Más de media vida

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El 20 de noviembre se cumplieron veinticinco años de la muerte del dictador gallego Franco. Tenía yo entonces veinticuatro de edad y ahora cuento cuarenta y nueve, así que por primera vez puedo decir —aunque por los pelos— que más de la mitad de mi vida ha transcurrido sin padecer su garra. Más suerte ha tenido en eso mi generación que las dos anteriores: esa liberación nos pilló aún jóvenes, cuando no teníamos del todo trazada nuestra existencia, a tiempo para enmendarla o arreglarla o encauzarla según nuestra voluntad y criterio. Para nuestros primos mayores, no digamos para nuestros padres y abuelos, fue demasiado tarde. Y resulta que hoy —parece todo tan cercano; y tan lejano— cualquier español con menos de un cuarto de siglo, incluso menor de treinta años, no tiene apenas idea de lo que fue la vida cotidiana de todas esas generaciones con las que convive, incluida la de gente bien en activo y aún no muy anciana, como los dos solitarios —nacidos en el 51 ambos— que aquí ponemos careto, pitillo y tumbona un domingo tras otro.1
     Claro está que nos ahorramos la peor parte, el año 39 y la década entera de los cuarenta, cuando la furia era más furia y Franco y los suyos hacían limpieza de todo tipo fusilando a troche y moche tras juicios de pantomima o sin siquiera eso, y encarcelaban a mansalva sin necesidad de pruebas —bastaban las acusaciones—, y represaliaban a buena parte de la ciudadanía superviviente, prohibiendo ejercer sus profesiones a médicos, abogados, escritores, arquitectos, periodistas o comerciantes. Y otra parte de la población se dedicaba a denunciar al vecino, a menudo para ajustar cuentas personales, o también por miedo, delatar a alguien era hacer méritos ante las insaciables y vengativas autoridades; o para no ser delatado, todo era tan arbitrario que ese riesgo siempre existía para cualquiera, aunque fuese conservador y católico y no hubiera hecho daño a una mosca. (Lo he vivido en mi familia: al término de la Guerra mi padre fue derecho a la cárcel sin haber pegado ni un tiro durante la contienda, de lo cual se siente aliviado). Los vencedores se ensañaron con los vencidos, y quien lo niegue miente, y la cosa fue especialmente grave por innecesaria: aquellos vencidos lo estaban de veras, no levantaron cabeza durante casi cuarenta años, por mucho que hoy se mitifique en algunos foros la resistencia o lucha antifranquista.
     No es fácil de imaginar, como tampoco la Guerra. Pero tampoco es imposible: piensen los más jóvenes en que la mitad de la gente que hoy está activa en España —los que escribimos, los que pintan o componen o cantan, los actores, los políticos, los magistrados, los médicos; pero también sus conocidos, la mitad de sus amigos o compañeros de trabajo— desapareciéramos de pronto por muerte, prisión, exilio, persecución, ostracismo o represalia. Gustemos o no, gusten o no, tendríamos un país amputado, demediado; y desalmado. E imaginen un nuevo régimen en el que, tras suprimir o castigar a los disidentes, se fuera luego contra "los tibios", y luego contra "los sólo templados". Los de mi edad nos ahorramos lo peor, aquello. Pero aún en los años sesenta, y hasta el 75, estaba casi todo prohibido. Nadie podía decir ni escribir públicamente lo que pensaba —¿se dan cuenta?—, y la pertenencia a un partido —clandestino por fuerza— suponía años de cárcel, como participar en una manifestación —ilegales todas— o lanzar unas octavillas. El catalán, el vascuence, el gallego, no existían más que en privado, y la policía detenía por la pinta que uno llevase. Las mujeres no podían trabajar ni viajar sin autorización del marido —¿se dan cuenta?—, y por supuesto no había elecciones ni prensa libres, ni nada de nada libre. Las únicas libertades eran las que de vez en cuando nos tomábamos los ciudadanos, siempre con considerables riesgos.
     Hoy hace veinticinco años aún estábamos en eso, sin saber qué vendría tras la esperada y temida muerte. Por eso me subleva oír o leer a veces que en realidad nada ha cambiado, que esta democracia es la prolongación del franquismo con la cara lavada, o que el Estado sigue oprimiendo a los vascos. Qué sabrán los vascos más jóvenes de lo que es estar oprimido, muchos aprenden a oprimir tan sólo. Y mi denostada y "opresora" ciudad, Madrid, fue tan machacada como la que más, pues no sólo se instalaron aquí el dictador y sus sicarios y esbirros más fieles, sino que la capital había sido la última en rendírseles, aguantándoles sin doblar la rodilla más asedios y bombardeos. Así que Franco la castigó ejemplarmente, ya lo creo. Que no vengan ahora con gaitas ni con txistus falaces, quienes por fortuna ignoran lo que es estar oprimido. –


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