En la edición 79 del Festival de Cine de Cannes aconteció una coyuntura clave para marcar el rumbo de este evento: la presencia de muchos cineastas prestigiosos, que usualmente resultan favoritos para obtener un galardón, como Asghar Farhadi, Hirokazu Koreeda o Pedro Almodóvar, resultó decepcionante y mucho se habló de que sus “mejores días” ya habían pasado. Pero lo mismo podría decirse también del ruso Andréi Sviáguintsev y del rumano Cristian Mungiu, quienes obtuvieron los dos premios más importantes: el Gran Premio del Jurado otorgado a Minotaur y la Palma de Oro a Fjord, respectivamente.
¿Cuál es la diferencia básica entre estas dos películas y el resto de las “decepcionantes” propuestas de los viejos conocidos? Básicamente que ambas cintas premiadas tocan un tema político de vigencia. Por un lado, Minotaur es otro retrato del deterioro moral de la sociedad burguesa rusa en tiempos de Putin que toma como punto de partida una historia de infidelidad modelada en La femme infidèle (Claude Chabrol, 1969), mientras que Fjord es la historia de una familia rumano-noruega profundamente conservadora y religiosa que emigra de Rumania a la zona de los fiordos en Noruega solamente para verse envuelta en lo que parece una cacería de brujas por parte del servicio de protección infantil.
Después de la premiación se encendió un acalorado debate en redes sociales entre quienes defendían el alegato de “tolerancia” propuesto por la película del rumano y quienes condenaban abiertamente su postura reaccionaria. Fjord es una película que resulta, antes que nada, provocadora, pero eso no es reconocerle mérito alguno en un tiempo donde cualquiera puede ser provocador sin ser necesariamente inteligente.
Mungiu presenta una sociedad, si acaso no maniquea, sí unidimensional, definida únicamente por su ideología. Calcomanías de personajes que pregonan dos polos políticos opuestos y que usan la unión familiar como el punto donde se disuelve su supuesta “neutralidad”. A diferencia de otros proyectos en donde Mungiu ha optado por trabajar con actores no profesionales que se asemejan a los perfiles de sus personajes, en Fjord aparecen estrellas como Sebastian Stan –famoso por su papel como Winter Soldier en las películas de Marvel– y Renate Reinsve (La peor persona del mundo, 2021; Valor sentimental, 2025), lo cual muestra que el director ha hecho una elección clara que determina dónde están depositadas sus simpatías.
Mungiu pretende dar voz a ambos bandos, pero retrata a los servicios de Protección Infantil como un organismo draconiano, cuasi fascista, que detesta los valores religiosos tradicionales, mientras que a su familia protagonista no le da ninguna dimensionalidad más allá de consolidarla como una víctima del sistema. En la total ausencia de caracterización es donde se presenta la naturaleza fraudulenta y la mayor muestra de condescendencia de la película, pues busca obstinadamente crear un debate que, además de inexistente, resulta exasperante.
Las intenciones y el tipo de acercamiento que tiene la cinta de Mungiu contrastan dramáticamente con el cortometraje que se alzó con la Palma de Oro en su respectiva sección: Para los contrincantes del joven cineasta argentino Federico Luis, una coproducción entre Chile, Francia y México; lo cual, por cierto, representaría la tercera Palma de Oro para México después de las obtenidas por Carlos Carrera con El héroe en 1994 y por Elisa Miller con Ver llover de 2006.
Con una fotografía que evoca una sensación de crudeza, pero también de belleza singular, el cortometraje de Luis –como muchos de los cortometrajes presentados en el certamen– funciona primero como una pieza individual y después como el pitch de un proyecto de largometraje que actualmente se está gestando con el escritor mexicano Mario Bellatin para adaptar libremente al cine su libro Perros héroes.
Nacido de una serie de caminatas por la Ciudad de México con el célebre escritor mexicano, Para los contrincantes acontece en un gimnasio de box en el barrio de Tepito donde toma por entero el lugar de Damián, un niño boxeador –cuyo rostro la cámara se rehúsa a abandonar– que se encuentra en medio de una pelea. Mientras tanto es alentado por sus entrenadores, amigos y familiares, quienes se mantienen fuera de cuadro durante todo el cortometraje hasta su última secuencia, en la que después de la pelea de box se muestra una lluviosa y refrescante tarde en la ciudad.
Luis encuentra en el rostro expresivo del niño una narrativa completa que prescinde de cualquier otra imagen para ser completamente efectiva. La fotografía de Marcos Hastrup es corrosiva, pero nítida; muy evocativa de cierta crudeza estilística que tiene por ejemplo Biutiful (González Iñárritu, 2010), pues acentúa finamente cada rasgo y expresión facial de Damián, quien –a pesar de tener un gesto serio y adusto– nunca deja de transmitir la presión de un entorno que busca reafirmar la virilidad a través del triunfo, y no cualquier triunfo, sino uno que destruya al oponente.
La intimidad alcanzada por el cortometraje y su fino trabajo de caracterización, en apenas doce o trece minutos, logra lo que la película de Mungiu no consigue en más de dos horas de duración con dos superestrellas internacionales y una amplia trayectoria cinematográfica que incluye una Palma de Oro. Para los contrincantes rebosa de una empatía y generosidad hacia sus personajes que Fjord evade por completo. Mientras en la película del rumano no hay más que conmiseración y desprecio, en la de Luis existe una conexión tan genuina y humana que no requiere de la fabricación de ningún conflicto ni dilema moral artificial para legitimarse.
En esta historia de dos Palmas resulta notorio que se pueden tomar más lecciones valiosas de una película como Para los contrincantes que de una como Fjord, pues una aparente derrota puede volverse una victoria moral cuando la valentía no se convierte en una demostración de superioridad de cualquier tipo, sino de resiliencia frente a la adversidad.
Mientras Fjord elige construirse desde el encono, la bravuconería y la confrontación, Para los contrincantes usa una pelea física real para destruir, a punta de jabs y ganchos al hígado, el discurso triunfalista que dirige gran parte del mundo en la actualidad. Así como las mejores películas del festival –L’inconnue de Arthur Harari, Das geträumte Abenteuer de Valeska Grisebach o Paper tiger de James Gray–, la trama de este cortometraje nos hace intuir que quizá se gana más perdiendo. ~