Siete unos

Febrero 2007 | Tags:
El escenario y sus circunstancias, aunque verificables, parecen absolutamente inverosímiles, pero en su momento fueron habituales: dos Juanes y dos Diegos que cada domingo por la tarde se reunían puntuales a ejercer el ritual de una partida de dominó. Hubo jornadas que transcurrieron en silencio y, por lo menos una, donde el juego desplegó el ir y venir de las fichas mientras los cuatro oían, sin necesariamente escucharlo, el tango Uno como música de fondo, un telón místico donde la voz de Gardel se volvía un lejano bálsamo entrelazándose con las pocas voces que exige una buena partida de dominó y con el ruido inconfundible de esa sola ficha que cae sobre la mesa como una lápida de mármol en miniatura.

La trama, si bien es simple, no queda exenta de misterio, de ese azar indescifrable que marcó un cruce de destinos, quizá, sin que alguno de los cuatro jugadores en cuestión se diera cuenta. Si acaso, habría que agregar que uno no siempre percibe los dictados de su destino, sino quizás algunos aromas apenas perceptibles que nos llegan –como un viento ligero– desde el futuro desconocido que nos depara la vida. Lo saben bien los que acostumbran el ritual de la ficha: el dominó conjuga una rara matemática que no necesariamente podría calificarse de precisa, pues al número aparentemente finito de sus piezas habría que agregar las combinaciones infinitas que no siempre logra calcular el más diestro de sus jugadores. Entre los dos Juanes y dos Diegos que ocupan el recuerdo de esta historia habrá que conceder que hubo más de un domingo en que parecería que se sabían interlocutores de un misterio; cuatro a la mesa donde repetían semana a semana el azaroso rito de lo circunstancial, sin preocuparse por las posibles patrañas que acostumbra jugar el destino o los pormenores y minucias de la realidad circundante. Se reunían a jugar y ya está. Un pacto banal, aunque en la mente de quien ahora los invoca parecería sustentarse la trama de un tratado literario; un acuerdo consuetudinario, ligero. Dominical.

Si acaso, hubo domingos en que alguno de los Juanes o un Diego elegían aderezar la partida con referencias a las magias inherentes del juego mismo. Está el domingo, por ejemplo, en que uno de los Diegos ponderó a manera de ensayo verbal que no dejaba de ser enigmático el remoto origen o la incierta costumbre de ir acomodando en escaladas numéricas las fichas talladas en hueso y marfil, con pequeñas incrustaciones de ébano…

-–Será porque en francés se le llamó “dominó” a la caperuza negra con forro en blanco que usaban los frailes en invierno–, alcanzó a decir el otro Diego antes de que uno de los Juanes interrumpiera, con cierta vehemencia:

-–No estoy muy seguro de que el nombre le venga de ahí… Se sabe que el juego se inventó en China hacia el año 1000 y que venía de la India…

–… sí, pero llegó a China– completaba el otro Juan –como derivación de los dados cúbicos y, para tal caso, se sabe que el nombre de la máscara de los carnavales se llama dominó, por razones al revés: porque es blanca con rombos en negro, o bien negra con cuadrantes blancos, y se le llamó dominó precisamente por su parecido con las fichas y no porque el atuendo antecediera al juego.

Está también el domingo en que alguno de los Juanes –quizá por haberse preparado con la lectura de algún tratado leído en la biblioteca– informaba a los demás que las fichas del dominó chino representaban originalmente alguna de las veintiún combinaciones posibles al arrojar un par de dados, y el domingo en que uno de los Diegos agregó que los antiguos chinos también habían llegado a dividir las advocaciones del juego en dos: militar y civil, como si el juego pudiera alentar el azar de sus combinaciones numéricas con dos clases de implicaciones vitales. La discusión ese domingo derivó entonces hacia un cuarteto entretenido donde las voces abogaban en pro o denostaban en contra de la posible interpretación de su juego como un torneo a escala entre ejércitos combatientes o una minúscula representación de la vida humana.

Aquí es el momento oportuno para agregar un dato inexplicable en términos numéricos, aunque no exento de cierta ponderación en la teoría de las probabilidades. Sucede que el padre de uno de los Diegos, poeta y cineasta de prestigio, había dirigido un largometraje –años antes de que se reuniera el cuarteto que nos ocupa– y había ofrecido a uno de ellos, Juan, un papel en silla de ruedas. Escritor de párrafos desafiantes y afiliado a la literatura sin ambages, Juan aceptó el papel sin saber que la vida o el destino –años después de la exhibición de la película– le depararía el crucigrama enredado de jugar dominó cada domingo postrado precisamente en una silla de ruedas por una enfermedad inesperada, e impredecible, que no alteraría un ápice su enigmática sensibilidad artística, aunque mermara sustancialmente las circunstancias anatómicas de su movilidad. El papel que actuó en la película sería entonces no más que un aviso o ensayo de la vida que le esperaba, sentado en una silla de ruedas, domingo a domingo, aunque tampoco estuviera predicho ni prefigurado que el ritual semanal del dominó conjugaría la presencia de su hijo, el otro Juan, editor de elegantes libros de arte. Creo ya haber dicho que el cuarteto lo completaban Diego, hijo del poeta y cineasta, también editor de libros elegantes, literaturas de altos vuelos y catálogos minuciosos, y el otro Diego, editor de todo párrafo posible, hacedor de cajas donde contiene arquitecturas y filosofías en miniatura, dibujante y pintor de paisajes utópicos y, además, portero de un prestigiado club de futbol.

Escrito el párrafo anterior, el lector quizá comprenderá entonces las circunstancias del domingo en que Juan, el escritor, abogó por la endeble teoría de que el dominó fue un juego originario de los mayas, por aquello de la invención del cero y su representación sin puntos en las fichas del juego. Está también el domingo en que Diego, el editor, apeló a la noticia de que, hasta que llegó a Italia en el siglo xviii, el juego que los embelesaba domingo a domingo no adquirió posibilidades de verdadera belleza, lo que Juan, el editor, refutó con algunas citas para ensalzar la estética superior de las fichas chinas, más alargadas, o el atractivo primitivo, quizá incluso simple, de un dominó egipcio llamado desde tiempo de los faraones “Chuti Mul” o “Siete Mulas”, por haber introducido a orillas del Nilo no solamente el concepto del cero (quizá al mismo tiempo en que, al otro lado del mundo, los mayas ya lo ejercían en sus cuentas), sino además la medida del sistema métrico decimal, tal y como lo conocemos hasta el día de hoy. Ese mismo domingo, Diego, el portero y artista plástico, agregó con cierta filosofía que lo que sí parecía una exageración aberrante era el llamado dominó cubano, al incluir la duplicidad del número nueve, doce o quince, multiplicando ad libitum el orden incontestable del Universo, “de por sí, infinito”.

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