Foto: Alexander Podrabinek. Wikimedia Commons

Los disidentes de la URSS

A pesar de ser recluidos en campos de trabajo o de enfrentar tratamientos psiquiátricos como represalia, los disidentes de la Unión Soviética apostaron por la libertad en un entorno opresivo. Dos publicaciones recientes ponen el foco en estos hombres y mujeres que, más que opositores, se veían a sí mismos como gente que “pensaba de otra manera”.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Sobre la entrada “Disidentes soviéticos”, Wikipedia ofrece 132 fichas por orden alfabético que van de Liudmila Alekséyeva hasta Aleksandr Zinóviev. A estos hombres y mujeres no les gustaba la palabra “disidencia” y preferían definirse como “los que piensan de otra manera”. Todos, y unos más, aparecen en la obra enciclopédica de Benjamin Nathans de 2024, To the success of our hopeless cause. The many lives of the Soviet dissident movement; un monumento, a su vez, enriquecido por la reciente publicación de Between prison and freedom. Memoir of a Soviet dissident, el testimonio de Alexander Podrabinek, disidente duramente castigado a partir de 1978.

En aquel año el checo Václav Havel pudo escribir, parodiando el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels: “Un fantasma recorre a Europa oriental, el fantasma de lo que en Occidente llaman ‘disidencia’.” Los así llamados “‘disidentes’ no cayeron del cielo […] son una consecuencia natural e inevitable de la presente fase histórica del sistema que recorren”.1 Concretamente en la URSS, eran los que protestaban públicamente con el fin de defender los derechos civiles y humanos. La perestroika pudo interpretarse como su victoria y su contribución a la caída de la Unión Soviética, pero, después de su exaltación, vinieron rápidamente la demonización y el olvido. Para el régimen de Vladímir Putin los “disidentes” son unos criminales que calumniaban a la URSS, cómplices de Occidente que, con su ayuda, provocaron “la mayor catástrofe del siglo XX”. En 2013, un sondeo del prestigioso Centro Levada encontró que solamente uno de cada seis rusos era capaz de citar el nombre de algún disidente soviético.

Antes de morir en 2024, probablemente asesinado en una cárcel siberiana, Alekséi Navalni estaba leyendo a varios de ellos. Al mismo tiempo, Putin liquidaba las últimas huellas del movimiento: el Grupo Helsinki de Moscú, el Centro Andréi Sájarov y Memorial, la asociación dedicada a investigar el pasado totalitarista de la URSS con el fin de defender los derechos civiles. Por eso, bien puede escribir en sus memorias Vladímir Semichastny, antiguo dirigente del KGB, “la Historia se tragó sus nombres”.

Benjamin Nathans recupera a los “disidentes” y, como título a su libro monumental, recupera el brindis que ellos repitieron muchas veces en sus reuniones: “¡Al éxito de nuestra causa sin esperanza!” Pudo poner como epígrafe el lema de Guillermo de Orange: “No es necesario esperar para emprender, ni tener éxito para perseverar.” Esas mujeres, esos hombres perseveraron en los duros campos de trabajo y, peor aún, en las clínicas psiquiátricas. A la entrada de los campos de concentración nazis el letrero proclamaba: “El trabajo libera”; a la entrada de los campos del gulag soviético, el texto era más largo: “El trabajo es asunto de honor, valor y heroísmo.”

Benjamin Nathans les da la historia que merecen, encuentra por qué y cómo ciertas personas se volvieron disidentes y, sin haberlo programado, formaron un movimiento, “el primer movimiento por los derechos civiles y humanos en el mundo socialista”. Alexander Podrabinek no es historiador, fue disidente y lo sigue siendo actualmente en Rusia. Explica que, para entrar en la Juventud Comunista o en el Partido, tenías que presentar tu candidatura; pero para participar en el “movimiento democrático, la única manera de entrar en el mundo de la disidencia era ganarse gradualmente una reputación y el reconocimiento. Esa era la fuerza del movimiento […] El KGB estaba entrenado para encontrar y perseguir a la oposición organizada. Los chekistas lo habían hecho durante décadas, desde el tiempo de Dzerzhinski. Pero no sabían cómo combatir gente que no se escondía. Gente que no entendían”.2

Nathans dice que no quería alabar ni denigrar a las figuras de la disidencia, sino simplemente investigar para entender; por ello, se pone al amparo de Georges Lefebvre, el gran historiador de la Revolución francesa: “El moralista debe alabar el heroísmo y condenar la crueldad, pero el moralista no explica los acontecimientos.” El autor usó cuatro tipos de fuentes. Para empezar, todo lo que los disidentes han dicho sobre ellos mismos y sobre el movimiento: unas ciento cincuenta autobiografías y muchos otros textos que ofrecen al historiador una “mina de oro que es también una trampa”, porque el lector se queda con la idea de que son valientes individuos enfrentando a la tiranía, lo que deja en la sombra a otras personas y también la dimensión colectiva de la disidencia.

La segunda fuente quedó disponible varios años después de la implosión de la URSS: los archivos del KGB con los interrogatorios de los implicados, los inventarios de sus departamentos, los análisis periódicos de la situación y las acciones por realizar en consecuencia. De la misma manera pudo tener acceso a discusiones en el politburó sobre el fenómeno disidente que el Partido tomó muy en serio. La tercera fuente contempla todo el material producido por otros observadores y analistas del movimiento, los periodistas extranjeros residentes en Moscú, organizaciones como Amnistía Internacional y la Fundación Alexander Herzen.

Esa fuente se nutría también de una cuarta: la producción inmediata de los disidentes, que corrige muchas veces las autobiografías y memorias posteriores; se trata de diarios, apuntes, cartas y miles de textos que circulaban en samizdat (autoedición) bajo la forma de copias mecanografiadas con cuatro o cinco hojas de papel pasante. Salían en contrabando del país y llegaban a millones de soviéticos que escuchaban “las Voces”: BBC, Voice of America, Radio Libertad… para desesperación de las autoridades.

Algo muy importante: la disidencia fue posible porque, después de la muerte de Stalin, el Partido había renunciado definitivamente al método del Gran Terror, con tortura y tribunales especiales, lo que dejaba algunos intersticios en el muro de control y represión. Además, en el proceso de “coexistencia pacífica”, en el marco de la Guerra Fría, diplomáticos y observadores extranjeros estaban más presentes y más activos: ellos sacaban del país los productos del samizdat, visitaban y entrevistaban a los disidentes.

En 1964 el joven poeta Joseph Brodsky, de veintitrés años, fue arrestado y condenado a varios años de trabajo forzado por su “modo de vida parásito y antisocial”. Durante el proceso, que fue público para demostrar que existía la “justicia soviética”, Frida Vígdorova apuntó todo y lo puso en el samizdat de modo que la condena hizo mucho ruido en Occidente. En 1965 arrestaron y condenaron a Andréi Amalrik bajo el mismo concepto. En 1965 el KGB arrestó a Yuli Daniel y Andréi Siniavski (1925-1997). El joven estudiante Siniavski había sido reclutado por el KGB para vigilar y seducir a la hija del agregado militar naval francés, Hélène Peltier (1924-2012). A partir de 1955, ella llevó sus escritos a Francia, los traducía y publicaba en revistas importantes, Esprit Kultura, bajo el seudónimo de Abram Tertz, un famoso bandido de Odesa. Hay que decir que Hélène Peltier fue amiga de Borís Pasternak a partir de 1956 y que ella sacó de contrabando el manuscrito de Doctor Zhivago y participó en su traducción publicada por Gallimard en 1958.

El gobierno soviético cometió el error de armar un gran proceso público, en 1966, para Daniel y Siniavski. El tiro le salió por la culata desde que los acusados se presentaron como “no culpables”, algo inédito como lo apuntó Varlam Shalámov, aquel sobreviviente del gulag. Siniavski fue condenado a siete años de campo y Daniel a cinco (por ser veterano herido en combate durante la gran guerra patriótica). Larisa Bogoraz, esposa de Daniel, apuntó con estenografía todo el proceso que no tardó en ser publicado en alemán y en inglés. Alexander Ginzburg preparó una antología de cuatrocientas páginas de documentos y mandó copias ¡al KGB! Y también al famoso escritor Iliá Ehrenburg. Luego se publicó en veinticuatro idiomas como Libro blanco sobre el caso Andréi Siniavski y Yuli Daniel. Leído en Radio Libertad, la obra despertó a una parte de la intelligentsia de modo que el KGB concluyó: “hicimos de ellos unos mártires”. Liberado en 1972, Siniavski se fue a Francia con su familia y, ayudado por Hélène Peltier, fue profesor de literatura rusa en la Sorbona.

La preocupación del KGB engendró una nueva ley –el artículo 190 sumado al Código Criminal tres meses después del proceso– contra la “organización y participación en acciones grupales que perturban el orden público”. Su aplicación desató una serie de persecuciones y arrestos, entre ellos el del joven Vladímir Bukovski de veintitrés años. En 1937-1938 el arresto de cientos de miles de personas (y su muerte) impedía cualquier reacción. El 5 de diciembre de 1966 hubo una pequeña pero histórica reunión alrededor de la estatua de Pushkin, en la cual participó Andréi Sájarov, quien empezó a perder sus privilegios como padre de la bomba nuclear, sacrificó su carrera y ganó un enorme prestigio, compartido con su esposa Yelena Bónner.

El antecedente de esta reunión tuvo lugar exactamente un año atrás. El matemático Aleksander Yesenin-Volpin, nacido en 1924, era el hijo natural del famoso poeta Yesenin. Científico y poeta, convencido de la “dictadura de la razón”, arrestado en 1949, pasó un año en una clínica psiquiátrica (innovación del KGB), luego le tocaron cinco años de exilio en Karagandá (Kazajistán), sin proceso; amnistiado en 1953, fue de nuevo internado en 1957 como enfermo mental y otra vez en 1959. Inspirado en Wittgenstein, redactó A free philosophical tractate, el cual fue publicado en ruso y en inglés en Nueva York junto con sus poemas A leaf of spring en 1961. En 1962 Nikita Jrushchov dijo: “es un loco que ha heredado la locura de su padre. ¿Quién se suicida? Solo un loco”. Serguéi Yesenin, oficialmente, se suicidó, pero puede que haya sido víctima de “los órganos” (OGPU). La autoridad lanzó una campaña contra Yesenin-Volpin y le ofreció tomar el camino del exilio; lo rechazó y eso le valió un cuarto “tratamiento” psiquiátrico en 1963. Tan pronto como salió de la siniestra clínica atacó a la revista Ogoniok por calumnia; apoyándose en la ley soviética, denunció como ilegal la deposición de Jrushchov (así como la guerra que el presidente americano Lyndon B. Johnson empezaba en Vietnam sin voto del Congreso). Acababa de encontrar lo que iba a ser el arma de la disidencia: el uso de la ley soviética contra el poder soviético. El arresto de Siniavski y Daniel le dio la oportunidad de ensayarla y de lanzar “un manifiesto público de nuestros derechos”. El artículo 111 de la Constitución garantizaba que “los procesos en todos los tribunales deben ser públicos, mientras no releven de excepciones previstas por la ley”. De la misma manera, se apoyaba sobre el artículo 125 que garantizaba “la libertad de asamblea y reuniones”. Con otras tres personas, Yesenin-Volpin elaboró entonces un “llamado cívico” que resultó ser el documento fundacional de la disidencia.3 Decidieron darlo a conocer, no en la clandestinidad del samizdat, sino públicamente en la Plaza Pushkin, en una “reunión de transparencia”, el 5 de diciembre de 1965, día del aniversario de la Constitución. Desde 1927, era la primera manifestación no aplastada por el poder.

En 1966 Anatoli Márchenko terminó de cumplir sus seis años de campo y publicó en 1967 su Testimonio en samizdat, luego en forma de libro en Europa y Estados Unidos. En el mismo año, el arresto de Bukovski desató una reacción de solidaridad y su proceso tuvo el mismo efecto que el proceso de 1966. David Litvínov, nieto de Maksim Litvínov, secretario de Relaciones de la URSS, publicó el Libro blanco del proceso y su “conversación profiláctica” con el KGB que le aconsejaba callarse. En 1968, “el proceso de los cuatro”, de Alexander Ginzburg y sus compañeros, desató una campaña de peticiones y salió en samizdat. Fue cuando Natalia Gorbanévskaya ideó la creación de la Crónica de los acontecimientos contemporáneos, boletín publicado en samizdat desde abril de 1968 hasta 1982. En 1969 David Litvínov logró la creación en Ámsterdam de la Fundación Alexander Herzen (el famoso exiliado ruso enemigo del zarismo en el siglo XIX) para publicar en ruso los textos del samizdat, luego introducidos de contrabando en la URSS. Una de sus primeras publicaciones fue el libro de Andréi Amalrik, ¿Sobrevivirá la Unión Soviética hasta 1984? Hablando de la disidencia, Amalrik subrayó: “Hicieron algo tan sencillo que raya la genialidad: en un país para nada libre, se portaron como gente libre.”

En julio de 1968, arrestaron de nuevo a Anatoli Márchenko (1938-1986, muerto en campo) y en agosto los tanques del Pacto de Varsovia pusieron fin a la Primavera de Praga, lo que provocó una minúscula, pero decisiva, manifestación de protesta en la Plaza Roja de Moscú bajo el lema “A vuestra y nuestra libertad”. Litvínov, Larisa Bogoraz, Natalia Gorbanévskaya y cinco más fueron los valientes. En el proceso de octubre, afirmaron que eran apolíticos, defensores de la dignidad, de la ética y de los derechos del hombre. A principio de 1969, el exgeneral Petro Grigorenko, héroe de la gran guerra patriótica, fue arrestado, decretado loco y encerrado cinco años en la clínica del Serbsky Institut. ¿Su locura? Desde 1961 estaba en disidencia y había pasado seis meses en el manicomio durante 1964. Defendió a Siniavski y Daniel, Alexander Ginzburg y a todos los procesados, pero la gota que derramó el vaso fue su condena de la invasión de Checoslovaquia en 1968. Al salir en 1974, retomó la lucha, especialmente a favor de los tártaros de Crimea deportados por Stalin y participó en la fundación del Grupo Helsinki de Moscú entre 1975-1976. Su arresto de 1969 provocó la creación del Grupo de Defensa de los Derechos Humanos, más conocido como Comité Sájarov, primera verdadera agrupación de los disidentes. En 1971 el Comité se unió a la Liga Internacional de los Derechos Humanos y al instituto homónimo, fundado en Estrasburgo por René Cassin, Premio Nobel de la Paz en 1968, lo cual preocupó mucho al KGB que se dotó de un Quinto Directorio para luchar contra los disidentes; un teniente llamado Vladímir Putin trabajó en el Quinto de 1976 a 1979. El KGB subrayaba que el fin del Terror había complicado mucho el trabajo contra este enemigo “constitucionalista”, que el samizdat era invencible porque no tenía una raíz sino miles de raíces, que los procesos políticos eran un fracaso absoluto. ¿Cómo luchar entonces? Si la “conversación profiláctica” no tenía efecto, pasaban a la expulsión del trabajo, de la universidad, a las presiones sobre el cónyuge, los niños, a las acciones extrajudiciales (sin tortura), a la psiquiatría “punitiva”, al exilio “interior”, en Siberia y Asia Central, y, finalmente, a la expulsión del país con pérdida de la ciudadanía, como fue el caso de Aleksandr Solzhenitsyn en 1974, después de la publicación de su Archipiélago Gulag en París.

La única batalla ganada por el KGB –una batalla, no la guerra– fue la tragedia de Pyotr Yakir (1923-1982) y de Víktor Krasin (1929-2017), los dos nacidos en Kiev, dos ídolos de la disidencia. Yakir era hijo de Iona Yakir, un famoso militar bolchevique, víctima del Terror en 1937. Tenía catorce años a la muerte de su padre. Como hijo de un “enemigo del pueblo” fue arrestado y mandado al gulag; salió de 1942 a 1944 para combatir contra los nazis y fue de nuevo arrestado. En total pasó diecisiete años en el gulag donde nació su hija única Irina; salió en 1955. Jrushchov, que conoció a su padre, lo protegió hasta su propia caída. El padre de Krasin había muerto en el campo de Kolimá, “el Auschwitz del frío”. Víktor, economista, no tardó en entrar en disidencia con Yakir; los dos participaron en el sepelio de Borís Pasternak, en mayo de 1960. En 1969, Krasin y Yakir lanzaron el Grupo de Defensa de los Derechos Humanos: cinco años de exilio interno para Víktor Krasin. Los dos fueron arrestados en 1972 y, amedrentados por el KGB, se quebraron y denunciaron a unas doscientas personas. En septiembre de 1973, durante su proceso, los dos se arrepintieron públicamente durante una conferencia de prensa televisada a la cual asistieron los corresponsales de la prensa extranjera. El KGB no necesitaba sus denuncias puesto que tenía identificado a todo el mundo, pero le dio mucho valor a la conferencia de prensa que sintió como una victoria.

Unos meses después, la disidencia había olvidado el golpe y Amnistía Internacional empezó la adopción de presos “de conciencia” soviéticos; en 1975 publicó Prisoners of conscience in the ussr. Their treatment and conditions. En agosto se firmaron los Acuerdos de Helsinki: Occidente reconocía las fronteras de la URSS y la URSS se comprometía a respetar los derechos humanos. Un verdadero caballo de Troya que los disidentes supieron usar. Formaron grupos de Helsinki en Moscú, Ucrania, Lituania, Georgia, Armenia que mandaban información a los 35 países que habían firmado los acuerdos. En diciembre de 1975 Andréi Sájarov recibió el Nobel de la Paz. El precio pagado por los disidentes fue muy alto. Una durísima represión se desató en 1977: en promedio los arrestados recibieron siete años de campo de trabajo, seguidos de cinco de exilio interior. Claramente la URSS no pensaba aplicar los acuerdos, pero lo único que hizo fue fabricar mártires. Cuando Sájarov condenó la invasión de Afganistán en diciembre de 1979, después de largos debates, decidieron exiliarlo a la ciudad cerrada de Gorki (hoy Nizhni Nóvgorod). Anatoli Márchenko y Vasil Stus murieron en el campo. En septiembre de 1982, el grupo de Moscú anunció que dejaba de existir, los miembros de todos los otros grupos se encontraban en la cárcel, en el campo de trabajo o en exilio. El KGB triunfó cuando salió el número 65 y último de la Crónica de los acontecimientos contemporáneos. Victoria pírrica, el samizdat seguía más fuerte que nunca y gozaba de la atención internacional.El Kremlin definitivamente había perdido el monopolio de la información.

Alexander Podrabinek nació en 1953 en una familia disidente, por lo que tanto él como su hermano fueron deviant cases que no fueron al Komsomol, la asociación juvenil comunista. Debido a ello él, hijo de médico y nieto de un “enemigo del pueblo” liquidado en 1937, no pudo estudiar medicina y se quedó como enfermero. Disidente a los veinte años, elaboró rápidamente un libro, Medicina punitiva, publicado como Punitive medicine por la Universidad de Michigan en 1977. En 1977 fundó la Comisión de Investigación sobre el Uso de la Psiquiatría con fines políticos. El KGB les ofreció a él y a su padre salir del país. Se negaron y Alexander, arrestado en 1978 y condenado, pasó siete años en el extremo noreste de Siberia, en Yakutia. Su hermano Kirill fue también al gulag. Liberado en 1986, apoyó la perestroika y se lanzó al periodismo. En la Rusia actual sigue trabajando como periodista, activista y defensor de los derechos humanos; conturbado varias veces por el fsb, no bajó nunca la guardia; en 2022 condenó la “Operación Militar Especial” lanzada por Putin contra Ucrania. En YouTube tiene su canal “Alexander Podrabinek” y en Facebook tiene 22 mil seguidores. Hoy en día es uno de los escasos opositores públicos en Rusia.

Su libro es mucho más que las “memorias de un disidente soviético”, porque, si bien habla de Alexander, presenta a muchos disidentes que conoció personalmente, en libertad y en los campos, de modo que completa de manera muy humana la obra de Benjamin Nathans. Dos temas son muy importantes: los métodos para quebrar al preso –hambre, frío, aislamiento, que él resistió a pesar de los ciento quince días consecutivos que pasó en una célula punitiva– y la psiquiatría como instrumento de represión. A partir del capítulo 55 narra no solo su experiencia y su resistencia victoriosa a los intentos de quebrarlo, sino también la de otros compañeros. Por ejemplo, de un joven yakuto cuyo nombre no supo, en una celda vecina, que resistió hasta su muerte un 7 de noviembre “cuando el país celebraba un aniversario más de la Revolución de Octubre”. Conoció a Vladimir Shelkov, dirigente adventista que a sus 85 años había pasado veinticinco tras las rejas. Nacido en Ucrania en 1895, había sido arrestado por primera vez en 1931: cuatro años de campo; luego en 1945 fue torturado y condenado a muerte por un tribunal militar, pena cambiada a diez años de gulag. Arrestado otra vez en 1957, después de dos años en libertad, pasó otros diez años en campos donde conoció disidentes como Alexander Ginzburg. Para evitar el arresto siguiente, vivió nueve años en la clandestinidad hasta que el KGB lo encontró en 1978 y le dio cinco años en Yakutia, cuando cumplía 83. Fue entonces que Podrabinek lo conoció en el hospital donde moría lentamente, ambos tenían tuberculosis. El KGB le ofrecía la libertad si renegaba de su fe. No aceptó y murió serenamente el día de su cumpleaños 85, en 1980.

Vazif Meylanov (1940-2015) es otro héroe. Miembro de la etnia lezgui de Daguestán, matemático, filósofo, disidente y preso político de 1980 a 1989, fue condenado por haber protestado en solitario, durante diecisiete minutos, con una pancarta que denunciaba el arresto de su admirado Sájarov. Se negó a trabajar en el campo y pasó por las etapas del suplicio: hambre, frío y el aislamiento en la celda especial. Estaba en el siniestramente famoso campo de Perm-35, por donde pasaron muchos disidentes, como Bukovski y el P. Gleb Yakunin, donde murieron Anatoli Márchenko y Vasil Stus, el gran poeta ucraniano. Se negó a trabajar porque afirmaba que él era un preso político. Del 10 de abril de 1981 hasta junio de 1982 se quedó en el apando, con algo de pan y agua cada dos días. Persistió. En los tres años siguientes estuvo castigado trece veces; seis en el apando. Entre 1985 y 1986 pasó catorce meses en ese pozo. En 1987 siguió resistiendo hasta que lo soltaron para exiliarlo hasta Yakutia. Nunca dejó de escribir en samizdat. Fue rehabilitado en 1990 y siguió luchando por la justicia hasta que resultó víctima de Alzheimer.

Alexander Podrabinek empezó a recoger información sobre la represión psiquiátrica cuando tenía veinte años y cuando esa terrorífica forma de control totalitario no se conocía dentro ni fuera de la URSS. Quien resistía al régimen podía ser condenado como enfermo mental. En su Manual de psiquiatría el doctor Andréi Snezhnevsky definía así la patologización de la disidencia: “Tensión afectiva e interpretación ilusoria por el paciente de palabras y acciones de gente que lo rodea pueden, durante el combate por sus ‘derechos’, causar actos socialmente peligrosos.” En 1970, el especialista en genética Zhores Medvedev fue declarado loco por su libro Ascenso y caída de T. D. Lysenko (1969); el escándalo fue tal que lo soltaron a las tres semanas. El general Grigorenko, Natalia Gorbanévskaya, Vladímir Bukovski, Vadim Delaunay, Irina Belogorodskaya y muchos otros no tuvieron esa suerte.

La víctima estaba sometida a la administración de medicina durante años, para transformar su conducta; algunos murieron durante el “tratamiento”. El joven Podrabinek, en su calidad de enfermero, pudo apoderarse de los apuntes de Vladímir Gershuni, preso en el Hospital Psiquiátrico Especial Orlov, y los publicó en la Crónica de los acontecimientos contemporáneos. Gershuni (1930-1994) había sido condenado a diez años de gulag en 1949; liberado después de la muerte de Stalin, el joven poeta entró en disidencia y dio documentos a Solzhenitsyn que estaba armando su Archipiélago. En 1969 fue internado en el Instituto Psiquiátrico Serbsky de donde salió en 1974. Siguió luchando, de modo que lo internaron otra vez de 1982 a 1987. Después de escribir su libro sobre la Medicina punitiva, Podrabinek formó un grupo para informar al mundo sobre ese mal uso de la psiquiatría y también para visitar a los internados. Fue arrestado en 1978 y exiliado en Ust-Nera, Yakutia, hasta 1985.

Semyon Gluzman, nacido en Ucrania en 1946, era un joven médico psiquiatra cuando fue condenado a siete años de gulag en 1971. ¿Su crimen? Había leído en samizdat el expediente psiquiátrico del general Grigorenko que Vladímir Bukovski había logrado conocer y enviar a psiquiatras europeos. Se escandalizó al ver que el autor del falso diagnóstico era el doctor Daniil Lunts (del KGB). El abuelo de Semyon había sido asesinado por los nazis en 1941 en Babi Yar. Lunts era judío como los Gluzman. Por el honor de la medicina y de los judíos, Semyon, con la ayuda de la familia de Grigorenko, hizo su propio diagnóstico y lo mandó a Andréi Sájarov: en seguida lo arrestaron y lo enviaron al campo Perm-35 donde conoció a Bukovski. Entre los dos escribieron un Manual sobre psiquiatría para disidentes que circuló en samizdat en 1974 antes de ser publicado en varios idiomas. Al término de su pena, el KGB le ofreció salir para Israel. Se negó. En 1991 fundó la Asociación Ucraniana de Psiquiatría. Acaba de morir en febrero de este año.

Resulta que, el pasado marzo, el ruso Ilya Remeslo fue internado, como muchos disidentes, en el hospital psiquiátrico número 3 de San Petersburgo, que lleva el apellido de Iván Skvortsov-Stepánov, el creador de la censura política soviética. Ilya Remeslo era un famoso bloguero propagandista del Kremlin; había saludado con entusiasmo la anexión de Crimea y la guerra del Donbás, antes de apoyar la invasión de Ucrania en 2022. Pero el 17 de marzo publicó en Telegram “Cinco razones por las cuales he dejado de apoyar a Vladímir Putin”. Afirmaba que Putin era ya un presidente ilegítimo, que debía renunciar y ser juzgado por crímenes de guerra y robos; que llevaba una guerra sin salida para satisfacer sus propias inseguridades; que mataba el internet y la libertad de prensa; que la corrupción iba a la par de su poder absoluto.

La sorpresa fue tal que muchos lectores pensaron que su sitio había sido pirateado. No. Al otro día, afirmó “soy yo” y añadió una sexta razón: el gusto loco de Putin por el lujo. Además, escribió a The Guardian que no podía callarse, que había que atreverse a criticar porque, sin eso, Putin no pararía nunca. “Tengo cierta responsabilidad porque he sostenido a este régimen y contribuido a su mantenimiento. Sé lo que me espera.” El regreso a la represión psiquiátrica coincide con la exaltación por Vladímir Putin de Félix Dzerzhinski, “Félix de Hierro”, el fundador de la Cheka. Como he señalado, Putin había liquidado, en vísperas de su “Operación Militar Especial” de 2022, el Grupo Helsinki de Moscú, el Centro Sájarov y la asociación Memorial. En 2023, Vladímir Medinsky, exministro de Cultura y el hombre que escribe sus discursos, publicó un libro de texto donde menciona brevemente a los “dizque disidentes”. Entre 2022 y 2025, 20 mil personas han sido arrestadas y condenadas por haber protestado contra la guerra. Se cerró el círculo.

Por eso Benjamin Nathans advierte en su introducción que “la historia de la disidencia soviética ilumina un combate más universal entre la falta de esperanza y la perseverancia en el mundo contemporáneo. Somos los testigos de una nueva ola de autoritarismo político […]; nos enfrentamos a amenazas aparentemente imposibles de vencer”.

Como los disidentes, alzo mi copa “¡Al éxito de nuestra causa sin esperanza!”. ~

Benjamin Nathans
To the success of our hopeless cause. The many lives of the Soviet dissident movement
Princeton, Princeton University Press, 2024, 816 pp.

Alexander Podrabinek
Between prison and freedom. Memoir of a Soviet dissident
Notre Dame, University of Notre Dame Press, 2025, 448 pp.


  1. Václav Havel, Václav Havel or living in truth, Londres, Faber and Faber, 1986, p. 36.

    ↩︎
  2. Podrabinek, Between prison and freedom. Memoir of a Soviet dissident, Notre Dame, University of Notre Dame Press, 2025, p. 10.

    ↩︎
  3. Texto completo en Nathans, pp. 85-86. ↩︎


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: