Un infierno de lo más normal

Littell viajó con los ojos bien abiertos a Ciudad Juárez y, como un moderno Virgilio, nos pasea por los círculos de su infierno cotidiano: crimen, corrupción, explotación, cinismo.

21 de noviembre. “Más de sesenta horas sin una sola ejecución.” Cuando PM, el principal tabloide de Ciudad Juárez, no logra retacar su primera plana con cadáveres, tiene que esforzarse por encontrar otra nota. “La ciudad acaba de experimentar un inusual incremento de paz... el mayor en tres años. Las estadísticas de los periódicos muestran que el 29 de diciembre de 2008 transcurrieron cincuenta horas sin que ocurriera un asesinato. Más tarde, el 29 de octubre de 2009 Juárez vivió 41 horas sin muertes violentas.” Es decir, las cosas se han calmado bastante desde el año anterior. Arturo, un periodista local con quien me reuní en el aeropuerto de El Paso, Texas, del otro lado de la frontera, se burla de eso: “Hoy Juárez está muy calmada. Incluso aburrida. Solíamos tener quince o veinte muertes diarias. Ahora son solo tres, cinco, siete.” Pero decir “aburrido” es algo relativo. La primera portada de PM que veo muestra la fotografía –completamente explícita– de un cadáver cuya cabeza no es más que un cráneo: el hombre había sido quemado con ácido mientras “aún estaba vivo”, según precisa el artículo. Que da la información de rigor: nombre y edad (José Gallegos, 22), circunstancias del crimen (“levantado en la colonia Kilómetro 29 a las 2 a.m.”), reacción de sus familiares (“daban gritos de horror y de desesperación al darse cuenta de las condiciones en que había sido encontrado su ser querido”). Los investigadores de la policía recabaron los testimonios de rutina y recogieron el cuerpo. Pero no pasará nada más, ningún tipo de seguimiento, ningún informe de la investigación, ningún arresto, ningún proceso, ni siquiera un intento de explicar las razones por las que unos desconocidos consideraron adecuado sumergir la cabeza de José Gallegos en el ácido; en las posteriores ediciones de PM su foto será sustituida por las de otros muertos, de los que tampoco se sabrá nada más. “Lo que enloquece a la gente –me explica unos días después, con gran franqueza, un policía municipal llamado Roberto– es que no se da seguimiento. Los expedientes se acumulan uno encima del otro y nada se resuelve. A menudo las madres tienen que hacer sus propias investigaciones.”

+Un miembro del grupo Álamo registra un departamento a las 2 a. m.

Esa es la normalidad aquí; la normalidad y la regla. Se asesina todos los días, todos los días alguien desaparece, y la vida sigue. Cuando uno cruza desde El Paso, a la hora pico de la tarde, los autos se acomodan en tres colas para pasar el puente. Vendedores de flores y de periódicos se pasean entre los vehículos, peatones cruzan por un corredor cercado con rejas, un letrero advierte: “Prohibidas todas las armas en México.” En esta dirección el trámite es rápido, veinte minutos cuando más, mientras que en el otro sentido hay que hacer de dos a tres horas de cola, sobre todo durante las vacaciones, cuando la gente de Juárez se va de compras a Estados Unidos; aunque la gente gana en promedio diez veces más que en México, todo ahí es más barato. Más allá del puente se despliega Ciudad Juárez, una enorme retícula de luces titilantes que se extiende hacia todas partes antes de apoyarse, en el fondo, hacia el suroeste, contra las crestas de la Sierra de Juárez, grises durante el atardecer. En una de las laderas se puede leer, incluso a varios kilómetros de distancia, una inscripción enorme: “la biblia es la verdad. léela.” El puente desemboca en Avenida de las Américas, una avenida ordinaria con su flujo de autos, sus centros comerciales, sus tiendas y sus gasolinerías; uno creería hallarse aún en El Paso de no ser por los camiones multicolores y el omnipresente tufo del drenaje. En el nuevo centro, la Zona Pronaf, grupos de jóvenes bien acicalados se reúnen a la entrada de los bares, clubes y restaurantes, donde suena música de mariachi o corridos para un público en que conviven en partes iguales la clase media y los narcos. En realidad, solo desde hace poco tiempo los autos han vuelto a circular de noche y muchos negocios siguen cerrados. En 2009 casi ninguno estaba abierto, debido a la “cuota”, ese impuesto que se aplica en la calle; los narcos apretaron demasiado y numerosos bares ardieron en llamas, mientras otros bajaron de golpe la cortina en espera de tiempos mejores, esos que con parsimonia están volviendo. Ya no hay soldados en las esquinas ni retenes, como en 2010, aunque la policía federal sigue patrullando y los municipales circulan, así sea con solo dos pickups recargadas de agentes con casco, chaleco antibalas y rifles automáticos listos para disparar.

 

18 de noviembre. “¡Eliminado por una sicaria!” Para los romanos, el sicario era un terrorista judío que ocultaba su daga bajo la ropa; hoy, en México, es un asesino a sueldo que prefiere, como la homicida del hombre ultimado esta tarde en plena Avenida Juárez, un arma de fuego. Y a pesar de lo que reporta PM y de las sorprendentes agentas municipales ataviadas como Robocop, Ciudad Juárez es más célebre por sus muertas que por sus asesinas. Ha habido tantas, a partir de 1993, que fue necesario inventar una palabra para ese fenómeno: feminicidio. Roberto Bolaño le dedicó su último (y mejor) libro, 2666. Al cabo de algunos años, aparte de las organizaciones no gubernamentales que se abocan a la lucha contra la violencia de género o doméstica, ya no se habla mucho de ello. No es que se haya dejado de asesinar a mujeres, sino que hoy se asesina veinte o treinta veces más a hombres; durante las dos semanas que pasé en la ciudad, las únicas mujeres asesinadas lo fueron en pareja, un desafortunado daño colateral. En cambio, las mujeres siguen desapareciendo, aunque ya no es como antes, cuando se encontraban sus cuerpos en tiraderos de basura o terrenos baldíos. El centro de la ciudad está tapizado de letreros en que se pide ayuda para localizar a alguien, por doquier, en el poste más pequeño o en cualquier muro con espacio libre: “ESTEFANÍA HERNÁNDEZ GALLEGOS, 18 AÑOS, desaparecida el 14 de noviembre de 2011; MARISELA GONZÁLEZ VARGAS, 26 AÑOS, desparecida el 26 de mayo de 2011; ESMERALDA CASTILLO RINCÓN, 14 AÑOS: ayúdenos a encontrarla.” Todas estas víctimas se parecen: hijas de familias trabajadoras, “morenitas” –como se les dice–, habitantes de barrios pobres, empleadas de las maquiladoras o dedicadas a la prostitución, o ambas cosas. Las jovencitas de clase media, a menudo blancas o en cualquier caso de piel más clara –diga lo que diga la ideología oficial–, no salen de noche, y cuando lo hacen van en coche; mejor aún, si papá tiene dinero, viven del otro lado, en El Paso. Y como las desaparecidas casi nunca vuelven a la superficie, proliferan las teorías: se habla de trata de blancas (como si los burdeles mexicanos tuvieran problemas para reclutar voluntarias), de esclavitud contemporánea, todo salvo admitir que están muertas. Es el caso de Ricardo, un hombre apesadumbrado, demolido, que a la menor provocación empuña una pancarta para recordarle al mundo el destino de su hija Mónica, desaparecida el 26 de marzo de 2009 en el campus mismo de la Universidad de Juárez. Era una chica seria, bonita, buena estudiante, con pocos amigos. Los agentes hicieron lo acostumbrado, interrogaron a los amigos y a la familia, para luego asegurar que Mónica era una alcohólica, una drogadicta, y que se prostituía. “Es una investigación simulada –afirma el padre con voz monótona, resignada, perdida–. Ellos la victimizan pero no la buscan.” El Comité de Madres y Familiares con Hijas Desaparecidas, del que forma parte, ha documentado más de doscientas cincuenta desapariciones de mujeres en 2011, con una diaria durante la primera quincena de septiembre. “No tenemos idea de por qué o cómo”, continúa Ricardo. Hace más de año y medio, en parte por la crisis y en parte para buscar a su hija, renunció a su trabajo y, contra todo lo que a un extranjero le parece evidente, no pierde la esperanza. “Sigo creyendo que mi hija está viva. Intentamos presionar a las autoridades para que la encontraran. Intentamos también investigar nosotros mismos. Pero no tenemos recursos, ni siquiera para comprar un refresco.”

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Comentarios (5)

Mostrando 5 comentarios.

Es un relato que encoje al corazón, lamentablemente real, pero se vuelve más desgarrador al saber que no sólo en Cd. Juárez sucede esto, lamentablemente hay otros Estados del país que van por el mismo camino e incluso ya aventajan a Cd. Juárez, como es el caso del Estado de México, y uno siente la impotencia de no poder hacer nada en esta situación lamentable.

Qué ironía y digase lo que se diga....esto inició con el PAN. Lerdos tecnocratas neoliberales que se les dio un diamante y no supieron otra cosa que hacer con él mas que molerlo. Que depresivo es vivir en MX eh !

Antes era común que nos mandaran a hacer trabajo de campo a Ciudad Juarez en cuanto a investigación de mercados se refiere, hoy en día por el temor y la situación tan peligrosa nadie quiere voltear a ver hacia está parte del país.

Buenísimo, sùper sobrecogedor, desagarrador, explícito a más no poder. Ni hablar, así estamos en México.

Me gustó mucho el texto. Es duro pero al menos debería servir para tener empatía con los mexicanos del norte. Creo que hacerle llegar este texto -y cerciorárse que lo lea- a Calderón sería bueno. En el fondo, creo que este texto muestra lo vacío del discurso "del vamos ganando" en esta guerra que azotó nuestro país, y Cd. Juárez se llevó la peor parte. De nuevo, me gustó mucho el texto.

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