Una novela experimental

Un comentario a la última novela del escritor mexicano Álvaro Uribe
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Morir más de una vez, de Álvaro Uribe, es un tipo infrecuente de novela experimental. Estaba pensando Uribe, según confiesa, en escribir una novela sobre el París diplomático de su juventud cuando se le atravesó un cáncer de pulmón. Venturosamente, el tumor maligno le fue extirpado y al sanar, el novelista, aprovechando esa segunda oportunidad, regresó a la novela ideada, y acaso ya escrita en alguna medida, para someterla a la prueba de la muerte, introduciendo en el panorama de la nostalgia, el presente apenas clausurado.

Si, como sostiene Uribe, la memoria inventa el pasado y la fantasía inventa el futuro, Morir más de una vez  (Tusquets, 2011) tendría que ser una novela-aleph, un objeto a través del cual pudiesen abordarse las posibilidades de muerte que a su narrador –no necesariamente el novelista– se le hubiesen presentado a lo largo de su vida. Así, Uribe (ciudad de México, 1953), uno de nuestros borgesianos más intransigentes, le ha rendido homenaje al primero de sus clásicos sin incurrir en la puerilidad de citarlo.

El resultado es doble: un experimento y una experiencia. El lector se encontrará, en el comienzo de la novela, con  un grupo de jóvenes diplomáticos juerguistas sufriendo el accidente de carretera en el sur de Francia que le permite al narrador, quizá muerto, ver su futuro y no su pasado. Los seguirá en el apogeo de la década de los ochenta haciendo fiestas épicas en Saint–Germain–des–Près y la trama se extenderá al valet mexicano del embajador que se queda en París como pintor de brocha gorda para morir poco después de haber filmado su supuesta muerte en la película experimental realizada por uno de los amigos del narrador. Es probable, finalmente, que el lector de Morir más de una vez se concentre –ése fue mi caso– en el personaje más rico de la novela, Gabrielle Anghelotti, una gran dama culta de esas que sólo Francia puede labrar, quien renuncia a una vacilante vocación de poeta  para convertirse en el alma de la embajada de México en París, consejera a la vez informal e imprescindible, de Jaime Torres Bodet, Octavio Paz, Carlos Fuentes.

La Anghelotti –basada en un personaje real– le permite a Uribe escribir algunas de las páginas más perceptivas de una obra novelesca, la suya, que abunda en ellas. Se trata de aquellas ilustrativas del amor platónico y la “pasión retrospectiva” que los jóvenes mexicanos establecían con ella, competitivos y celosos, según lo narra Uribe en Morir más de una vez. Gabrielle es otra dama con perro (como la de Chéjov) y un personaje que andaba suelto, en busca de una novela donde establecerse.

Morir más de una vezes, también, una investigación dedicada a explorar el sentido de la amistad masculina, esa vieja camaradería que está en el centro de un canon, el de las novelas de la educación sentimental entre las cuales podría incluirse a la de Uribe, subrayando la crónica de la cacería erótica como una de sus más logradas virtudes. Hay mucho sexo en la novela y el destino de uno de sus protagonistas es empático con el diseñado por Thomas Hardy o Gabriele d’Annunzio para algunos de sus personajes escandalosos: continuar el amor por la madre en el amor por la hija. Así ocurre, de Nadine a Nadia en el transcurso de la vida de Saúl, el pintor.

La novela es, también, un homenaje a París siguiendo aquella sentencia lapidaria, atribuida a un poeta estadounidense, que dice que si se ha vivido alguna vez en París no se puede volver a vivir felizmente en ninguna otra parte, incluyendo a París. Esta novela germanopratense dialoga, obviamente, con la novela que desplegó el mapa de París para la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, Rayuela, de Cortázar, su maestro electivo. La de Uribe se suma a la genealogía, ya nutrida, de novelas parisinas escritas por mexicanos, desde  Salvador Quevedo y Zubieta hasta Jorge Volpi, pasando por Elena Garro.

Morir más de una vezes brillante aunque a ratos la prosa de Uribe, excedida en adjetivos alcurniosos, sea ampulosa. Importa el experimento de una novela forjada por la presencia de la muerte y de ella se desprende lo esencial, más allá de la juventud dorada, de madame Anghelotti y del París diplomático, que es el cierre de la novela, la experiencia del cáncer. Tan bien como había descrito Uribe el elenco de la embajada mexicana es capaz de abandonar ese paraíso para bajar al purgatorio donde opera la hermandad en el consultorio, el protocolo de la quimioterapia y al final, la salvación que obligó a Uribe a rendir testimonio. La suya es una novela sin infierno y es la más personal de sus novelas pero no sólo porque sea casi seguro que lo ocurrido al protagonista le sucedió también al autor, sino porque en ella, la idea que Uribe –uno de nuestros principales novelistas– tiene de la novela alcanza la plenitud. Es menos estricta y concentrada que El taller del tiempo (2003), su magistral retrato del “nido de alacranes” (Paz dixit) que es toda familia, mucho más contundente en su propósito en comparación con Por su nombre (2001) y no tan ambiciosa en su intento por trazar la coordenada exacta entre la historia y el individuo, como Expediente del atentado (2007), su novela (llevada al cine por Jorge Fons) sobre el crepúsculo del Porfiriato. Morir más de una vez ha sido, para Álvaro Uribe, ese momento superior en la biografía de un autor en el cual la vida se convierte, literalmente, en forma artística.