en forma de suástika en el suelo de un museo son instalación ejecutada significativa no convencional con soporte.
     Desde ese parteaguas que separó mi desdén por el arte no convencional de mi tedio ante el arte no convencional, he sabido ver algunas otras instalaciones. Las anoto en seguida, con un breve resumen de la impresión que me produjeron. Seis monitores colocados en el suelo, entre un spaguetti de cables, proyectan las manos de un carnicero golpeando sin clemencia un buen trozo de aguayón. Sentí pena. Varias computadoras bañadas de miel de abeja. Sentí flojera. Doscientos kilos de aserrín amontonados en un rincón con una dentadura postiza y una peluca enmedio. Sentí como pereza. Veintitrés licuadoras hacen girar otras tantas muñecas Barbie incorporadas al mecanismo rotatorio. Sentí conciencia de que el territorio femenino se encuentra asediado por un discurso utilitario de signo machista apoyado por una tecnología excluyente. Y quizás la más ingeniosa de todas: una hoja de papel en un muro que explica que la "instalación" consiste en que la pared de la galería está pintada con el tipo de pintura que suele utilizarse para pintar galerías. Sentí padrísimo.
     Pocas cosas tan viejas bajo el sol como la veneración de la actualidad. ¿Es posible encontrar algo más superficial que lo actual? Es un hervor abundante y ansioso, un instante baladí con pretensiones de fenómeno, un lapso gastado por la ocurrencia endiosable. Es la puntalanza de la vanguardia del último grito de la moda, esa boba ululante. No recuerdo quién dijo algo que se me antoja incontestable: la moda es todo aquello que se encuentra al borde del suicidio. –

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