“Releer a los clásicos podría ayudarnos a cuestionar nuestras hipocresías más viles”. Entrevista a Aurora Luque

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Aurora Luque (Almería, 1962) es una de las más prestigiosas voces para hablar de la Antigüedad clásica y su vigencia en nuestro presente. Traductora de Safo y de Catulo, editora y divulgadora de la lírica grecorromana escrita por mujeres, académica, filóloga y, ante todo, poeta, Luque ha hecho del mundo grecolatino su fuente de inspiración, pero también lo ha convertido en algo que forma parte de su esencia. Para ella, volver a los clásicos significa pensar en lo que compartimos con ellos, descubrir lo que aún podemos aprenderles y abrir los oídos para descifrar los secretos que nos susurran.

Usted ha escrito: “De Grecia me atrajo siempre, por su similitud con la nuestra, la época helenística, con su fervor por las filologías y las bibliotecas y los mitos recónditos y la ironía y el humor de quienes saben que viven en un mundo desproporcionado y deforme.” ¿Qué es lo que los clásicos grecolatinos siguen diciendo en nuestro presente?

Hoy quizá complementaría lo que escribí en aquella ocasión: llevaría un foco hacia las épocas arcaica y clásica en tanto que distintas de la nuestra. Por lo que estrenaron de curiosidad, de aventura intelectual, de creatividad y de invenciones. Contemplar cómo se creaban lenguajes a la par que se desarrollaban conocimientos no sospechados antes. Por lo mucho que podría inspirarnos su actitud crítica ante la vida. Hoy nos hemos vuelto muy cobardes, por ejemplo, ante la superstición religiosa y sus daños colaterales, los fundamentalismos. No tenemos nada parecido a la valentía inaugural de un Jenófanes que criticaba la inanidad del deporte o la creación de los dioses a imagen humana, por ejemplo. O nada igual a la decisión colectiva de inventar la ciudad democrática. O al análisis radical del motor de la violencia que enfrenta a los pueblos que hace Tucídides. O al valor de Eurípides en plena guerra para ponerse en la piel de los enemigos vencidos. Quizá releer a estos clásicos podría ayudarnos a cuestionar nuestras hipocresías más viles, como –por poner un ejemplo– la de tolerar los abusos contra la libertad en Catar, Emiratos Árabes o Arabia Saudí a cambio de su petróleo y sus patrocinios deportivos.

¿Cuáles son los desafíos al traducir y reconstruir los versos de Catulo, Safo y otros autores grecolatinos para acercarlos a los lectores del siglo XXI?

Es una tarea que te pide mucho tiempo y mucha atención. Tienes que comprar un billete en la máquina del tiempo y acercarte hasta sus vidas, hasta sus Veronas o sus Mitilenes. Y pedirles cortésmente que te acompañen en el viaje de vuelta porque quieres presentárselos a los lectores y lectoras de poesía de tu siglo. Me acompaña siempre un principio que me obligo a respetar: que puedan seguir leyéndose como los poetas que fueron. Arrugarían la nariz si se vieran traducidos en prosa. Intuir qué musicalidad deseó dar Catulo a sus palabras e intentar reproducir una dosis parecida de ritmo, de pathos, con los recursos del español. En el caso de Safo, hay, además, que indicar o traducir de alguna manera los silencios que rodean sus fragmentos mal transmitidos. Traducir poesía me exige lentitud e intimidad: avanzo cuatro o seis versos como mucho en una tarde.

Usted menciona que, a través de los siglos, los escritores han inventado su propia Safo, a veces idealizándola, a veces demonizándola, ¿cómo podemos acercarnos a su figura sin caer en distorsiones?

No nos engañemos: hemos de aceptar de antemano que también nuestra Safo va a acarrear la distorsión inevitable de nuestro siglo. No existe una interpretación neutra y ahistórica. Dicho lo cual, no estamos en el peor tramo de la historia para entender a Safo. Disponemos de más herramientas que nunca para analizar y entender su condición de mujer creadora, cosa que en épocas brutalmente puritanas y luteranas era prácticamente imposible. Los estudios de género y la teoría feminista son instrumentos epistemológicos tan útiles y necesarios como la filología para penetrar en su poesía y en su mundo. Por primera vez en la historia de Occidente y del planeta puede hablarse de homoerotismo sin que pese en las mentes la sombra teológica del pecado cristiano. La sociedad acepta que las mujeres desarrollen plenamente su talento: esto era impensable hace unas décadas. Safo no es ya una rara avis, sino una poeta plena y poderosa.

¿Nos puede platicar la manera en que cada descubrimiento de un nuevo fragmento de Safo modifica lo que pensábamos de su obra?

Si no lo modifica, al menos confirma algo que intuíamos o sospechábamos. Por ejemplo, el papiro hallado en 2014 que conserva el llamado Poema de los hermanos, desconocido hasta ahora, ilumina lo que solo aventurábamos a través de citas indirectas. Nos descubre que además de los poemas amorosos, privilegiados por la tradición, Safo compuso poemas en una línea mixta que se ha llamado de “canciones de amor y marineros”: las consecuencias del eros agridulce afectan no solo a Safo, sino también a su hermano navegante que se enamoró de una cortesana egipcia. Safo se preocupa por la pérdida de la reputación familiar y pide ayuda a Hera, diosa protectora de los navegantes en el Mediterráneo. El nuevo texto ayuda, pues, a desmontar la imagen de una Safo intimista recluida en un mundo femenino.

Solo fragmentos han llegado hasta nosotros de la lírica griega arcaica. ¿Cómo la creación fragmentaria y la idea de obra abierta, tan propias de nuestra época, favorecen una lectura contemporánea de aquella poesía?

Estamos de suerte también en ese aspecto formal (además de en el simbólico e ideológico, señalado más arriba). Las vanguardias del primer tercio del siglo XX nos liberaron de muchos corsés y miriñaques. El arte da cuenta por primera vez de una realidad fragmentada, onírica, rota, deconstruida, descompuesta. Por primera vez no hay que añadirle brazos a la estatua que se recupera incompleta. Los fragmentos de Safo, además de rotos, son breves. Y el mayor auge de los géneros ultrabreves lo tenemos en este siglo: microrrelato, haiku, aforismo… El fragmento sáfico entra sin violencia en nuestro hábito lector.

¿Cree usted que el hecho de que mujeres clasicistas, como Caroline Alexander o Emily Wilson, hayan emprendido sus propias traducciones de Homero nos deja ver nuevos aspectos de la Ilíada y la Odisea que no estaban presentes en otras traducciones?

Sí. Ciertamente me sorprendió la visión de Aquiles como un insumiso que da Caroline Alexander en su ensayo La guerra que mató a Aquiles. Frente a Borges, a quien no le gustaba la Ilíada porque “no se puede admirar a un hombre como Aquiles […] Un hombre continuamente malhumorado, enfadado porque la gente ha sido injusta con él”, Alexander presenta al héroe rebelde que decide no tolerar la injusticia del caudillo Agamenón, del jefe, del alto mando del Estado mayor. Nunca nos habían señalado que en la Ilíada todo se mueve a partir no solo de la ira o la cólera, sino de la rebeldía consecuente y radical de un jefe militar contra el mando superior. Siempre se puso el énfasis en el mal temperamento del hombre, no en la insubordinación del militar. Lo hace Caroline Alexander (¿tal vez porque las mujeres hemos experimentado de otra manera la necesidad de la rebelión? Tal vez).

De acuerdo con Simon Critchley, al aludir a un mundo de dolor y guerra, la tragedia ática habla también de nuestras preocupaciones y miedos. ¿Es posible entender la violencia actual sumergiéndonos en la obra de Sófocles, Eurípides y Esquilo?

Sí, por supuesto. Traduzco ahora Las suplicantes de Esquilo, una obra que se tuvo por primeriza y menor por el hecho de que el papel protagonista lo ostenta un personaje colectivo de mujeres, un coro femenino, el grupo de las Danaides. Las violencias que sufren estas mujeres son actualísimas: se las obliga en Egipto a un matrimonio forzado que ellas eluden huyendo en barco y después se las rechaza cuando piden asilo político en la ciudad democrática de Argos, aunque al final la asamblea vota a favor de la acogida. ¿Cabe más actualidad en un argumento? ¡Esquilo estaba dándonos soluciones al problema de las mujeres afganas pisoteadas hoy mismo por los talibanes! Lo más admirable de Atenas es que entonces ya tenían estipuladas las leyes y modos de acogida de los extranjeros que pedían refugio.

Y no me detengo en Creonte, el tirano que se acoge a leyes rígidas, extrapolable a todas las dictaduras (¿la Nicaragua de hoy?). La guerra es un motivo universal. Y los griegos ya pensaron en lo universal con profunda honestidad: en la violencia, el dolor, la perplejidad, el estupor ante el destino y sus vuelcos. ¿Cómo no admirarlos?

Usted ha compilado y traducido un volumen de poesía erótica griega (Los dados de Eros, 2000), en el que no solo contempla la lírica arcaica sino la épica de Homero y de Hesíodo, o el teatro de Sófocles y Aristófanes. Desde nuestro tiempo, ¿hasta qué punto podemos identificarnos con esa concepción del amor y del erotismo? ¿Qué no podemos entender?

Podemos entenderlo todo. Es cierto que la pederastia platónica ha causado mucho estupor. Y es que partimos de un modo muy diferente de relacionarnos con la sexualidad: en Occidente nos vemos conminados a elegir una identidad sexual esencialista y vitalicia. Uno “es” homosexual o “es” heterosexual. Se aborda como un tema rígidamente identitario. La flexibilidad sexual de los griegos era en cambio asombrosa. La mayoría de los griegos era bisexual: o mejor, no “numeraban” sus tendencias. Safo se habría extrañado de que la llamáramos lesbiana en el sentido actual. Estaba casada y tenía una hija, nos dicen las fuentes. Aprender de esa flexibilidad griega nos resultaría beneficioso y saludable en nuestro siglo XXI, tan rígido en ese aspecto. Por lo demás, compartimos con aquellos griegos el descubrimiento del placer en esta especie de neoepicureísmo hedonista que se disfruta en el presente una vez que nos hemos desprendido de los yugos morales de la iglesia católica.

En Grecorromanas. Lírica superviviente de la Antigüedad clásica (2020) se dedica a recuperar a poetisas grecolatinas, incluso reivindicando la palabra poetisa. ¿Qué tan difícil fue hacer ese libro? ¿Cuál es la importancia de reconfigurar nuestro conocimiento de la Antigüedad incluyendo a estas autoras?

No es que reivindique la palabra poetisa de forma exclusiva: señalo el proceso histórico que llevó a su rechazo y que estamos en condiciones de superar. El término se cargó de negatividad por culpa de la brutal misoginia de los escritores e intelectuales de la segunda mitad del XIX(Campoamor y compañía) al menos en España: fueron tan despiadadas las burlas contra las mujeres que se atrevieron a publicar sus versos que la palabra quedó lastrada y manchada hasta el día de hoy. Pero ¿por qué no la rescatamos? Sería muy útil. Si decimos, por ejemplo: “poetas importantes publican en esa colección”, ¿alguien piensa en que puedan ser todas mujeres?

Editar el libro fue complejo, dados los distintos soportes en los que se hallaban los textos (códices, papiros, epigramas en piedra). Tardé largos años en rematar lo que fue mi tesina o memoria de licenciatura, que trataba ya el tema de la poesía compuesta por mujeres en Grecia y que defendí en el lejano 1987. En estos años he ido constatando el interés creciente por la autoría femenina, por los rescates de los textos supervivientes, por la rehabilitación de los nombres de las autoras, maltratadísimos o ninguneados por la indiferencia académica.

Frente a la negación automática de sus existencias o a su encasillamiento acrítico, es preciso desmontar los tópicos de fragilidad, sensibilidad e ingenuidad que mecánicamente se les atribuían. Como argumenta la gran filósofa Amelia Valcárcel, “hay que cuidar las tumbas de las antepasadas”.

¿Considera que las mujeres que escriben en la actualidad pueden verse reflejadas en algunas de estas autoras?

La obra conservada es muy escasa: eso constituye un impedimento. Sin embargo, sus nombres y las noticias sobre sus vidas (a menudo tergiversadas y manipuladas) completan huecos simbólicos. Y esas escasas reliquias de los versos supervivientes desmienten el encasillamiento secular que han padecido. Porque a menudo estas poetisas cultivaron géneros “no femeninos”: la oda política (Melino), la sátira antiimperial (Sulpicia), la poesía épica (Aristodama, poeta itinerante), las canciones para acompañar al vino (Praxila), la poesía gnómica (Cleobulina), etcétera.

A menudo se habla de un “canon clásico”, un grupo de autores y obras a los que vale la pena leer y releer. A veces se tiene la impresión de que se trata de una lista permanente, pero ¿cómo podemos reinventar el concepto? ¿Cree usted que los clásicos son libros no solo para reverenciar sino también para pelearnos con ellos?

¿Hay que reinventar el concepto? ¿Por qué? ¿No podemos soportar la idea de que haya unos libros que vienen siendo buenos desde siempre? ¿Por qué? ¿Porque son occidentales y ahora lo occidental suena a apestado? Ni reverencia ni odio: disfrute y aprendizaje. Mejor leerlos y después, con argumentos, acogerlos o despedirlos de nuestras vidas. Pero la Antígona de Sófocles ¿con qué la sustituimos? Toda la literatura creada por el camino de los siglos desde la Antigüedad hasta nuestros días se saborea y se goza mejor si conocemos los ingredientes primordiales, los primeros platos, las primeras recetas, las infancias de los géneros. Aunque lo de infancia es relativo: mejóreme usted Las troyanas de Eurípides.

¿Cómo sería la biblioteca ideal de sus clásicos? ¿Qué obras y autores considera imprescindibles?

No me atrevo a dar una lista de imprescindibles, porque mi biblioteca fue cambiante: en cada edad necesité a unos o a otros. Safo y Catulo siempre me acompañaron. Y siempre tuve cerca la Odisea, y a Hesíodo, a Arquíloco, a Alceo, a Anacreonte. Me deslumbraron el Fedro de Platón y Antígona y Edipo de Sófocles a los dieciséis y diecisiete años. Y luego Las troyanas de Eurípides. Y el humor absolutamente libre y genial de Aristófanes, solo posible en una democracia sana. Y el inmenso Esquilo: primero con sus Euménides, ahora con sus Suplicantes. Y el sabio amigo Epicuro, cuyo retrato preside mi casa. Y ahora vuelvo sobre los epigramas helenísticos con la magnífica edición de Quinientos epigramas griegos, recién editada por Luis Arturo Guichard en Letras Universales de Cátedra.

¿Cómo se vale usted del mundo clásico no solo como materia de estudio sino también para escribir una obra propia?

Un poco al modo del gran Borges: “Cercado estoy por la mitología. / Nada puedo. Virgilio me ha hechizado.” Y un poco bajo el estímulo feminista, que me mueve a mirar debajo de la alfombra de los mitos, a poner el oído tras las paredes que encierran a Medeas y Penélopes y Fedras y Danaides para escuchar sus voces, ya no tan tenues y desatendidas. Pero no me valgo yo del mundo clásico como de algo externo: el mundo clásico se apodera de mí, digamos que lo llevo dentro, que sus poetas me acompañan como amigos y me susurran al oído leyendas y versos. Ese es el poder de la literatura: está hecha de palabras aladas que viajan y se burlan de la tiranía de los siglos y de los milenios y nos acercan la belleza de los mundos lejanos en el tiempo y en el espacio. No hay nada más presente y vivo que lo que contiene cualquier libro. ~


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