Las letras que crearon el mundo

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Difícil exagerar la importancia de esta nueva edición del Zoharque Lola Josa pone en circulación. Utilizo a conciencia esta expresión, poner en circulación, porque Josa antologa, explica y, en conjunto, abre el libro más importante de la Cábala medieval a lectores no necesariamente iniciados en esa muy compleja disciplina. Se trata de una materia de un irresistible magnetismo y, a la vez, extraordinariamente exigente, puesto que requiere el conocimiento minucioso de los textos sagrados del judaísmo y, también, de sus lenguas. La Cábala supone, en efecto, la convicción de que la Creación divina tiene dos cuerpos, el de los cielos y las aguas, la tierra, los animales y el hombre, tal como figura en el Génesis; y el de las propias Escrituras, donde está contenido, potencialmente, todo lo anterior y todo el saber que se pueda alcanzar sobre ello. Para el cabalista, la escritura es anterior al mundo creado; en palabras de Lola Josa (28), “la Torá es preexistente al Bereshit”; es decir, al ‘En el principio’ o ‘Al principio’ en palabras hebreas. Así, en el Génesis, ya está contenido lo que Josa denomina el “lenguaje performativo” propio de la Cábala: basta que Dios diga “hágase la luz” para que, en efecto, la luz se haga.

El segundo capítulo de la presente antología del Zohar, titulado “La letra (y el número) del origen”, de una belleza y originalidad impactantes, muestra a las veintidós letras del alfabeto o alefato hebreo (alef, bet…, sin vocales) presentándose sucesivamente ante el Señor de los Mundos para tratar de convencerlo, cada una, de que inicie la creación con ella. Finalmente, el Señor le dice a la Alef: “Pese a que el mundo se creará a partir de la Bet (Bereshit bará, ‘En el principio creó…’), tú serás la primera letra del alfabeto, y solo en ti mantendré Mi unidad. Contigo tendrá inicio cualquier cálculo y obra en el mundo. Lo unificarás todo.” De hecho, una disciplina nuclear de la Cábala es la gematría, que atribuye un valor numérico a cada una de las letras y juega con ellos en sus fórmulas combinatorias.

En este aspecto, en la creencia firme en que todo está en el texto, la Cábala es un antecedente de algunas de las principales escuelas filosóficas y críticas de finales del siglo XX y principios del nuestro. Así, en 1979, el gran crítico estadounidense Harold Bloom publicó un pequeño volumen titulado La Cábala y la crítica, donde establece vínculos entre la obra de Isaac de Luria –ya en el siglo XVII– y su propia idea de la crítica como lectura fuerte de los textos literarios: “Algunos cabalistas hablaban de una letra vigésimo tercera ausente del alfabeto, oculta en los espacios en blanco entre una letra y otra.” Unos años antes, en 1969, Jacques Derrida decía, en el libro fundacional de la deconstrucción, De la grammatologie, “il n’y a pas de hors-texte”, no existe fuera un afuera del texto. Acaso no sea del todo casual que ambos pensadores hayan sido educados en el judaísmo.

El Zohar es el tercer libro más importante de la tradición judía, después del Tanaj, que reúne los veinticuatro libros sagrados, entre ellos la Toráo Pentateuco;y el Talmud, compendio de comentarios a esos textos escritos entre los siglos III y VI. Esta nueva edición –dividida en dos partes de parecida extensión, el estudio introductorio de Josa y la antología del Zohar– no es la primera traducción al castellano, pero sí es original precisamente por su voluntad de acercar una selección razonada y coherente. Entre 2006 y 2019 la editorial barcelonesa Obelisco emprendió una edición completa, que abarcaba veintiséis volúmenes y que atribuía el texto a Shimón Bar Yojai, un rabino que habría vivido en Galilea entre los siglos I y II, y que es, por otra parte, una de las figuras principales del propio texto del Zohar. Lola Josa, en cambio, siguiendo a Gershom Sholem, lo atribuye a Moshé Sem Tob, cabalista nacido en León entre 1240 y 1250, que vivió en Ávila, Guadalajara y Valladolid, y murió en Arévalo (provincia de Ávila) a principios del siglo XIV. Buena parte de su vida transcurrió bajo el reinado de Alfonso X el Sabio. La figura de Shimón Bar Yojai es una creación de Sem Tob para darle a su escrito una antigüedad mítica, talmúdica, y para descargar parte de la responsabilidad por la composición de esas enseñanzas, osadas muchas de ellas por su originalidad poética (en el sentido etimológico de poiesis como invención o creación).

La importancia de este cambio de atribución de la autoría no radica solo en la diferencia de más de mil años entre Bar Yojai y Moisés de León, tal como se suele nombrar a Moshé Sem Tob. Está también en el hecho de que hace del Libro del Esplendor una obra escrita en España, que no hubiera existido sin las escuelas de cabalistas que florecieron en la Provenza occidental, Gerona y Barcelona entre los siglos XII y XIII, tal como Josa muestra en su prólogo. Esa tradición está compuesta por autores geniales, en el cruce entre fidelidad casi delirante al texto sagrado y un nuevo margen de invención, como Isaac el Ciego, Najmánides, Shemuel Abulafia, autor este del Séfer ha Oth, el Libro del Signo, que “desata los nudos del alma”; Yosef Gikatilla, discípulo de Abulafia nacido en Medinaceli, y el barcelonés Shlomó ben Adret. Subrayo la figura de este último porque Barcelona cuenta desde 2018 con una calle que lleva su nombre, en el corazón del Call, a pocos pasos de la plaza Sant Jaume. En esa calle está, además, la Casa Adret, donde probablemente vivió el erudito cabalista, y que es en la actualidad la sede de un centro dedicado a la cultura judía. Evidentemente la calle existía ya, solo que antes se llamaba Sant Domènec del Call. El nombre celebraba, por así decir, la matanza del día de Santo Domingo de 1391, cuando culminaron varias jornadas de furia consentida e incluso instigada por las autoridades, que se cobraron la vida de más de trescientos judíos en esa cárcel a cielo abierto que era el Call. Haber pasado de un nombre que conmemoraba una carnicería antisemita, una de tantas, y muy anterior a la Inquisición de los Reyes Católicos, a otro que honra a uno de los grandes sabios judíos de la Barcelona medieval ya es un buen paso al frente.

Pero la labor que queda para hacer visible la enorme importancia del sustrato judío de la gran cultura catalana y española es de tal envergadura que este Zohar de Lola Josa, y vuelvo aquí a la afirmación con la que empecé mi intervención, no puede ser exagerada. En este aspecto, este libro, aunque de muy distinta índole, continúa el trabajo que Josa emprendió en su edición del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz (Lumen, 2023), donde puso de manifiesto la importancia decisiva de la mística hebrea en uno de los poemas más relevantes de la literatura española. Pocas cosas hay más arduas –y quizás ahora más que nunca en los años recientes– que recordar la presencia del judaísmo en obras imprescindibles de nuestra tradición, de Fernando de Rojas a San Juan de la Cruz, de Fray Luis de León a Cervantes. El arraigo en España de esta primera Cábala fue tan fuerte que Gershom Sholem, al estudiar a Isaac de Luria, el autor más destacado de la segunda Cábala, localizada ya en Tierra Santa, después de la expulsión de los judíos de la península ibérica, dice que esta debe comprenderse como un “mito del exilio”; no del exilio de Jerusalén sino de Sefarad.

En la década de 1970 se publicó en Buenos Aires una edición en cinco volúmenes debida a León Dujovne, nacido en Ucrania en 1898 y llegado a Argentina en su infancia, gran estudioso del judaísmo, autor también de un extenso tratado sobre el pensamiento de Baruj Spinoza. En su prólogo al Zohar, Dujovne (XIX) dice: “La autoría de Ben Yojai fue acogida por los cabalistas que se inclinaban a adjudicarle un origen milagroso; la de Moisés de León era la de los racionalistas rabínicos.” En todo caso, la atribución definitiva del texto es todavía hoy materia no zanjada, y por eso casi todas las ediciones, incluyendo la que hoy presentamos, evitan poner en la portada el nombre del autor; así lo hace también, por ejemplo, la edición francesa de Verdier, publicada en los años ochenta, en siete volúmenes.

El judaísmo es una religión que prohíbe terminantemente la representación de la Divinidad, a la que ni tan solo se puede nombrar, excepto con ese tetragrama que es, deliberadamente, de pronunciación imposible. Las imágenes de la Biblia cristiana que pueblan los museos y las iglesias de todo el mundo, y que son venerables para los creyentes, serían en el judaísmo una forma del fetichismo, uno de los peores pecados que se puedan cometer. A cambio, el judaísmo centra su comunicación con la divinidad en la lectura repetida, fiel y rigurosa de los textos sagrados, a la vez que se viene discutiendo, reflexionando, interpretando y escribiendo acerca de ellos desde hace dos mil años. Una buena parte del Zohar es una extensa glosa de las diversas secciones del Génesis, pero también del Cantar de los Cantares, del Libro de Ruth, del Libro de las Lamentaciones. Siempre sobre la base de la idea de un Ein Sof, de un infinito que es a la vez una nada: infinito el Dios que debe replegarse para dar lugar al vacío que ocupará la Creación, y en ese repliegue surgen las Sefirot, las diez emanaciones o atributos divinos que se manifiestan en el Árbol de la Vida.

Acercarse al Zohar no requiere necesariamente de curiosidad por los libros sagrados de las distintas religiones del mundo. Es un libro lleno de sabiduría, de belleza –lo cual puede recordarnos que, hace ya más de un siglo, Rafael Cansinos Assens hizo una antología comparable a la que ahora reseñamos, Bellezas del Talmud–, de sentido del humor. Una idea completa del mundo: de cómo fue formado y de cómo se rigen sus fuerzas, hasta hoy. ~


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