Tengo un amigo casado, de cincuenta y tantos, que dedica gran parte de su tiempo a la persecución y conquista de mujeres bonitas, cuanto más jóvenes mejor. No piensa dejar a su pareja y le parece natural que un hombre aproveche al máximo su capacidad seductora aunque vaya dejando por el camino a un reguero de señoras que le detestan. Hombre instruido, formado científicamente, conoce el dictamen darwinista sobre la necesidad masculina de copular con todas las que se pongan a tiro y se siente justificado.
Un buen día mi amigo estableció una relación algo más sentimental con una chica fantástica a quien doblaba la edad. Y ella, pasado un tiempo, acabó pidiéndole dinero y él se enfadó. Era darwinista pero, aparentemente, solo en su beneficio. Se le olvidó la otra cara de la moneda: si eres viejo, pagas.
Darwin fue de los primeros en señalar las diferencias de comportamiento sexual entre hombres y mujeres. Desde entonces se han realizado numerosas investigaciones. Las mujeres, por motivos que tienen que ver con la inversión parental, son más reservadas y priman las relaciones de calidad con varones con recursos. Los hombres, en cambio, son más promiscuos: favorecen la cantidad en las relaciones y su prioridad es la juventud y la belleza. Eso hace que, en un mundo donde el equilibrio entre sexos es del 50%, los varones perciban un déficit de mujeres disponibles, especialmente de las más deseables. Y, entre otros efectos, este es el motivo por el que la prostitución –“el oficio más antiguo del mundo”, lo llaman– es un mercado potente. Las mujeres, por lo tanto, han explotado esa ventaja en su beneficio desde que el mundo es mundo. Esta frase molestará a quienes piensan que, en el mercado del sexo, la mujer es la explotada. No es así. Lo que ha pasado, sin embargo, es que los hombres, debido a su fuerza física y capacidad para la agresión, encontraron un nicho de aprovechamiento explotando a las explotadoras.
Armas de mujer
¿Se ofendió justamente mi amigo? Según Catherine Hakim, en absoluto. Este año se ha publicado en España el libro más reciente de la profesora de la London School of Economics: Capital erótico. El poder de fascinar a los demás (Debate, 2012), donde defiende sin reservas una decidida puesta en valor de la sexualidad de la mujer en su mejor momento vital. El valor económico, en especial. (Como el que la joven amante de mi amigo creía merecer.) Catherine Hakim, a diferencia de otros autores que han tratado esta temática –como hace desde la ciencia la psicóloga Nancy Etcoff en Survival of the Prettiest. The Science of Beauty, o como hace Nancy Friday desde el ensayo popular en The Power of Beauty–, representa un tipo de feminismo que, después de la liberación sexual y la relativización de las normas morales tradicionales, aplaude este tipo de transacciones.
Catherine Hakim no es una provocadora más: la que tiene la osadía de proponer la utilización del potencial erótico como arma contra la “nada santa alianza” entre los religiosos fundamentalistas, las feministas radicales y “el patriarcado”[1] es una socióloga con un amplio historial de obras publicadas. Hakim no solo defiende el cultivo, la potenciación de esas “armas de mujer” –aunque también las defiende para los hombres jóvenes– como instrumentos de gran utilidad en todos los aspectos de la vida –los laborables, los sociales o los de pareja–, sino que exhorta a las jóvenes, especialmente a las que carecen de bazas financieras, intelectuales o circunstanciales, a explotar la propia belleza y juventud en el mercado del sexo, incluido el del sexo de pago.
Hakim ha tenido la habilidad de inventar la rueda renombrando con jerga de economista dos peculiaridades ancestrales que modulan la batalla de los sexos: la atracción de los hombres por la belleza y encanto de la juventud y la necesidad de los mismos de intercambiar fluidos con el mayor número de parejas sexuales dentro de sus posibilidades. A esos aspectos ya conocidos que han sido objeto de centenares de libros y artículos por parte de célebres investigadores les llama “capital erótico” y “déficit sexual masculino” respectivamente, demostrando de paso y a las claras cómo incluso hoy hay una lamentable distancia entre las ciencias biológicas y la sociología.[2]
A por los hombres
Para ella, la causa subyacente del odio de los hombres a las mujeres (que da por sentado) es su estado semipermanente de deseo y frustración sexual. Les “da rabia” que ellas no correspondan con el mismo deseo. “¿Por qué nadie anima a las mujeres a explotar a los hombres siempre que puedan?”, se pregunta. Asegura que la sexualidad masculina no vale nada debido al excedente a coste cero y para aprovecharlo reclama la completa legalización y liberalización de la prostitución y cualquier otra actividad económica de tipo sexual.
Siguiendo ese razonamiento, expresa una entusiasta admiración por ciertas escolares japonesas que en pocas horas ganan 650 dólares por entretener a hombres mayores, por las “amantes estudiantes” nigerianas o las chicas de los bares de Yakarta que espetan a sus clientes “no money, no honey”, frase que le da título al libro en inglés. No es un feminismo edificante el de una Hakim que dice que las mujeres ganan confianza y autoestima vendiéndose al darse cuenta de que “en el peor de los casos, los hombres son patéticos o despreciables”.
¿Una buena idea?
En el panorama que dibuja, los jóvenes en su plenitud simplemente disfrutan del sexo y reciben, además, un montón de dinero. ¿Es siempre así en el mercado del sexo mercenario? No olvidemos que en la relación sexual con extraños se violentan las fronteras de la intimidad (higiene, olores, defectos físicos), concurren el abuso, las enfermedades y es una fuente potencial de agresión. Dice Hakim que “gente desagradable, y experiencias ingratas, las encuentra casi todo el mundo, tanto si ejerce el comercio sexual como si tiene un trabajo normal en una oficina, tienda o fábrica”. Que “nadie es perfecto”; pasan cosas malas; “hay gente maleducada, arrogante y hasta violenta”. Quizá, pero no se suele estar desnudo y expuesto en una habitación cerrada a albur de un tipo más alto y de más peso que cree que, aunque sea por unos minutos, te ha comprado. Difícilmente puede considerarse eso una profesión “normal”. La reticencia de la mayoría de quienes la practican a considerarlo como un medio de vida recomendable para sus propias hijas ya debería darnos una pista.
Por otro lado, ¿sería mejor un mundo en el que los hombres y las mujeres jóvenes explotaran económicamente su sexualidad? ¿Cómo sería una sociedad en la que cada cual comerciase con su capital erótico sin la capacidad que tiene el sexo de crear lazos de afecto, responsabilidad y, sí, de amor?
El amor también es importante. Y no es cierto que, como también dice Hakim en su libro, la idea occidental del amor no sea compartida por el resto de los seres humanos del planeta. Por hablar solo de “química” señalaremos que hay diversas neurohormonas decisivas en la modulación de los engranajes amorosos. La famosa oxitocina, por ejemplo, es la hormona de la satisfacción y la plenitud afectiva. No solo se encuentra en el crescendo de la excitación sexual, sino también en el momento posterior. Se supone que es la responsable de elaborar engarces afectivos y sentimentales, marcando el cerebro con fijaciones de larga duración y cementando interdependencias afectivas.
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Comentarios (2)
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Hay que leer lo de Hakim, me parece del todo interesante. Me gustaría apuntar sobre este artículo, además, que me chocó un poco eso de "¿sería mejor un mundo en el que los hombres y las mujeres jóvenes explotaran económicamente su sexualidad? ¿Cómo sería una sociedad en la que cada cual comerciase con su capital erótico sin la capacidad que tiene el sexo de crear lazos de afecto, responsabilidad y, sí, de amor?" .
La primera pregunta, me parece a mi, ignora el hecho de que vivimos exactamente en ese mundo en que los hombres y las mujeres jóvenes explotan económicamente su sexualidad: la mayoría se casa joven y el contrato matrimonial es bastante explícito en cuanto a las responsabilidades económicas y sexuales de los cónyuges y antes lo era más.
La segunda, es un buen ejercicio de imaginación para explorar la dimensión ética del tema llevándolo al extremo, pero no creo, o no parece que así sea (habrá que leer, insisto, el texto criticado) la propuesta de Hakim pues ¿cómo se podría restar al sexo su capacidad de crear lazos de afecto? Independientemente de que se pague por él, su capacidad de crear esos lazos existe. Y casos hay en los que las o los clientes terminan viviendo con sus sexoservidores(as).
En fin, interesante tema.
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