Pensaba que La carne, el libro más reciente de David Szalay (tiene cinco; en español solo se había traducido uno, Turbulencias), trataría sobre el deseo masculino. Cuando ganó el Premio Booker en 2025, la prensa anglosajona comenzó a hablar de una especie de renacer o reivindicación de un literatura masculina que no se avergüenza de serlo, que habla de sexo y ambición sin pedir perdón. La muerte de lo woke y la decadencia de la literatura confesional femenina traerían de vuelta la Gran Novela Masculina, en la estela de los Roth, Bellow, Mailer, Amis, Kureishi, Franzen (da igual si no se parecen mucho entre ellos).
Era un discurso no muy fiel al libro de Szalay, pero los periodistas suelen ser así: un libro no puede ser bueno en solitario, tiene que formar parte de una nueva tendencia, tiene que ser la voz de una nueva generación o pertenecer a algo más grande que sí mismo. Tampoco es un relato muy fiel a la realidad de esa supuesta literatura “masculina sin complejos” que está de vuelta. Por coger uno de los autores mencionados, cualquiera que haya leído las novelas más explícitas y eróticas de Philip Roth (desde la célebre El lamento de Portnoy hasta El profesor del deseo, El teatro de Sabbath o El animal moribundo) entiende que no son exactamente aspiracionales: en ellas el deseo masculino es algo conflictivo y atormentado. Nadie querría ser David Kepesh, Mickey Sabbath o Nathan Zuckerman (este es quizá el álter ego más simpático de Roth). Pero, como su autor es un hombre escribiendo sobre follar y sobre mujeres, muchas mentes literales (o interesadas) creen que son novelas para pajilleros y misóginos.
La carne es, en efecto, un libro muy masculino, quizá de una masculinidad demasiado estereotipada: hay alcoholismo, represión emocional, hay un trío en un jacuzzi, el protagonista va al ejército y vuelve con estrés postraumático, hay affaires y dinero y violencia. El libro comienza con una experiencia sexual traumática. El joven protagonista, István, vive en un pequeño pueblo de Hungría en los años noventa y pierde la virginidad con una vecina de la edad de su madre. Ese affaire (ella está casada) y una muerte accidental relacionada lo marcan de por vida. Su siguiente romance parece más convencional, pero acaba frustrado por falta de correspondencia. Y el siguiente, el más duradero, ya cuando tiene unos treinta años y ha estado en el ejército húngaro en Irak (yo tampoco sabía que participaron) y tiene estrés postraumático y vive en Londres y ejerce como guardaespaldas y chófer, es con la mujer de uno de sus clientes, un empresario multimillonario. Es, de nuevo, una relación incómoda, desigual. Empieza como un affaire y se convierte poco a poco en algo más serio.
István sufre mucho, o uno intuye que sufre mucho, porque raramente lo verbaliza. El lector lo adivina porque acude al psiquiatra en varias ocasiones, responde “no” a la pregunta “¿estás bien?” e incluso llega a medicarse. En el libro deben de aparecer unas quinientas veces las palabras “ok”, “de acuerdo”, “vale”, porque el personaje se comunica casi exclusivamente con monosílabos. Muy a menudo los diálogos resultan irritantes, llenos de repeticiones, repreguntas (“¿Qué opinas?”, “¿Qué opino?”, “Sí”, “No sé”). La mayoría no van a ningún lado, son puramente lubricantes. Solo de vez en cuando el narrador nos desvela algo de las emociones o el mundo interior de István; da la sensación de que sabe mucho más que el propio personaje, que raramente habla consigo mismo.
Ese equilibrio entre el laconismo de István y los breves destellos de introspección y psicologismo del narrador funciona a veces muy bien; otras resulta confuso y cargante. La carne tiene una interesante estructura de acordeón: se abre mucho y hace grandes saltos temporales y digresiones, y omite importantes acontecimientos de la vida del personaje para luego volver a una cotidianidad minuciosa y puntillista (el personaje se toma un capuchino, se pone una camisa, gira por esta u otra calle, dice que hace frío, dice que hace calor).
Si la primera mitad de la novela está centrada en “la carne” y las relaciones tumultuosas del personaje, en la segunda la historia parece asentarse y se convierte en un breve drama burgués convencional: matrimonio, crisis del matrimonio, los retos de la paternidad, algún affaire, la ambición, el trabajo. István es un exitoso promotor inmobiliario en Londres. Pero su vida lujosa no le pertenece del todo. Cuando cumpla veinticinco años, su hijastro heredará la fortuna familiar. Y no le dejará nada a él. Aquí la historia se acerca al melodrama (recuerda a algunas películas de Christian Petzold o alguna novela de Iris Murdoch), pero no tarda en volver a la amargura y extrañeza del principio.
En la vida de István no hay epifanías ni redenciones. Tampoco parece que el personaje aprenda de sus errores o de la experiencia, porque raramente lo vemos tomando una decisión. Simplemente se deja llevar como un autómata. La carne es un libro austero y lacónico que a veces resulta exasperante y otras hipnótico y adictivo. No es una reflexión sociológica sobre la crisis contemporánea de la masculinidad, no es una vuelta a la Gran Novela Masculina. Es, en el fondo, una novela clásica con un envoltorio posmoderno: el arribista clásico, el de las novelas de Stendhal y Flaubert, es aquí un tipo sin ambición ni voluntad, sacudido por el destino. Si la vida te da limones, tú dices “ok”. Si luego te los quita, respondes con un “vale”. Y te das a la bebida. ~