Advertencia al lector. Esto es nueva aproximación a un asunto del que ya me ocupé aquí, con gran acogida, supongo que por confirmar el refrán sobre las tetas y las carretas. Aquí va pues un nuevo espigado de tetas que me han saltado a la cara, como airbags amables, en lecturas recientes. En Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli, la narradora dice: “Siempre me pregunto si estas coincidencias, si es que se pueden llamar así, son señales que hay que tomarse en serio, o si es simplemente que nuestro cerebro está siempre más dispuesto a la repetición y la reiteración que a los eventos aislados”.
1. Yo era un encanto reúne un montón de artículos de Eve Babitz, escritora made in Los Ángeles, que fue también fotógrafa y portadista de discos; antes fue la chica de la foto en la que Duchamp mira concentrado un tablero de ajedrez, la partida a medias, sin hacer caso a la joven desnuda y de pechos enormes y firmes que es su contrincante, y a quien el pelo le tapa la cara. Lili Anolik ha escrito un libro contando a Babitz como complementario o némesis de Joan Didion. Y a la vez, PRH sacó ese volumen imponente con los textos de Babitz, sus artículos son ligeros y frescos y divertidísimos, incluso cuando cuenta su accidente –quemaduras de tercer grado– y la recuperación. En “Mi vida en un sujetador 95D o la obsesión americana” habla de tetas: “Cuando tenía quince años, compré, y llené, mi primer sujetador de la talla 95D. Desde ese momento, ningún hombre ha intentado ligar conmigo sin antes asegurarme, durante la primera hora, que él se fija más en las piernas. ¿¡Tetas!? ¡Pero si ni siquiera se había dado cuenta! La idea era que, si bien yo tenía esas tetas monumentales de la que tanto hablan los tíos en los vestuarios y que se exhiben en las portadas de las revistas, el no entendía por qué tanto alboroto. Él, en cambio, se había fijado discretamente en mis tobillos, mis rodillas y mis perfectamente moldeadas pantorrillas. Durante años me creía a esos hombres, lo que demuestra lo tonta que una puede llegar a ser cuando se lo propone. […] Por otro lado, siempre he sabido que, si realmente quería algo, solo tenía que inclinarme ligeramente hacia delante. De pronto, todo el mundo estaba muy interesado en saber qué era lo que quería, para cuándo lo quería y si podían conseguirme algo mejor”. Babitz siempre fue la de las tetas enormes, una frase genial de ella: “Yo antes era culo y tetas. Ahora soy artista”. Otro de los artículos lleva el elocuente título de “Perder peso me convirtió en una persona nueva: una novelista”, lo que nos lleva a la pregunta que Babitz escribió para Didion pero que no llegó a enviarle: ¿podría Didion ser Didion con las tetas de Babitz? (La pregunta no fue formulada así, pero la idea que subyace es esa).
2. Aclaración sobre las tallas de sujetador: el número hace referencia al contorno de la espalda, la letra se refiere a la copa, es decir, la teta. Empieza en A y cuanto más avanza en el abecedario, más grande es. Babitz era una 95D, ¡95D!, dije en la radio. “Yo llevo una E”, me respondió una aludida. Ni siquiera sabía que hay E, dije y pensé que al menos comparto con Didion eso.
3. Con la lectura fresca de estos artículos, pensé que se podría hacer un fanzinillo sobre el cine con fotogramas de tetas. Un poco de sociología. Canalillos y tetas.
4. Gente a cenar reúne más artículos de Nora Ephron; publica Asteroide y aunque siempre es un placer total leer a Ephron, quizá no habría estado mal una nota del editor que explicara por qué esos artículos juntos en un libro, etc., un poco de ropaje que despejara las sospechas de que lo que motiva la edición de ese libro es que Ephron vende. Muchos de los textos ahí reunidos tienen que ver con su oficio, el periodismo, a veces son lecciones, otras habla de revistas, etc. Hay un perfil de Helen Gurley Brown, fundadora de Cosmpolitan, que dirigió durante treinta años, hasta 1997. El perfil de Ephron es de 1970, la revista tenía entonces 5 años. Una de las máximas de Gurley Brown era: “Quiero que todos los artículos sean simples, infantiles”. Ephron deja que sea la propia Gurley Brown quien cuente el episodio del “artículo sobre cómo deberían tratar los pechos de las mujeres los hombres cuando hacen el amor”. Gurley Brown al habla: “Yo quería especificaciones técnicas. Qué les gusta a ellas y cómo se lo dicen a ellos y qué hacen ellos entonces y cómo se desenvuelven. […] Entonces me senté a escribir esa circular para las chicas de la oficina. Decidme qué pensáis de las tetas, les pedí”. La cosa acabó mal porque filtraron la circular y el moralismo asomó la patita: “la dirección no me permitió publicarlo. Les asustan los términos anatómicos. Pero es que cuando se habla de cómo tratar un pecho no se puede hablar de amor y de relaciones. Hay que hablar de anatomía. Hay que llamar a las cosas por su nombre. […] Lo leo de vez en cuando con cariño, como si fuera una carta de amor”.
5. Mi abuelo siempre contaba un chiste sobre una madre primeriza que acude al médico con su bebé. ¿Se agarra bien el niño al pecho?, pregunta el médico. ¡Como un adulto!, responde orgullosa la madre.