La exposición más grande y significativa que se ha hecho sobre la historia de la moda mexicana cumple una década de haber sido montada. El arte de la indumentaria y la moda en México, 1940-2015 duró cuatro meses expuesta, y tan solo en los primeros seis días recibió 29 mil visitantes. Más de cuatrocientos objetos, entre los que había accesorios, vestidos de diseñadores contemporáneos, prendas autóctonas elaboradas por artesanos y una selección de pinturas, habitaron dos pisos del Palacio de Iturbide. Era la primera vez que un museo mexicano daba cabida a una exposición tan ambiciosa dedicada al diseño de moda. Sus curadores fueron Ana Elena Mallet y Juan Coronel Rivera.
Para entonces, la moda aún no hallaba lugar en las instituciones mexicanas. Esto empezó a cambiar una vez que los intelectuales del sector, que en ese momento tenían unos veinte años de trayectoria, comenzaron a abrirle paso dentro de los museos para demostrar su valía como una expresión cultural profunda e interesante. Fue una temporada intensa. Por unas semanas, El arte de la indumentaria… coincidió con otras dos exposiciones de moda en la ciudad: la de Cristóbal Balenciaga en el Museo de Arte Moderno y la retrospectiva de Carla Fernández en el Museo Jumex.
En uno de los folletos que conservo, los curadores explican lo siguiente: “El arte de la indumentaria... busca mostrar dos discursos paralelos que por momentos se encuentran: indumentaria y moda como vasos comunicantes que se nutren uno de otro y en diálogo generan la visión cultural de un país a través de su forma de vestir.” De acuerdo con la curadora Tanya Meléndez, que la reseñó en su momento para Fashion Theory, Coronel estuvo a cargo de la sección de indumentaria tradicional, y Mallet de la de diseño contemporáneo. Meléndez hace una observación aguda: y es que, aunque según los textos de sala una moda mexicana existiría en el punto medio de la dialéctica entre “lo nacional” y “lo extranjero”, la diferencia entre las visiones curatoriales hizo que, a ratos, se sintiera como dos exposiciones distintas. Esto podría explicar por qué, al momento de pensar en esta exposición, solo recuerdo la parte de moda, a la que dedicaré el resto de mis palabras.
Mallet estuvo interesada en llevar la moda a los museos desde el inicio de su carrera; era un aspecto primordial dentro de su proyecto por crear “una cultura del diseño”. Después de mucha insistencia, su primer intento exitoso fue Boutique, una pequeña exposición de moda local contemporánea que se llevó a cabo en el Museo Carrillo Gil en 1999, también primera exposición de diseño de moda mexicano. Según anota la historiadora Martha Sandoval Villegas en su investigación Museo y moda. Exposiciones sobre indumentaria y moda en México (aún inédita), Boutique fue un parteaguas en la práctica museística mexicana, pues, a lo largo del siglo XX, solo se exhibía indumentaria tradicional en muestras de sentido etnográfico, o vestidos antiguos de corte occidental como una mera curiosidad histórica. No solían hacerse estudios más profundos, pues el tema se consideraba superficial. Como era de esperarse, Boutique recibió críticas de varios puristas que pensaban que se le estaban quitando espacios al arte “de verdad”.
Diez años después, Mallet curó la exposición Rosa mexicano. Moda e identidad: la mirada de dos generaciones para la Casa del Lago. En ella redescubrió al polímata Ramón Valdiosera; hizo dialogar su obra con las de Trista, Alejandra Quesada y Malafacha –entonces diseñadores vigentes–; y lo convirtió en la figura central de la moda mexicana, justificando su relevancia con estos dos hitos: su acuñamiento del término “rosa mexicano” y sus declaraciones pronacionalismo en el debate que sostuvo con los diseñadores Armando Valdés Peza y Henri de Châtillon sobre la existencia de una moda mexicana.
Hago mención de estas dos exposiciones para resaltar la que, en mi opinión, es la mejor cualidad de Mallet: su talante pionero y capacidad de innovación. También porque otra de sus principales aportaciones es haber establecido el punto de partida desde el cual la mayoría estudiamos la historia de la moda en México en el siglo XX.
Antes de Rosa mexicano no se tenía muy claro cuál sería el inicio más o menos oficial de esta disciplina, ni había tanta conciencia de la aportación de Valdiosera a la industria, tal como lo demuestran los pocos libros anteriores sobre el tema (aparte del que escribió él: 3000 años de moda mexicana de 1992). Por ejemplo, el diseñador Julio Chávez nunca lo menciona en sus memorias (Vestidas y desvestidas, 1992), y la periodista Desirée Navarro solo lo lista en el segundo tomo de El libro de la moda en México (2007) sin hacer referencia al debate que sostuvo con sus colegas. Posterior a Rosa mexicano, Gustavo Prado retomó esa controversia como el inicio de su disquisición sobre lo que debería ser la moda mexicana en Mextilo, tanto en la versión cinematográfica (2014) como en la escrita (2017).
El arte de la indumentaria… partía del mismo punto, y fue la sublimación del proyecto indagatorio que emprendió la curadora desde finales del siglo pasado. Más allá de la exploración extensiva que emprendió, pienso que las principales aportaciones de la muestra fueron su delimitación, su postura y su propuesta de un héroe: Valdiosera.
A diferencia de la mayoría de muestras de moda del país, esta sí tuvo recepción crítica en distintos medios. La académica Paulina Morales escribió una reseña bastante sensata en la que señalaba la laxitud del discurso curatorial que, a ratos, volvía a la muestra inconsistente y heterogénea. A diez años de distancia, la mayor crítica que tendría yo es que se trata de un proyecto inconcluso, pues nunca tuvo un catálogo. Cuestión incomprensible porque fue una exposición muy popular, con una acogida asombrosa por parte de los visitantes. Desconozco las razones por las que no se publicó, elaboró o concluyó, pero, aunque pienso que ya no sería relevante hacer el catálogo correspondiente, no me parece que sea demasiado tarde para retomarlo como una obra derivativa o distinta. Debo decirlo: uno de los grandes defectos de Mallet como intelectual es que no escribe lo suficiente, y tiene pendientes varios ensayos y recuentos que podrían contribuir mucho a construir la cultura del diseño por la que ha abogado desde hace treinta años. Aun así, su influencia es innegable.
Escribir sobre una exposición que ocurrió hace una década podría parecer excéntrico. Pero recuperar la memoria de lo que significó en esos días nos permite trazar un recuento de lo mucho que puede cambiar el temperamento cultural de una época. Actualmente, hay tres exposiciones de moda en la ciudad, y eso ya no es ni polémico ni anómalo como lo fue entonces. Habrá más a lo largo del año y una de ellas viajará a otro estado (¡Moda hoy!). Museos que antes no habían contemplado el tema (como el Ídolos del ESTO y el Museo del Perfume) ahora le dedican libros y exposiciones, e incluso algunos ya cuentan con programas permanentes de exposiciones de moda (es el caso del Museo de Arte de Zapopan).
Sería injusto atribuir estos cambios al trabajo de una sola persona, pero también lo sería no reconocer que El arte de la indumentaria… sentó un precedente en la historia de los museos mexicanos al demostrar con creces que darle un lugar central a la moda no solo era rentable, llamativo e interesante, sino algo más esencial aún: era posible. Una exposición, la publicación de un libro, el trabajo individual o en colectivo pueden ser maneras de modificar una conversación en curso. Estos diez años lo demuestran. ~