Los logócratas, de George Steiner

AÑADIR A FAVORITOS

A
George Steiner le gustaría ser recordado como “un buen
maestro de lectura”, y algunos lectores ya lo leemos como tal sin
olvidar que la complejidad de su obra es mayor, pues se ha ocupado
sobre la posibilidad (o no) del estatuto metafísico de la
obra, de aspectos ideológicos vinculados con la crítica,
el papel del intelectual en nuestro difícil siglo XX, la
teoría de la traducción, el sentido (teleología)
de la cultura, etcétera. Aunque, sí, quizás en
el recuerdo, es decir, desde otro tiempo, se vuelva a él como
un gran maestro de lectura, porque ésa es su gran pasión:
la literatura, la lectura, y de ella nos ha dado buena cuenta al
escribir sobre Tolstoi, Dostoievski, los trágicos griegos,
Jane Austen, Thomas Mann y tantos otros.

En
los ensayos y entrevistas recogidos en Los
logócratas
, Steiner vuelve sobre sus viejos temas
con la pasión que siempre le ha caracterizado. Hay matices que
el estudioso de su obra recogerá, pero a mí me importa
más referirme a la defensa de la literatura que hay a lo largo
de estas páginas, al hecho literario y las peculiaridades de
su realidad. De la literatura y de la lectura, del lector, esa figura
en crisis, no tanto porque se lea menos como porque no se sabe lo que
se lee. A diferencia de muchos otros teóricos modernos
(piénsese en los deconstructivistas, por ejemplo), Steiner
afirma que “los mejores actos de lectura son actos de inconclusión,
actos de intuición fragmentaria”, porque la obra siempre
estará más allá de toda paráfrasis.
Imagino a muchos críticos y profesores, para los que las
novelas y poemas se han convertido en un pretexto, alarmados al leer
la siguiente confesión de Steiner: “un libro que merezca
vivir es el acto de una voz, el acto de una pasión, de una
persona”.

En
George Steiner hay una crítica continuada del ruido cultural,
si es que ambas palabras pueden unirse sin que se devoren mutuamente.
Hay, digámoslo con otras palabras, un ruido enmascarado de
cultura, que es usado por la voracidad de los medios y su no menos
voraz economía y que, más allá de sus resortes,
se mueve con legitimidad por los circuitos culturales. Como tantos
defensores de la “gran cultura”, que es por necesidad
antidemocrática (y se aleja de los conceptos masivos de la
sociología) porque excluye más que incluye, Steiner
tiene una visión pesimista de nuestro mundo editorial y de su
universo de lectores. “No estoy seguro –afirma– de que un
Proust, un Musil, un Broch, un Faulkner tengan aunque sólo sea
la sombra de una oportunidad”. Sospecha incluso –quizás
exagerando– que un escritor actual no se concederá el tiempo
suficiente para escribir una obra de dichas características.
Ni el lector aceptará un desafío como el que supone la
lectura –nueva, no leída en cierta medida por el tiempo–
de obras que nos ofrecen resistencia. Esto no quiere decir, como
algunos distraídos creen, que sólo importa la
literatura “seria”. No. El mismo Steiner es un apasionado lector
de George Simenon, que también fue muy leído y admirado
por un escritor de refinada cultura como André Gide. Y no creo
que haya en Simenon ninguna resistencia, pero sí un arte de
narrar aquilatado. En toda obra que importa hay, según
Steiner, y según Borges, una paciencia implícita
notable. En cambio las obras impacientes saben que tienen que ser
leídas ahora, ahora, porque no tienen mañana. Esos
libros efímeros y oportunistas, son, según Steiner, los
que “pueden ser plenamente comprendidos”. “Son los únicos
cuyo significado potencial se puede agotar”. En cambio, esos otros
libros que no están escritos para el ahora (ni, en verdad,
para el mañana), tienen algo que a veces llamamos dificultad,
son difíciles porque son excelentes (como al parecer dijo
Spinoza). Toda obra verdadera es difícil porque supone un
riesgo para el lector. Y, por lo que entiendo en Steiner, la
dificultad es irresoluble porque la aventura no terminará
jamás; Antígona o el poema de Celan no son el pretexto
de nada, sino, por el contrario, el lugar. Aunque –y de aquí
entran las disquisiciones estético-teológicas de
Steiner– hablamos de obras roídas por la semántica.
No es música (para Levi-Strauss el “misterio supremo de todo
conocimiento humano” es “la invención de la melodía”):
los poemas, cuentos y novelas memorables están hechos con las
mismas palabras que usamos para orientar a alguien en la calle o
explicar una receta de cocina. La obra estética está
llena de notas a pie de página: son nuestras lecturas, los
diálogos y monólogos que nos traemos acerca de ella, es
decir, de nosotros leyendo.

En
cuanto al término, logócratas
(al-go feo), que da título a la obra, Steiner lo usa para
referirse a escritores como De Maistre, Heidegger o Boutang, para los
que el logos
precede al hombre y por lo tanto su sentido está en un más
allá, de acceso esotérico, iniciático, oscuro.
El origen divino del lenguaje supone, en ellos, una exploración
del secreto último cuya manifestación, sin embargo,
encarnamos todos, sin que a veces no sea vista esta hipóstasis
por parte de los logócratas como una intrusión. Aquello
que dice el lenguaje (en su sentido trascendente) suele ser oído
por el rapsoda, por el poeta, por el filósofo del ser, aquel
que se aleja –por decirlo por mi cuenta– del ruido de la
fenomenología y trata de oír lo que permanece. Ninguno
de los escritores que trata en el ensayo que le dedica han sido
demócratas. Con Pierre Boutang –monarquista intransigente y
entusiasta del gobierno de Vichy– autor de un conocido ensayo,
Ontología del secreto
(1973), una obra admirada intensamente por Steiner, mantuvo nuestro
autor un apasionado diálogo sobre el mito de Antígona y
el sacrificio de Abraham. Boutang afirma que la dimensión
metafórica de la percepción y la enunciación,
así como de la analogía misma extraen su validez última
del secreto que subyace en el lenguaje. Naturalmente, el argumento
ontológico, la existencia de Dios, es lo que otorga
legitimidad, cohesión y sentido a la analogía. Steiner
no ha dejado nunca de dialogar con estos extremos que, literalmente,
lo tocan y a veces lo desgarran. Pero se aparta de estos indagadores
del ser que, como Heidegger, acaban exaltando una noción del
lenguaje en el cual el hombre sería un vehículo, y por
lo tanto se habla a sí mismo a través de nosotros.
Steiner combate un “in-humanismo” de cuyas versiones
autoritarias, en lo social, el siglo XX ha sido rico en ejemplos. Y
vuelve este escritor, tan marcado por la idea y experiencia del
diálogo, es decir, tan lejos de los logócratas, a
relacionar esta tendencia a la deshumanización
(“in-humanismo”, estructuralismo, lingüística
generativa) con ciertas tendencias de política radical o
autoritaria. ~

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: