La declarocracia en la prensa

Sutiles o brutales presiones, finas cortesías o simples embutes, censura o autocensura, las relaciones entre la prensa y el poder en México han asombrado al mundo. Lichfield, corresponsal de The Economist, demuestra en este reportaje cómo este contubernio terminó por condicionar incluso la forma que tenemos de entender el periodismo en nuestro país.

Julio 2000 | Tags:

Abundó. Aceptó. Aclaró. Acusó. Adujo. Advirtió. Afirmó. Agregó. Añadió. Anotó. Apuntó. Argumentó. Aseguró. Aseveró. Comentó. Concluyó. Consideró. Declaró. Destacó. Detalló. Enfatizó. Explicó. Expresó. Expuso. Externó. Informó. Indicó. Insistió. Lamentó. Manifestó. Mencionó. Observó. Planteó. Precisó. Profundizó. Pronosticó. Pronunció. Prosiguió. Puntualizó. Recalcó. Reconoció. Recordó. Redondeó. Reiteró. Señaló. Sostuvo. Subrayó. Me parece que esta lista de palabras ha de ser un catecismo que se exige aprender religiosamente a todos los estudiantes mexicanos de periodismo en su primer semestre de estudios. Basta revisar cualquier diario mexicano, resaltan como gemas entre los metros de palabrería insípida. Esto, el catálogo inenarrable de sinónimos de "dijo", garantiza que no falte en informe alguno del último discurso del licenciado Fulano de Tal, aunque se lo cite veinte veces, el oportuno verbo para enmarcar todas sus adorables frases. Humildemente, quisiera acuñar un nombre para estas palabras sacras: los dijónimos. Dios quiera que no se me haya olvidado alguna.


Los dijónimos insuflan vida y emoción a lo que, de otra forma, son informes de noticias de abrumadora monotonía. A veces me detengo a la mitad de la lectura de uno de esos informes para imaginar al licenciado en pleno desembuche: expansivamente abundando, tenazmente argumentando, cuidadosamente considerando, sabiamente pronosticando. Puedo ver al periodista, rendido de admiración ante la magistral oratoria del licenciado, anotando todos los detalles. La verdad es que me dejo llevar a tal punto por esta pequeña fantasía, que a menudo se me olvida poner atención a lo que en realidad dijera el licenciado, pero no importa, es probable que no me interesara de todas formas. Y sé que, al final del día, mi fantasía es precisamente esa, porque el licenciado en realidad no consideró, no sostuvo, no precisó ni declaró. El licenciado nada más dijo. El resto es una ficción nacida de la imaginación del periodista.

Los dijónimos son síntoma del aspecto quizá más asombroso de la prensa mexicana: la idea de que las noticias no son lo que hay de nuevo, sino lo que haya dicho alguien importante, aunque esa persona o cualquier otra ya lo hubiera dicho, sin importar, realmente, si es verdad o no. Al abrir cualquier diario, muchos de los artículos son informes de un discurso o entrevista o, a veces, de varios discursos pronunciados en una misma ocasión. Contienen paráfrasis de lo dicho por el orador, o citas directas realizadas a través de una selección de dijónimos, sin contexto, o con poco, ni comentario. El mismo ejemplar del periódico puede ofrecer otra crónica del discurso de otra persona sobre el mismo tema. Es casi como leer el guión de una enorme y prolongada obra de teatro —más bien una telenovela—, pero donde los diálogos de cada personaje se presentan por separado, como si se publicara Macbeth en una serie de libros independientes: uno con los diálogos de Macbeth, otro con los de Lady Macbeth y otro más con los de Duncan exclusivamente, y así en general. Es un excelente registro de lo que dicen los poderosos, pero no sirve para entenderlo, que es el propósito del periodismo. Los periodistas mexicanos reconocen esta enfermedad que les aflige y tiene su nombre: declaracionitis.

Podría alegarse que, como persona de lengua inglesa, mi punto de vista es sesgado. Para nosotros la palabra que se traduce como "noticia" es news, o sea, novedades, mientras en español noticia sugiere algo como información oficial. Y, sin duda, al leer la prensa en cualquier país latinoamericano se encuentran los síntomas de la declaracionitis. Pero es improbable que la diferencia entre ambas formas de periodismo sea un mero accidente lingüístico.

Tampoco se debe a presiones del gobierno. Un observador ajeno podría deducir, por los ríos de tinta dedicados a los discursos oficiales, que la mano del gobierno sigue pesando mucho en los medios de comunicación. Pero hoy en día los periódicos dedican igual cantidad de espacio a imprimir los también repetitivos lugares comunes de los críticos del gobierno. El control oficial ha disminuido enormemente; lo que queda es el hábito de informar adquirido por la prensa y apropiado durante décadas de predominio de ese sistema. La prensa de hoy está menos a merced del gobierno que de sí misma.

En otros tiempos el PRI controlaba la prensa, como todo lo demás, con mucha astucia; ejercía un control casi total sin llegar a ser totalitario. La clave consistía en hacer depender a la prensa del gobierno. Los periodistas recibían puntuales sobornos, los inspectores fiscales eran indulgentes y PIPSA, monopolio del gobierno, suministraba papel barato. Los editores y los propietarios disfrutaban de un acceso privilegiado a las altas esferas del poder. La publicidad del gobierno llegaba generosamente, recurso de especial valor para los periódicos que nunca han gozado de gran circulación.
     La amenaza tácita de retirarles estos beneficios aseguraba que pocas veces fuera necesaria la censura; los medios más bien solían autocensurarse, con tal eficacia que rara vez hacía falta retirar esas prerrogativas. Es legendario el control absoluto de PIPSA en materia de suministro de papel, pero la última vez que se ejerció ese control fue en el sexenio de Luis Echeverría —la desafortunada víctima fue El Norte—, y cuando Carlos Salinas puso fin al monopolio de PIPSA, quienes más se resistieron fueron los directores mismos de muchos periódicos. Los propietarios de las estaciones de radio y televisión se quejan de que las reglas para dar concesiones siguen dando cabida a la discrecionalidad, pero no he encontrado un solo caso de concesión revocada por difundir información en contra del gobierno. En ocasiones se ha retirado la publicidad del gobierno; entre los casos más dignos de atención están la revista Proceso, de Julio Scherer, a la que José López Portillo le quitó la publicidad con su famosa frase: "No parece sano el que paguemos para que nos pegue". De manera parecida, Carlos Salinas ordenó a los bancos que dejaran de anunciarse en El Financiero cuando éste cuestionó la legitimidad de su elección en 1988. Pero el intento de represión hizo salir el tiro por la culata, porque tanto El Financiero como Proceso aprendieron a ser económicamente independientes del gobierno.

Ahora otros diarios ya son independientes también: Reforma, El Universal y La Jornada (en fecha más reciente) no dependen de la publicidad oficial para subsistir. Y el gobierno ha perdido otros medios de presión, como era, por ejemplo, el infame "fondo secreto" que la Constitución autoriza al presidente para gasto discrecional. Durante el sexenio de Carlos Salinas, según el historiador Sergio Aguayo, ese fondo era de cerca de novecientos millones de dólares. Ernesto Zedillo, presionado, lo ha ido reduciendo gradualmente hasta eliminarlo.

Los verdaderos controles que quedan son más irrisorios que siniestros. Por ejemplo, la "regla del 12.5%", venganza de Gustavo Díaz Ordaz contra los medios electrónicos por su tratamiento (aunque fuera muy tímido) de la masacre de 1968, merced a la cual las estaciones de radio y de televisión tienen que dedicarle una octava parte de su tiempo en el aire al gobierno. Ni la dependencia oficial más vigorosa podría producir ese volumen de publicidad; pero todas hacen su mejor esfuerzo, razón por la cual hay que pasar horas de embotellamiento en el tránsito urbano escuchando a algún funcionario de la Secretaría de Salud decirnos que "¡Aprender a cuidarse es aprender a amarse!" O la semanal Hora Nacional, durante la cual todas las estaciones de radio tienen que ceder a una pasmosa transmisión del gobierno. La primera vez que encendí la radio un domingo por la noche y encontré en todas las estaciones a una señora de voz distinguida presentar recetas de mole, pensé que habría ocurrido una terrible crisis y las autoridades habrían suprimido temporalmente las noticias. Y luego están las gacetillas, esas inserciones pagadas que a veces salen en algunos periódicos, identificables por algún detalle, como los títulos en cursivas. Francamente me deja perplejo la existencia de estas gacetillas. Si se sabe cómo reconocerlas, se entiende que son pagadas, y aunque no se conozca la clave, son tan aburridas —el discurso del secretario de turismo de algún estado pronunciado en el almuerzo anual de los gerentes de hotel, por ejemplo— que de todas formas nadie las leería.

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