La serenidad vigente

Desfila La Habana

Antonio José Ponte

Tusquets

Ciudad de México, 2026, 304 pp

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SEBASTIÁN: ¡Qué sopor tan extraño los domina!
ANTONIO: Es el carácter del lugar.
SEBASTIÁN: ¿Y por qué no cierra nuestros párpados?
Yo ganas de dormir no tengo.
ANTONIO: Ni yo. Mi mente está muy despierta.
Ellos se han dormido a una, como por consenso,
como tumbados por un rayo.

Shakespeare, La tempestad

Durante algunos años, especialmente en los meses de redacción de mi tesis de maestría, cargué todos los días en la mochila un libro que –creía– iba a cambiar por siempre la visión que sobre los modos de imaginar la ciudad tenía el departamento de estudios donde era, a la vez, becario y estudiante. Lo había comprado por su peso en oro, en Quito. Leía el libro y lo releía y no lo subrayaba porque lo atesoré y porque su tapa me parecía enigmática y afortunada. Convencí a unos pocos de su valor e incluso conseguí fondos institucionales para fotocopiarlo y ponerlo a disposición del profesorado. Nunca nadie me dijo nada.

Años después, encontré otro ejemplar en una barata de la Ciudad de México. Terminó acumulando polvo en la casa de quien lo recibió prestado, hasta que un día, al revisar su estante y descubrirlo nuevamente, me deshice en ditirambos. El señalador se había quedado en la página 24. Había pasado al menos un lustro desde que lo dejé en esas manos y yo mismo olvidé que era el propietario y el gentil aconsejador de un texto de improbables –si no inexistentes– lectores.

Así me fue con La fiesta vigilada (2007), de Antonio José Ponte, leída al alimón con otro libro raro, quizá más raro, rarísimo: Rex (2007), del también cubano José Manuel Prieto. Esta vez no le dije a nadie que leyera esa novela de argumento elusivo –yo mismo no estaba seguro de su valía–, pero fui procurándome otras obras de esos dos cubanos exiliados, escritores que parecían publicar fuera no ya de su literatura, sino de sus propios tiempos. Ponte escaso, elíptico, casi austero; Prieto brumoso, las más de las veces extranjero dentro de su propia narración.

Lo cierto es que ambos fueron las dos columnas sobre las que se asentó mi conocimiento de la literatura contemporánea de ese país. Mi dividida biblioteca cumplió con hospedar sus libros y el apego devoto que les tengo está atravesado, además, por una paradoja: nunca conseguí Mariposas nocturnas del imperio ruso, novela leída de modo atropellado y fragmentario y a la que –maravillado por haberla tenido prestada solo un par de días– consideré el texto central de esa poética que bombardea el barroco con palabras contadas.

Si de Prieto me gustaba lo raro, entendido como la saturación del concepto frente al acontecimiento, de Ponte admiré la economía del concepto mismo. Las menciones a los teóricos con que pensaba las ruinas de La Habana me parecían acotadas y poco invasivas, como si se hubiese dado cuenta de que hoy asistimos al relegamiento de la literatura o a su sola explicación desde teorías inanes. Había que buscar largo y tendido para encontrar en la vorágine de palabras de la que presume la literatura cubana un estilo más parco, menos febril. Y eso vale para la serenidad de La fiesta vigilada como para sus otros textos, incluyendo los ensayos o narraciones que se han publicado con los títulos de Un seguidor de Montaigne mira La Habana/Las comidas profundas (2001), El libro perdido de los origenistas (2004) o Un arte de hacer ruinas y otros cuentos (2005), todos artificios más o menos modestos en extensión.

Hacia 2018 entrevisté a Ponte en Madrid, donde nos encontramos dos o tres veces y me habló de un libro sobre Cuba que tenía como centro La tempestad. No creo que lo haya publicado. Hablaba extensamente de su proyecto –y de otros que ya olvidé– con un ancla porfiada en su país, al que explicaría mediante un romance escrito más de cuatro siglos antes.

Todo ello ya me habría bastado: quiero decir que sus libros de prosa exigua, más el entusiasmo –por conmovedor no menos erudito– por explicar su república tropical a partir de un Calibán que corrigiera a Fernández Retamar, me parecían señales suficientes del talento extraordinario de Ponte, quien podía ser menos conocido que muchos de sus coetáneos y casi invisible al lado de los próceres del mito de excepcionalidad de su literatura. Había en su búsqueda no solamente el propósito de impugnación de la imagen más divulgada de las letras cubanas, sino también de plantear una obra casi física, casi tangible: una que opera como sinécdoque de la paupérrima vida material de su país.

Algo de eso cambió –o precisaría de matices– después de leer Desfila La Habana, su última novela. No es que Ponte haya echado a la basura su apuesta por la concisión, pero es casi inverosímil encontrarse con una ficción de género –la tomaré como tal porque no sé con certeza qué acontecimientos de su narración son reales– dentro de su obra más bien tímida: la novela es un thriller caribeño de casi trescientas páginas. Y aunque el trazo es menos cuidadoso que en textos anteriores –por momentos los nombres se repiten en el mismo párrafo y hay un cierto abuso de las pausas marcadas por los puntos y aparte–, el libro se sostiene, y tanto.

Desfila La Habana transcurre en una época frecuentemente revisada: el año o los meses previos a la toma de Cuba por parte de la guerrilla castrista. Epicentro del juego, la prostitución y la impunidad, la capital se enorgullece de ser uno de los más fascinantes lugares en el mundo. No muy lejos vive Hemingway –obsesionado en esta narración por refrendarse como el mejor novelista de su época–, los salones están atiborrados de espías, sospechosos y negociantes, y la ciudad ostenta una vida social y cultural que ya quisieran para sí las capitales europeas. Es en este ambiente que inicia la novela: en medio de una reunión desangelada que la editorial londinense Jonathan Cape ha organizado para sus autores de segunda fila, el creador de James Bond, Ian Fleming, le ofrece al cronista de viajes Norman Lewis una temporada pagada en la ciudad a cambio de información sobre el verdadero músculo de los barbados atrincherados en la sierra.

Lewis no se lo piensa y se instala en un hotel céntrico. Se encuentra con gente del New York Times y con Ted Scott, quien trabaja para el periódico y dirige, a la vez, el Havana Post. De modo paralelo, hay otro misterio por resolverse: dos editores de una revistucha local son requeridos para conseguir y vender desnudos fotográficos de la bellísima Ava Gardner, quien al abrirse la mañana nada sin ropa en la propiedad de Hemingway.

Ponte ha visto buen cine: los párrafos con gancho son breves –algunos de una sola oración–; los diálogos, misteriosos; y sus personajes, elegantes y dubitativos. Le resulta la superposición de planos heterogéneos: negociaciones entre los mafiosos de la Florida, chismes cortados de quienes regentan los magníficos hoteles capitalinos, y las dudas y cuidados de ese par de ganapanes habaneros, asistidos por una secretaria astuta e impertinente, consejera en el arte de sacar la mayor tajada de las demoradas imágenes de la actriz.

No conviene omitir las páginas donde aparece por vez primera Meyer Lansky, quien fuera la cabeza de la mafia judía estadounidense y residente por años en la ciudad. Silencioso y estratégico, sensible, enamorado de Cuba –donde esconde una amante–, Lansky es retratado como un excéntrico: los paseos en un auto cualquiera con su chofer por el malecón, donde se apea para mirar el agua y recibir la brisa de la alta noche, son quizá las más logradas escenas de todo el libro. Lansky mira y mira, y callado resume toda la violencia y las expectativas contenidas –toda la presión del mundo en la capital de un país periférico–, que meses más tarde estallarían con la llegada de los guerrilleros a La Habana.

¿Cuál es el ánimo que domina las páginas que ha escrito Ponte? El mismo que el resto de sus libros: un poso de abatimiento en la arqueología de una ciudad de la que ahora no hay sino cáscaras. Algo de lo que fue ese lugar reaparece en la recreación de sus años más canallas y fascinantes, parece pensar. ¿Cuál es el carácter último del lugar vencido, cuál es la composición de la nostalgia que proyectan esos antiguos fastos habaneros? Tal vez solo Ponte lo sepa: viva donde viva, no pega ojo por causa de la ciudad que le fue arrebatada. A diferencia de la demagogia, que hace del novelista una especie de Indiana Jones de los argumentos de sus sucesivas escrituras, lleva publicando piezas de un solo andamio que ojalá no llegue a completarse jamás. ~


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