A finales de los años sesenta, el artista estadounidense Robert Smithson desarrolló un concepto que cambió la manera de pensar la relación entre el arte y los lugares: el nonsite (no sitio). La idea es relativamente simple, aunque sumamente significativa. Smithson recogía material de un sitio geológico específico –fragmentos de roca de canteras en Pensilvania, piedras de terrenos baldíos en Nueva Jersey, piedra pómez del lago Mono en California– y lo llevaba a un museo. Así, creaba una tensión entre el sitio de afuera y el espacio de adentro, visto como un doble negativo; establecía un contraste que planteaba preguntas sobre el desplazamiento y la relación entre el lugar real y su eco dentro de las paredes de la galería.
Es justamente este concepto el que Perla Krauze retomó en Nonsite: El Pedregal revisitado, la exposición que inauguró a principios de 2022 en el Museo Universitario de Ciencias y Arte (MUCA) en Ciudad Universitaria. La sala principal del museo fue transformada en una instalación de gran escala hecha de piedra volcánica, improntas de carboncillo sobre tela, vegetación fundida en aluminio y piezas de resina de color. El sitio del que provenía ese material es El Pedregal, una región que hace aproximadamente mil 700 años fue cubierta de lava por la erupción del Xitle y que hoy alberga uno de los ecosistemas más ricos y frágiles de la ciudad protegido por la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel (REPSA).
La elección del MUCA como sede para la muestra no fue una casualidad. El campus de la UNAM está construido precisamente sobre ese mismo derrame lávico. Además, es la UNAM la institución que alberga la REPSA y cuenta con investigadores especializados en botánica y vulcanología que colaboraron directamente en dicho proyecto. Difícil encontrar un lugar más adecuado.
Además de la importancia del concepto de nonsite, al título lo reviste otra palabra llena de densidad y sentido: “revisitado”. Con ello, Krauze deja manifiesto que no pretende reproducir El Pedregal como era, porque ese Pedregal, de hecho, ya no existe. Mientras la urbanización ha ido avanzando, el ecosistema también se ha ido transformando. Lo que queda hoy es un lugar muy distinto al del hace algunas décadas. La exposición fue, entre otras cosas, una manera de rendir homenaje a eso que permanece en el devenir.
Perla Krauze es una artista mexicana cuya práctica gira en torno a los materiales, los sitios y la memoria. Trabaja con piedra, agua, plomo, resina y vegetación. De niña creció varios años en El Pedregal. En sus propias palabras era un lugar de “rocas y más rocas sobre las que caminar, tarántulas, víboras y alacranes, pirules y plantas y desde donde se podían ver los volcanes a lo lejos”. La influencia de El Pedregal en su obra se encuentra en su tendencia a reunir piedras, en su interés por los recorridos y en su curiosidad por los materiales y sus orígenes. Sin embargo, Krauze tardó años en reconocer plenamente la importancia de este lugar en su trabajo. Fue hasta esta exposición que El Pedregal dejó de ser una influencia silenciosa y se convirtió en el tema principal.
El proyecto quedó inmortalizado en un libro del mismo título, bellamente diseñado por Sofía Broid y editado en español e inglés. El volumen reúne imágenes de la exposición y cinco textos escritos por personas que se acercaron al proyecto desde ángulos muy distintos. El primero es un ensayo de Michel Blancsubé, curador de la muestra, quien vincula el trabajo de Krauze con obras de Walter De Maria, Olafur Eliasson y Pierre Huyghe. Ahí argumenta que este no sitio funciona como un espacio para reflexionar sobre la fragilidad del ecosistema.
Para Blancsubé, el entorno que Krauze construyó dentro del museo es una sinécdoque del estado actual del mundo. Caminar por esa reconstrucción del afuera dentro de un espacio expositivo funciona, en sus palabras, como “una incubadora de reflexiones y discusiones entre científicos, filósofos, artistas, poetas, etcétera, en torno a temas existenciales obviamente relacionados con el estado actual del planeta”. La exposición fue planeada antes de la pandemia, por lo que el confinamiento que llegó dos años antes de que la muestra tuviera lugar le sumó un nuevo significado. ¿Qué implica confinar un fragmento de la naturaleza cuando somos nosotros los confinados?, parece preguntarse este ejercicio artístico.
Le sigue una conversación entre Krauze, Blancsubé y dos científicos de la UNAM, la geóloga Marie-Noëlle Guilbaud y el vulcanólogo Carles Canet. Juntos hablan sobre cómo se formó el Xitle, qué tipos de roca existen en El Pedregal y por qué el tezontle es rojo y la lava negra. Al igual que el nombre del museo, en este diálogo, el arte y la ciencia están intrínsecamente ligados. La piedra volcánica que estudian los científicos es la misma con la que ha trabajado Krauze por décadas.
Silke Cram Heydrich, directora de la REPSA, contribuye con un texto sobre El Pedregal como ecosistema urbano, su fragilidad y la importancia de conservarlo. En él explica que la zona alberga una enorme biodiversidad gracias a las diferentes texturas en la superficie del derrame de lava, lo que permite que ahí convivan especies de ambientes secos y húmedos a la vez. Asimismo, advierte que la amenaza más grande para la reserva es el ser humano, su desinterés y su descuido, y señala que “conservar la biodiversidad es una necesidad para el ser humano, al destruir la naturaleza nos destruimos a nosotros mismos”.
El texto más íntimo es el diario del proceso que Perla Krauze escribió en colaboración con Blancsubé. Dado que la exposición fue planeada y concebida durante el confinamiento sanitario, los encuentros presenciales eran imposibles y el proyecto avanzó a través de llamadas. La artista cuenta que, por esas circunstancias, todo se complicó y su única opción fue trabajar desde su taller, sola. Ahí dedicó su tiempo a experimentar con vegetación que le enviaban desde la REPSA. Hizo sobre todo cianotipias, en tela y en papel, pero también sus icónicas ramas fundidas en aluminio que terminarían formando parte de la instalación. Paradójicamente, la pandemia que detuvo el proyecto en muchos sentidos, también lo empujó en una dirección que de otro modo quizás no habría tomado.
El libro cierra con un ensayo del filósofo francés Gilles A. Tiberghien, “Geología del arte”. Tiberghien explica que la profundidad geológica se puede leer como una metáfora de la profundidad histórica. Es el texto más denso del libro, pero también el que más ayuda a entender por qué esta exposición importa, más allá del arte contemporáneo.
Nonsite: El Pedregal revisitado es un libro que va mucho más allá de documentar una exposición. Habla de cómo una artista se relaciona con un lugar a lo largo de décadas, de cómo la materia guarda memoria, de la fragilidad de un ecosistema que muchos capitalinos pisan sin saberlo. Es también una conversación única donde una artista, un curador, una geóloga, un vulcanólogo y un filósofo se sientan a hablar de lava y terminan hablando de todo lo demás. ~