Contra el mundo miserable

Principio, medio, fin

Valeria Luiselli

Feltrinelli

Barcelona, 2026, 360 pp.

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Principio, medio, fin, la más reciente novela de Valeria Luiselli, apareció en España el pasado seis de mayo. En Estados Unidos y el Reino Unido, el 28 y 30 de julio, respectivamente. Ese intervalo tan acotado de publicación en dos –o tres– campos literarios autónomos y con sus propias cadencias de edición y traducción abre la puerta a algunas observaciones sobre el libro, que estrenó editorial y ha sido distribuido con alharaca en toda América Latina, además de llevar finalmente a buen puerto la recepción de la novelista y ensayista en un territorio que le había resultado algo refractario: México, su país de nacimiento.

La primera: Principio, medio, fin es un texto ligero, de lenguaje más o menos sencillo y oraciones cortas. Cuenta una historia más bien escueta y tiene muchísimo diálogo. Vaya, está repleta de diálogos. Lo que no impide la profusión de referentes cultos, por así llamarlos: Rachel Carson, san Jerónimo, Odiseo, Polifemo, Pirandello, Plinio, Proteo, Aristóteles, la Edad de Bronce tardía, la mitología grecorromana en sus particularidades más doctas. Sigo: Cinema Paradiso, Antonio Di Benedetto, Empédocles, Menelao, Fabrizio De André. Leonard Cohen, George Steiner, Narciso. La lista es casi interminable.

Lo anterior tal vez pueda explicarse por el perfil cultural y profesional de la protagonista. Afincada en Nueva York, el yo narrativo asume la identidad de una escritora de considerable éxito que, con motivo del lanzamiento de uno de sus libros, decide recorrer media Europa y recalar finalmente en Catania, donde un examante –pianista– le ha prestado departamento. Para hacerlo, interrumpe temporalmente la escolaridad de su hija de doce años y emprende con ella una sucesión de breves estancias en varias ciudades: Lyon, París, Varsovia, Atenas, Londres, Berlín. Escribe, de hecho, que “en un café de Praga, mi hija perdió una muela, la penúltima, adentro de un plato de sopa”.

La narradora imagina un nuevo inicio para ella y su hija. Después de un divorcio extenuante y un proyecto de grabación de paisajes sonoros en la frontera entre México y Estados Unidos, busca las palabras y las prácticas habituales para fundar otro hogar. Así, en esta estadía siciliana de varios meses, quiere volver a escribir, construir una rutina amorosa y cercana con su hija –marcada por el alejamiento de su padrastro y su hermanastro, y dueña una capacidad deductiva asombrosa–, reactivar el deseo y reafirmar una línea genealógica de cuatro generaciones de mujeres excepcionales: la bisabuela, arqueóloga siciliana libérrima que terminó casi ahogada en Veracruz y no volvió a subirse en un barco; la abuela, aparentemente afectada por los achaques de la vejez y la progresiva pérdida de la memoria –el revulsivo es nada menos que la traducción del latín de algunos pasajes de los clásicos–; la narradora, que es madre, escritora, viajera, cuerpo deseante; y su hija, una casi adolescente con quien va construyendo un espacio de intimidad en ausencia del pianista. En medio de estas semanas, el deseo regresa de modo esporádico: están la cama y la ropa del músico, las conversaciones y fotografías por chat con él y otros hombres, pero también el paisaje que las rodea: el Mediterráneo, los diversos vientos que perturban a la gente según la estación y la llegada incesante de migrantes desde países africanos.

A falta de una explicación más convincente para la chirriante erudición de sus personajes –que parecen alumnos de universidades estadounidenses de élite–, puede aventurarse al menos una razón de orden formal: como en la notable Los ingrávidos (2011), Luiselli construye la narración mediante fragmentos breves, casi acápites, cuya acumulación da lugar a capítulos y, finalmente, a las cuatro secciones que articulan la obra. En un buen porcentaje, estas pequeñas incisiones funcionan de modo prefabricado: a) presentación de la escena –la mejor de las partes, como cuando madre e hija observan a un pescador trepanar un pez espada, lo compran, dilatan la espera para prepararlo y comerse su cabeza, y terminan enterándose días más tarde de que la parte por la que pagaron buen dinero suele desecharse–; b) gradación de la retórica a través de oraciones cortas, dulzonas y punzantes, hasta alcanzar densidad emocional; c) alguna referencia culta o cultísima, o algún marcador de clase alta –el pianista tiene un Steinway en casa–; d) y cierre enternecedor mediante un diálogo insustancial entre madre e hija. De este modo, el gesto porfiado de mencionar referentes eruditos tiende a neutralizarse y quedan imágenes concebidas para sustraerse de la crítica: la relación afectuosa, aunque tan profesoral, entre la madre pródiga en conocimientos, y su bisoña hija, que –sensibilísima– procesa el duelo de modo bastante más lírico que el resto de los mortales.

Al inicio de esta reseña mencioné el escaso margen de publicación entre la edición española y las anglófonas de Principio, medio, fin. A juzgar por la página legal de la primera y por ciertos mexicanismos dispersos en el texto, Luiselli escribió el original en español. La edición de Knopf, sin embargo, señala que la novela fue escrita en inglés. Cabe entonces pensar que la autora tradujo su propia obra, que escribió casi simultáneamente dos versiones muy semejantes o que, a estas alturas, la pregunta importa poco. Quizá dé lo mismo, sobre todo para un público dispuesto a recibir esa dosis de ternura radical y bajo esfuerzo que permite conservar la pose de una lectura highbrow.

Pese a todo el optimismo –o acaso también por una feliz ingenuidad–, me temo que esta narración habita el reverso pesadillesco de la literatura mundial: el uso de lo que Ignacio Echevarría llamaba, ya en la segunda década de este siglo, “lenguaje estandarizado”, propio de los grandes proyectos mercantiles editoriales y renuente a inscribirse en una determinada línea de referencias o a labrarse un lenguaje específico. El crítico echaba de menos una literatura capaz de preguntarse por el reto de su traducción y el sentido de las palabras en textos con sus propias marcas históricas y claves de lectura. Y proponía un regreso casi idílico a la riqueza de las literaturas nacionales –y, en consecuencia, al tejido editorial que las respaldaba y se pensaba para un público muy preciso.

Tal vez no sea necesario recurrir a una realidad ya casi derrotada, ya ruinosa, arcaica o mítica. Bastaría con bregar por la autonomía –y la vigencia– de ciertas conquistas literarias, hoy extrañamente relegadas: la complejidad, la particularidad, la elipsis, pero también la pervivencia de la iniquidad y la sevicia en la experiencia diaria de las personas. Quiero decir: de un mundo donde no todos somos tan virtuosos. Y también quiero decir que todo aquí es tan purista que he comenzado a extrañar algún gesto zafio o canallesco, tal vez alguna marca que delate la futilidad de la búsqueda de personajes filtrados como si fuesen retratos pensados para una red social: mujer con paisaje, mujer e hija y abuela y mansa vejez, amuleto robado y culpa y ansiedad por devolverlo, crítica justiciera a quienes practican el nativismo y la falta de memoria histórica.

Ese mismo impulso depurador alcanza a la lengua. Este es un texto sin procedencias lingüísticas, o cuya única procedencia es más bien una obsesión autoral: en uno de los lanzamientos de la novela en la Ciudad de México, Luiselli afirmó que lo que más le fatiga de las innumerables presentaciones y ruedas de prensa es que le pregunten qué partes del texto son autobiográficas y qué partes inventadas. No creo errar al afirmar que este prurito tiene sin cuidado a una porción considerable de lectores. Lo que entristece, o más bien enciende alarmas, es la ausencia de filiaciones, el carácter esforzadamente neutro, la ingenuidad del viaje, la apuesta por la trama y no por el lenguaje –a despecho de lo que la propia Luiselli repite y repite– y el talante socialdemócrata con que piensan y actúan sus personajes: seres sin preocupaciones objetivas, gente bienintencionada y refinada, soñadores utopistas que hacen la política de los ilustrados. Algo así como la versión urbanita de los ensueños de la novelista catalana Milena Busquets, bastante más sibilinos, por cierto. Un ejemplo: la cuestión del dinero apenas si se menciona en medio de un desplazamiento que sería posible solamente en las vidas de los ejecutivos de multinacionales.

Subsidiarias de este problema son esas voces que, cuando flaquean, se dan la licencia de ser un poquito melancólicas. Y el costumbrismo de incontables diálogos que, si no rozan lo inverosímil, son materia de manual escolar de educación cívica. Al caminar por la ciudad, la madre y la hija leen unas pintadas xenófobas. Y la primera le explica lo que dicen: “Significan: Italia necesita niños italianos, no migrantes. Regresa a África. / ¿Pero qué quieren decir? / Quieren decir que si alguien no nació en Italia de padres italianos, no es bienvenido. / ¿Y que tiene que regresarse a África? / Según este póster, sí / […] / Pero si los italianos también se fueron a vivir a otros lugares cuando tuvieron que irse, como Nanna, que se fue a México. / Así es. / Entonces eso es una contradicción.”; “Ma, ¿por qué a veces la lluvia se siente como si fuera un recuerdo?” Pocas veces tan visible la inercia del voluntarismo moralizante.

Bien nos haría esa ejemplaridad y esa urbanidad y esa curiosidad cosmopolita y abigarrada de una bien provista dosis de conocimientos clásicos. Pero esto no va de sociología o civismo, ni es el final almibarado de alguna animación de kermés: quiero pensar que la literatura apuesta menos por la imagen del escritor que ostenta un porcentaje cauteloso –pero redituable– de latinoamericanidad, y más por un proyecto que interpele o dialogue o rebata o continúe, porfiado, el problema del viaje, de las procedencias textuales, de la lectura misma de los clásicos o del relato idílico de la sucesión matrilineal.

Si en Desierto sonoro (2019) la mención de autores complejos y las referencias sofisticadas se sostenían –apenas por un hilo, es cierto– al amparo de la discusión inagotable del archivo y el traslado de material bibliográfico y audiovisual en medio de una road movie de personajes profesorales, en Principio, medio, fin el buenismo con que estos encaran la porquería del mundo, su extraordinaria aptitud para sustraerse de la miseria circundante y refugiarse en espacios donde resuenan –como fórmulas de absolución política– palabras como cuidado, reciprocidad, solidaridad, comunidad, lo fagocita todo. Si en la anterior novela de Luiselli este entramado de interminables referencias de biblioteca y privilegiados buenaonditas funcionaba a medio gas, en Principio, medio, fin la envergadura del proyecto autoral y del proyecto expansionista de la literatura mundial en la más endeble de sus caras prevalece por encima de cualquier otra consideración. Y lo que queda sí que es una ruina bastante triste: la de la indistinción de los libros, la del autor complacido como productor de imágenes mediáticas sucesivas –no de palabras. ~


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