Coetzee, una oscuridad insondable

Un mal salvaje

J. M. Coetzee y F.M. Siccardi

Random House

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¿Es el racismo algo connatural al ser humano o se trata de una construcción cultural para justificar el abuso? Podemos suponer que los miembros de un grupo humano primitivo distinguían a los suyos de los de otros grupos. Se sabían diferentes a ellos, quizá mejores. Se defendían, si los invadían, acababan con ellos. Los seres humanos salieron de África y se dispersaron por la tierra. Los distintos lugares que los acogieron determinaron sus características físicas. Pelearon entre sí por los recursos escasos. Más tarde lucharon entre sí por sus creencias. Unos grupos invadían a otros para arrebatarles sus posesiones. Cada grupo humano se creía superior a los otros, por sus dioses o por sus armas. Mucho más tarde por el color de su piel.

Los seres humanos siempre han combatido a los diferentes. Forma parte de su naturaleza. Lo que es una construcción cultural es lo contrario: la fraternidad, la cooperación, el amor al prójimo, la solidaridad, la empatía, el cosmopolitismo.

El genocidio (actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso) no es un fenómeno nuevo en la historia humana. Los israelitas intentaron exterminar a los cananeos siguiendo órdenes divinas. La gran Atenas conquistó y ejecutó a la población masculina de Melos de acuerdo a la lógica de “el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe”. Roma aniquiló a los cartagineses. Hay teorías que indican que los neandertales fueron perseguidos y eliminados por los homo sapiens. Hasta nuestros días prevalece esa tentación destructiva. Recientemente, el hombre más poderoso de la tierra amenazó con acabar con una civilización entera.

La conciencia del horror que representa el genocidio es reciente. J. M. Coetzee afirma que el clima intelectual cambió cuando los alemanes fueron obligados a visitar los campos de concentración y las escenas recogidas en estos se exhibieron en documentales que detallaban la barbarie nazi. Por vez primera los europeos pudieron ver las consecuencias de un genocidio. En 1945 nació la conciencia de este crimen de lesa humanidad. Dos años después, en 1947, ocurrieron dos hechos trascendentales. El primero, la creación del Estado de Israel, un Estado que nació con el Holocausto (un genocidio) como mito fundacional. El segundo fue el establecimiento, en el marco de la ONU, de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. La idea era clara: no se volvería a tolerar que se persiguiera a un grupo minoritario por motivos étnicos, racionales o religiosos. Lo cual no quiere decir que se hayan acabado los genocidios.

Lo anterior viene a cuento por la aparición de Un mal salvaje, de J.M. Coetzee y F.M. Siccardi, en el cual abordan diferentes acciones genocidas –en la Patagonia, en Sudáfrica, en Namibia y en Australia– como resultado de la expansión colonial y, en el caso de Argentina, del establecimiento de su Estado nacional.

Este cambio de sensibilidad en nuestra época ha arrojado una extensa y densa sombra sobre el pasado de algunas naciones y sus procesos coloniales. Actualmente puede decirse que se ha extendido y es mayoritaria una visión crítica sobre el colonialismo y sus excesos. Vivimos, señala Coetzee, un momento de inversión fundamental de cómo pensábamos nuestro pasado, y de la relación de nuestro pasado con nuestro presente. Se ha vuelto urgente encontrar respuestas adecuadas a preguntas básicas: ¿cómo pudimos hacer eso?, ¿cómo pudimos tolerar que pasara?, ¿qué podemos hacer para enmendarlo? Podemos decir, claro, que no se puede hacer nada, que ya pasó mucho tiempo. Por eso Coetzee recuerda a Faulkner, quien escribió: “El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”. Siguen ocurriendo en nuestros días genocidios y masacres. No han desaparecido, ni hay señales de que en el futuro desaparezcan, los prejuicios raciales.

Un mal salvaje está compuesto por cuatro ensayos de Coetzee (dos sobre Sudáfrica: Karoo y El Cabo; uno sobre Namibia y otro sobre Australia), dos de Siccardi (sobre la Pampa y la Patagonia), un diálogo entre ambos y un breve texto de colofón escrito al alimón. El libro, como todos los de Coetzee, deja un regusto amargo, pero sin quejas, crítico y autocrítico. Reconoce la dificultad de tratar el tema de la crueldad de los colonizadores sudafricanos porque estos fueron sus antepasados y él de alguna manera fue beneficiario del bienestar producto de la colonización.

A diferencia de lo que expone Siccardi sobre Argentina, los textos de Coetzee están sembrados de dudas. ¿Qué derecho tengo de juzgar estos hechos? ¿Puedo juzgar el pasado con los puntos de vista del presente?¿No les corresponde a las víctimas buscar justicia y no a mí? A pesar de sus dudas, Coetzee es claro en su condena. Claro y durísimo, como suele ser Coetzee, que gusta de escarbar en las heridas. Respecto a la crueldad de sus ancestros, “me encuentro en una posición moral y psicológicamente conflictiva”. No me identifico con ellos, dice. Se tiende a romantizar a los san y a los khoi, los grupos aborígenes exterminados por los colonizadores sudafricanos. Se les ve como “una rama mejor, más sencilla y más bella de la humanidad”. No vivían en un tiempo histórico sino mítico. Su desaparición, señala Coetzee, “me provoca una tristeza profunda”. Cuando piensa que sus ancestros destruyeron esas culturas, “no siento más que repulsión”. “No puedo comprenderlos”. “No puedo perdonarlos”. “Los veo como personas malvadas. Los veo como agentes del demonio”.

Y no es para menos. Coetzee detalla el proceso de colonización en Sudáfrica. Los primeros europeos en el Cabo no llegaron a asentarse. Crearon en principio un centro de abastecimiento para los barcos que viajaban a la India. Con el tiempo fue creciendo el asentamiento. Arribaron colonos holandeses. Comenzaron a criar vacas y ovejas. Para el pastoreo de los animales fueron expandiéndose, invadiendo y apropiándose de la tierra de los aborígenes. Comenzaron los conflictos. Crearon escuadrones de la muerte para aniquilar a las tribus. En el siglo XIX llegaron los colonos ingleses. Debido a la Revolución industrial la demanda de lana creció exponencialmente. Los ingleses prohibieron la esclavitud en la colonia, por lo que a los hombres los mataban mientras que a las mujeres las empleaban de sirvientas y a los niños los destinaban como apoyo en las estancias. Coetzee señala que estas dos políticas, el exterminio directo y la separación de mujeres y niños (para integrarlos a “la civilización”), tenían el mismo efecto genocida: la extinción de las poblaciones de aborígenes. A los hombres, a balazos. A las mujeres y niños, mediante la segregación, al mantenerlos lejos de los hombres cancelaban la posible descendencia. El rifle y la cruz fueron instrumentos del genocidio. Amparados en la ideología del progreso, exterminaron a pueblos enteros.

Un proceso semejante al que ocurrió en Sudáfrica en el siglo XVII se vivió en Namibia (a manos de colonos alemanes) y en Australia (a manos de los británicos) en el siglo XIX. Los aborígenes morían por efecto de las balas, por las enfermedades europeas, por el alcohol que los colonizadores inducían, el hambre o la desesperación. En suma, “por la decisión tomada en Inglaterra de plantar la bandera británica y abrir nuevos terrenos a la colonización”.

Presenta muchas similitudes el genocidio en Australia, Namibia y Sudáfrica con el que se llevó a cabo a finales del siglo XIX en la Patagonia, obra del gobierno argentino presidido por Julio A. Roca. Los políticos argentinos suelen decir que “los mexicanos descienden de los aztecas y los argentinos, de los barcos”. Como si a la llegada de los migrantes europeos no hubiera cientos de miles de aborígenes locales. Borges mismo, que por momentos no disimula su racismo, dice que no había mucha población en la pampa. Lo cierto es que sí había. A lo largo del siglo XIX los migrantes europeos que se habían asentado al norte de Buenos Aires llegaron a varios acuerdos de convivencia y comercio con los indígenas que vivían al sur. Juan Manuel Rosas firmó varios tratados con ellos de cooperación, seguridad y convivencia. Pero a finales del siglo XIX todo cambió. Los acuerdos fueron traicionados. El presidente Roca planteó entonces “la solución final al problema de los indios”. Inició propiamente el genocidio de los aborígenes, con el fin de apoderarse de gigantescas extensiones de tierra que prácticamente duplicaron el tamaño del país.

Las conclusiones a las que llega Siccardi son terribles. Para “blanquear” al país, el gobierno argentino cometió genocidio contra los aborígenes patagónicos. A cambio de apoyo financiero para su movimiento político, Roca cedió enormes extensiones de tierras a los terratenientes para que estos pudieran aumentar su capacidad agrícola (Argentina se convirtió en “el granero del mundo”) y ganadera (surtió de carne a Europa durante la Primera guerra mundial). A principios del siglo XX, Argentina fue uno de los países más ricos del mundo, lo que no se dice es que esa riqueza estaba cimentada en el genocidio de sus aborígenes. Aún hoy hay quien niega esa herencia indígena, a pesar de que pervive en la genética argentina.

El proceso que refiere Siccardi es atroz. La ocupación argentina de la pampa produjo matanzas, violaciones, saqueos, internamientos en campos de concentración, servidumbre involuntaria de mujeres y niños, invisibilización de la parte indígena “bajo la ficción de una Argentina blanca, sin indios”.

Todo proceso de colonización es violento por naturaleza. A un territorio ocupado por decenas o cientos de miles de indígenas originarios llega un grupo humano de otro continente, se apropia de los territorios, masacra a los hombres y esclaviza a las mujeres y a los niños. Antes de hacerlo, los deshumaniza. A través de la literatura, las artes y la prensa los reduce a una condición de salvajes. “Siempre es más fácil cometer crímenes de lesa humanidad en contra de víctimas que han sido despojadas de su condición humana”, señala Siccardi.

Un mal salvaje contiene una tremenda acusación en contra de los procesos de colonización y en contra de la expansión amparada en la ideología del progreso. Detallan Coetzee y Siccardi crímenes de una oscuridad insondable.

Coetzee, en uno de los mejores momentos de este libro, ensaya una especie de debate imaginario entre él y los perpetradores del genocidio contra los aborígenes sudafricanos. “Los actos que a ustedes en el siglo XXI les parecen terribles a nosotros en el siglo XIX nos parecían distintos”, le dicen. A lo que Coetzee les responde: “la moral no es relativa. Cuando mataron a hombres desarmados, cuando violaron a sus mujeres y esclavizaron a sus hijos, sabían que estaban cometiendo un crimen”. Y le contestan: “Éramos la vanguardia de un movimiento de la civilización occidental, debíamos colonizar el desierto, volverlo productivo, tienes que comprender, ser empático”.

Un mal salvaje es un libro polémico, por momentos muy difícil de leer por las atrocidades que cuenta. Abre muchas interrogantes. Plantea muchas discusiones morales que se podrían tener sobre México, por ejemplo. Coetzee se niega a ser juez. Pero no puede perdonar a los suyos, a sus ancestros.

En Sudáfrica hace décadas un partido de hombres negros ganó democráticamente las elecciones y ahora mismo detenta el poder. Se celebraron juicios y se emitieron condenas. Alemania pidió perdón por las atrocidades que cometió en Namibia. Luego del derrumbe de la dictadura, la Constitución argentina reconoce ahora el derecho de los pueblos originarios. En Australia se reconoció recientemente el genocidio de los aborígenes pero no pasó nada, no hubo ningún tipo de reparación del daño.

“El pasado nunca está muerto”, escribió Faulkner. Un mal salvaje conecta los traumas del pasado con problemas vigentes del presente: la discriminación, la marginación y el racismo. El pasado ni siquiera es pasado. ~


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