Palabras vivas

La medida del mundo. Palabra y principio femeninos

Lola Josa

Athenaica,

Sevilla, , 2022, , 141 pp.

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Lola Josa, que es profesora de la Facultad de Filología y Comunicación de la Universidad de Barcelona, publicó en 2021 una muy bien recibida edición del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, leído a la luz de la mística hebrea. El libro al que hoy nos referimos, publicado en la colección Breviarios de Athenaica, investiga en la misma tradición con el ánimo de descifrar el sentido de lo femenino en la Biblia. Abarca un tema más amplio en menos páginas, lo que exige un planteamiento diferente, más intuitivo. Un planteamiento en que la autora nos presente solamente lo esencial, para que lo completemos al leerlo. ¿Daremos ahí con la medida, la génesis y el origen del mundo? El libro se subtitula Palabra y principio femeninos. En el origen del mundo, nos recuerda la autora en la introducción, está el lenguaje. Esto se da en distintas tradiciones espirituales. En particular se refiere a la Biblia como “un libro escrito con palabras consideradas vivas” y como “una biblioteca de libros sobre la genética del origen”. Sobre la calidad de vivas que tienen esas palabras volveremos más adelante.

Para invitarnos a entrar con ella en este ensayo, exposición o poema, que es lo que acaba pareciendo, Lola Josa nos recuerda además dos premisas fundamentales, casi la técnica para su interpretación: que el hebreo se escribe con consonantes solamente y que a cada una de sus letras le corresponde un valor numérico.

De este modo, y con francamente confiada generosidad, considera que estamos bien preparados para seguirla en su camino de interpretación. Y es cierto que podemos seguir su guía de lectura teniendo en mente esas dos premisas. A lo largo del texto, a pie de página se va traduciendo a números alguna de las palabras, para que comprendamos el peso que tienen, la precisión de su sentido, en qué se diferencian unas de otras. Voy a poner unos ejemplos, no sé si muy aclaradores así fuera de contexto, pero que al menos pueden dar una pista: 190 es la medida de Canaan (20-50-70-50), mientras que Miryam vale 290 (40-200-10-40). Esa misma serie, 40-200-10-40, corresponde a la palabra fertilizar. De esta manera, las palabras pueden establecer las unas con las otras relaciones matemáticas, además de que la composición de cada una tiene un sentido que supera el concepto o el ser al que denomina. Es difícil no lanzarse a fantasear con las combinaciones. Una precisión tal tiene mucho que ver con la poesía, más allá de los ritmos de los versos, y con todo el arte en realidad, pues los colores y las proporciones también han de estar sujetos a esas relaciones matemáticas. Al ir avanzando en la lectura de este libro nos llegan, cada vez más a menudo, vislumbres no solo del origen sagrado de las artes, sino también del fondo sagrado que anima todo lo que hay. Como si nada fuese arbitrario. Quizá por eso en el axioma que dice que hasta el último pelo de nuestra cabeza está contado hay más precisión de la que pensamos.

A pesar de su rigor y del puesto universitario de la doctora Josa, lo que estamos leyendo no es un libro muy académico que muestre paso por paso cómo de unas estructuras internas de cada palabra vamos a poder deducir otra cosa, y que no deje un palmo de la Biblia sin excavar, sino que La medida del mundo pone a nuestra disposición más bien un trayecto desde un personaje o escena de la Biblia hasta un sentido profundo que se oculta en él, expuesto en pocas líneas, confiado en que seremos capaces de dar el salto que une el comienzo con su conclusión. Por supuesto de esta manera de abordarlo solo puede ser capaz alguien que sepa cómo orientarse por el libro de libros. Y así es la disposición de este; la mayor parte de los capítulos, o temas, se resuelven en menos de una página, porque lo que estamos haciendo es un recorrido de la mano del espíritu que descansa en las palabras. Hay una pista en la contraportada, donde se califica el libro de oración. Y sí, a lo largo del libro, que empieza con la mención al Génesis y a Noé (“el arca de Noé fue la letra, la palabra”) y llega hasta el Apocalipsis después de pasar por la salida de Egipto, Moisés, la aparición crucial de Miriam-María (“matriz de la redención. Nacemos de su nombre”) y la de Jesucristo y por un capítulo que se llama, con aires musicales, “Resurrección en 7 movimientos”, se nos prepara a comprenderlo todo por una vía instintiva.

De vez en cuando, para no perderme mientras iba leyendo, me era útil acordarme de la leyenda del Golem, que aunque pertenezca al folclore también nos explica cómo se anima la materia por una chispa vital, igual que nosotros ponemos algo del hálito vivo al pronunciar las palabras que se nos presentan sin vocales, y que en combinación con nosotros, que las pronunciamos, generan el mundo una y otra vez. Temo estar inventándome una mística a partir de algunas cosas que me hayan impresionado de este libro, sin haber comprendido nada realmente, pero a medida que iba leyendo, aunque a veces se me escapaba, me parecía asimilar, aunque fuera por algunos segundos, el sentido profundo de esa idea extendida de que en el origen del mundo está el logos. Cómo eso no es una idea intelectual, sino un hecho que se puede practicar y que anima el mundo, es algo que queda muy claro durante la lectura de este libro. Algo alegre es que nuestra vida está basada en eso, por muy sepultados que estén los pilares. Ese es el principio femenino que rastrea Lola Josa en La medida del mundo. “Desde la nada buscamos amor.” ~


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