El lenguaje del enamoramiento en Emilia Pardo Bazán

Después del éxito de Los pazos de Ulloa, la crítica no vio con buenos ojos Insolación, un “episodio de amor vulgar”, como la llamó Clarín. La novela, sin embargo, sigue despertando entusiasmo en los nuevos lectores gracias a su lenguaje lleno de gracia y vitalidad. Con este ensayo conmemoramos a una de las mejores escritoras de nuestro idioma, fallecida hace un siglo.
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Según Leopoldo Alas “Clarín”, Insolación es “la menos digna de encomio” de las novelas de Emilia Pardo Bazán (1851-1921). La describe como “un episodio realista”, “no artístico”, “un episodio de amor vulgar, prosaico, de amor carnal no disfrazado de poesía, sino de galanteo pecaminoso y ordinario”. En Insolación, dice, “no hay nada de arte”. En este ensayo quiero escribir sobre esta Insolación “sin nada de arte”, una novela que quiero. La leí cuando era estudiante en la Universidad de Columbia, y quería llegar a ser un escritor. Me sorprendió entonces, la he vuelto a leer varias veces y, a diferencia Clarín, me ha vuelto a gustar y a requetegustar… No hablo de antiguallas. La escritura de Pardo Bazán, cien años después de su muerte, es un animal que está vivito y coleando.

Insolación apareció en marzo de 1889. Poco antes doña Emilia, novelista de fama, le escribe una carta al todavía más famoso Benito Pérez Galdós. Sus amores clandestinos comenzaron a fines de 1887. Él, de 44 años, ya había publicado Fortunata y Jacinta, su obra maestra, según los cánones habituales.Y ella, de 36, la suya, Los pazos de Ulloa. Llevaba por entonces doña Emilia cuatro años separada de su marido, separación amistosa, cosa rara incluso hoy.

Apelas a mi sinceridad –dice ella en su carta–: debí manifestarla antes, pues ahora ya no merece este nombre: sea como quiera, ahora obedeceré a mi instinto procediendo con sinceridad absoluta. Mi infidelidad material no data de Oporto sino de Barcelona, en los últimos días del mes de mayo –tres después de tu marcha–. Perdona mi brutal franqueza. La hace más brutal el llegar tarde y no tener color de lealtad. Nada diré para excusarme, y solo a título de explicación te diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas.

Este amor secreto y aquí confesado, paralelo al amor secreto con Benito Pérez Galdós, ha durado unos seis meses a lo menos.

A la Feria de Barcelona, don Benito y doña Emilia llegan en el mismo tren, aunque en carros separados. Pese a que don Benito era soltero y ella, como sabemos, separada, las costumbres de la época obligan a guardar las apariencias. En Barcelona la acompaña un amigo, el escritor Narcís Oller. En una exposición de pinturas se encuentran con José Lázaro Galdiano, joven, culto y guapo. Oller los presenta y Galdiano se ofrece para hacerle compañía a la señora, lo que el escritor agradece, pues está lleno de compromisos debido a tantas visitas que han llegado a la feria. A partir de entonces, escribirá Oller en sus memorias, “nunca encontrábamos a mi amiga en el hotel; los amigos […] que yo le había hecho conocer y que iban a menudo a visitarla, tampoco. Siempre había salido con el señor Lázaro, y los de casa y yo no vimos a nuestra amiga hasta que ella tuvo la cortesía de ir a despedirse”. Doña Emilia se fue quedando y al fin estuvo casi un mes en Barcelona.

Durante el verano, desde La Coruña ella viaja a Oporto a encontrarse con su nuevo amante. Luego se instala en su casa de Madrid y Lázaro se traslada a vivir en la calle Serrano, cerquita de ella. Funda una revista, La España Moderna, y doña Emilia escribe a sus amigos, incluido Galdós, para que publiquen en ella.

Galdós no se demoró en novelar el asunto. La incógnita aparece solo siete meses después. (Insolación es muy superior). “Me he reconocido en esa señora”, dice doña Emilia aludiendo al personaje de Augusta, “más amada por infiel y por trapacera […] no me doy cuenta de cómo he llegado a esto. Se ha hecho ello solo; se ha arreglado como se arregla la realidad, por sí y ante sí”. Y sin más le dice a Galdós: “Espero que se repitan (entre nosotros) aquellas escenas deliciosas. No hemos hecho más que arrimar la manzana a los dientes.” Así es doña Emilia. Dice: “¡Bah! Nuestros clásicos no se ofendían de llamar al pan, pan y al vino, vino […] No está el toque en ponerse guantes.”

¿Se habrá enterado José Lázaro de la relación que a la vez mantenía doña Emilia con don Benito? En cualquier caso, la novela es una novela y no un mero reflejo de lo sucedido entre doña Emilia y don Lázaro en Barcelona.

***

Insolación es una novela breve, todo ocurre en siete días. La protagonista Asís Taboada –nacida en Vigo y viuda del marqués de Andrade– va de mañana camino de su misa dominical y cerca de la Cibeles siente que nunca ha visto “aire más ligero, ni cielo más claro”. Frente a la iglesia, bajo un corpulento plátano hay un caballero, Diego Pacheco, que nada más verla tira a las plantas un puro enterito; se acerca a saludarla y la voz es simpática y el tono, muy andaluz. Pacheco es un joven que le han presentado someramente ayer, en el salón de su amiga la duquesa de Sahagún, y con quien no ha cruzado palabra (se ha ido temprano y entonces la Sahagún ha comentado que “ahí donde lo veíamos, hecho un moro por la indolencia y un inglés por la sosería, no era sino un calaverón de tomo y lomo”). Pacheco pregunta adónde va ella tan de mañana y sola. Ella le contesta: “usted, de fijo no viene a misa”. Y él muy campante: “¿Por qué no he de venir a misa yo?” La situación no tiene nada de particular, salvo que se han quedado con las manos tomadas un momento con “una familiaridad muy extraña”.

Asís buscará después una explicación: “influía en ambos la transparencia y alegría de la atmósfera”. Quien nos está contando es la propia Asís o, más bien, se lo cuenta a ella misma, pues “estoy dialogando con mi alma y nada ha de ocultarse”. La explicación atmosférica hace eco de lo que ha dicho en el salón de la Sahagún otro caballero, don Gabriel Pardo, gallego, como Asís, y que está medio enamoradillo de ella. Para Pardo, España es “un país tan salvaje como el África Central” y “todas esas músicas de ferrocarriles, telégrafos, fábricas, escuelas, ateneos, libertad política y periódicos, son en nosotros postizas y como pegadas con goma, por lo cual están siempre despegándose, mientras lo verdaderamente nacional y genuino [es] la barbarie”. La culpa la tiene el sol, el clima, el instinto de la raza que “vive allá en el fondo del alma”. Es decir, medio ambiente y genes.

“¿Y las señoras?”, objeta Asís con picardía coqueta, “¿somos salvajes también?”. “Acaso más que los hombres”, exagera el otro. Todo es cuestión de ocasión y lugar. Pardo arremete contra la romería de San Isidro, que es al día siguiente (“un aquelarre” con “borracheras, pendencias, navajazos, gula, libertinaje grosero”), y contra la epidemia de “patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo”. Estamos en tiempos de la Restauración y al cosmopolita Pardo le irrita todo aquello que busque reafirmar las raíces de lo español. La situación no es distinta a la que vemos en las novelas de Dostoievski y Tolstói, la tensión entre rusos europeizantes y eslavófilos. De alguna manera, es una tensión que se renueva en nuestros días entre globalización y etnonacionalismo, entre apertura a la inmigración e identidad nacional.

En su ensayo “La cuestión palpitante”, doña Emilia no acepta el determinismo de Zola porque niega la libertad humana sin la cual no hay responsabilidad moral: “Los artistas aprendieron de la teología aquella sutil y honda distinción entre el sentir y el consentir que da asunto a tanto conflicto inmortalizado por el arte.” En la novela, Gabriel Pardo es determinista. ¿Y Asís?

En su encuentro a las afueras de la iglesia, Pacheco explora, como quien no quiere la cosa, si Asís irá a los toros o a las carreras. Al ver que no, le propone ir juntos a la romería de San Isidro, la misma que había criticado Pardo el día anterior. Ella se larga a reír, tanto de la absurda suposición de Pacheco –cómo va a ir ella así, de repente, a esa procesión con un tipo casi desconocido– como “de su acento andaluz, que era cerrado y sandunguero”. Él la deja reír y, ahora serio, porfía “sin impertinencia”. Se trata de una excursión tan divertida y regresarán a las doce o una de la tarde. Ella se acuerda del comentario de la duquesa durante la fiesta. El día parece apropiado y además a esas horas y en ese lugar no se encontrarían con nadie conocido. Sonriendo y sin decir que sí, pasa a discutir si es mejor ir en tranvía o en su berlina.

Llega a su casa sofocada, sube a escape y “me arrojé en el tocador”. Se cambia de ropa, se pone botas y un sombrero negro de paja. Observa que han llegado unas flores, regalo de Gabriel Pardo. Toma una gardenia y un clavel rojo y se los prende en el pecho. Al poco rato, está sentada en la berlina y con Pacheco a su lado.

Todo lo que dice y hace Pacheco se entiende en ánimo de juerga y travesura. Después de una conversación graciosa sobre las flores que tiene en el pecho, Asís termina poniéndole la gardenia a Pacheco. El olor a pomada se le sube “al cerebro, mezclado con otro perfume fino, procedente, sin duda, del pelo de mi acompañante”. La protagonista siente “un calor extraordinario en el rostro” y “casi me arrepentí de la humorada de ir a la feria, pero…”.

***

Al día siguiente de la escapada, tenemos a Asís en cama con un dolor de cabeza atroz y sintiéndose morir. Se recrimina. Sin embargo, vuelve a verse ayer con Pacheco en la romería: “Aparte del sol que le derrite a uno la sesera y del polvo que se masca, bastan para marear tantos colorines vivos y metálicos. Si sigo mirando van a dolerme los ojos.” Las naranjas, dice Asís, “parecen de fuego” y en todo el lugar “no hay color que no sea desesperado”. Pacheco es “dicharachero” y “cada pormenor de los tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía”. Hay que imaginar ese tono pitancero, sus faramallas y exageraciones que, a veces, como sin querer, van resbalando de lo cómico a lo tierno. Cuando ella siente el mareo de la insolación, Pacheco la lleva a almorzar a un merendero, donde le convida de su manzanilla y conversa con unas gitanas, un mendigo, unos soldados, la mujer que los atiende.

La manzanilla es ordinaria y, “en vez de refrescarme, se me figuró que un rayo de sol, disuelto en polvo, se me introducía en las venas y me salía en chispas por los ojos”. Asís mira a Pacheco “muy risueña” y “él me pagó esa mirada con otra más larga de lo debido”. Una gitana le saca la suerte y la protagonista experimenta “una animación agradabilísima, con la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y gozoso el corazón”. Después de levantarse de la mesa vendrá, claro, la sensación de estar en un bote, de moverse al compás de las olas. Hay que decirlo: puesto en la situación, Pacheco se porta como un caballero.

Pero ha sido un chasco, una vergüenza. Oímos la voz interior de Asís que la castiga: “¡Qué resbalón! […] ¡Un hombre que hace veinticuatro horas no había cruzado conmigo media docena de palabras! […] ¿Le conozco? […] Lo que sé es que le detesto […]” Pero luego se perdona: “Ello ocurrió… porque sí.” En resolución, esquinazo. Se da un baño. El polvo de la innoble feria ha penetrado a través de las medias y la ropa interior. Es un polvo pegajoso, y ella lava que lava.

Por supuesto, Pacheco reaparece a visitarla: “receloso; parecía […] algún hombre poco avezado a sociedad: pero este aspecto, que Asís atribuyó a hipocresía refinada, contrastaba de un modo encantador con la soltura de su cuerpo y modales”. Al poco rato él, con su pachorra, le está diciendo en tono juguetón: “¡Y qué bonita estabas, gitana salá!” Ella le reprocha: “Lo que es por palabrería no queda.”

En la conversación, Pacheco se dibuja a sí mismo como un “maestro en el arte de hacer desatinos”. Su fanfarronería desembozada va medio en broma, pero es más que nada un intento de seducción. Se pinta como un “zángano de primera” pero, a la vez, como un ser redimible: “si me descuido acabo por santo”, le jura.

Más adelante, Asís se dirá: “¡Qué mareo ni qué…! Mareo, alcohol, insolación… ¡Pretextos, tonterías! Lo que me pasa es que me gusta, que me va gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería.” ¿De qué se está enamorando Asís? Del lenguaje, de su poder de encantamiento, del lenguaje como animación, juego, embeleco, como entretenimiento y gesto, el lenguaje, en fin, como actitud. Asís se enamora de la palabrería de Pacheco, de la sandunga, de ese “no sé qué lo que me digo… pero digo la verdad”, en suma, de la gracia del lenguaje.

Y es el lenguaje lo que nos enamora de Pardo Bazán. En escritores de su genio, la lengua no es solo espejo sino que en ella la vida humana reverbera, palpita. En ella el lenguaje es acción.

Termino confesando. Si me preguntan ¿dónde está el castellano? Contesto en Cervantes y… ¡en Pardo Bazán! ~

Crédito de la imagen: La Pardo Bazán, h. 1895. Anónimo / Museo del Pueblo de Asturias.