Tengo miedo de que un día me pase como a Hulk Hogan en su Celebrities: se me aparecerán algunos de mis colegas reseñistas y me dirán que todo trola, que no había que leerse los libros y yo, con la mirada perdida un par de segundos, les diré que ya me lo podían haber dicho antes, cabrones. Pensaré un par de segundos en mis horas robadas al sueño, etc. Me siento así cuando leo piezas de mis colegas, o bien porque hablan del libro con una seguridad tan aplastante como palmaria superficialidad, bien porque siento que han llegado a las 100 primeras páginas del libro y ya, quizá para no verse en la tentación del spoiler, quién sabe. Muchas otras veces, leyendo a algunos colegas, descubro una lectura inteligente, una interpretación original e inteligente, un trabajo impecable. Pero no es raro dar con piezas presuntamente críticas en las que se dedican apenas unas líneas al libro: todo lo demás se podría decir sin haberlo abierto. Y no es que una reseña tenga que ser una demostración de que se ha leído el libro, aunque no estaría de más. Ahora es cada vez más fácil no leer, de hecho, leer algunos libros defendidos como las grandes apuestas te lleva a la melancolía: bien porque te parecen muy malos –se abren entonces dos opciones, o ser el aguafiestas o hacerte el loco–, bien porque descubres que podías haber hecho el trabajo –escribir las 400-600 palabras correspondientes– solo con el material del dosier de prensa, cada vez los hacen mejor, más completos, hasta con las citas ya seleccionadas. Sobre esto de ser el aguafiestas escribe Dubravka Ugresić ahora no recuerdo en cuál de sus estupendos libros. Diría que va en el cargo.
El reseñismo se ha ido acercando más y más al publicismo y alejándose de la crítica. Es decir, ya no se habla tanto de literatura en las piezas como de los temas del libro en cuestión, o de asuntos extraliterarios y de contexto, muchas veces muy interesantes y pertinentes. Los medios tradicionales ya no tienen el monopolio de la prescripción, comparten y compiten casi con cualquiera que tenga ganas y tiempo, ¡el canal está al alcance de cualquiera! Eso complica las cosas porque la gente se pone nerviosa, ahora, todo el mundo sabe que no sirve para nada una reseña en cualquier suplemento de periódico nacional; bueno, sirve para ponerlo en redes y para que la madre presuma, quiero decir que no mueve stock. Ahora lo que se necesitan son piezas y piezas, impactos del libro por tierra, mar y aire (radio, televisión, entrevistas), eso sí fabrica éxitos. Y piezas donde se diga que el libro es un éxito incluso antes de que sea un hecho. El modo de ayudar a las ventas de un libro es convertirlo en eventos, y a veces, ni así, porque luego el mercado y los compradores de libros son caprichosos. Hay una cocina que a veces parece que se hace un poco por inercia. Si el libro es un acontecimiento, no hace falta hablar de literatura –lo mismo puede decirse de las películas, por supuesto–. Es perfectamente comprensible que un editor (todos los editores) quieran que sus libros sean acontecimientos, como escribió Jorge Burón, “El problema es que el sistema literario al completo acepte, calle e incluso celebre esta mercantilización de la literatura.”
El viraje del reseñismo hacia el escaparatismo se explica también porque es un modo de no mojarse, de no granjearse enemigos porque así se logra atravesar el río sin que salpique; lo de nadar y guardar la ropa. Porque luego queremos ir a las fiestas y que nadie nos dé un puñetazo. La conversación de opiniones opuestas exige una madurez y una seguridad en el propio trabajo a la que es complicado llegar. No ayuda la identificación y confusión de la obra con el autor, es prácticamente imposible, por ejemplo, leer los cuentos de Angélica Liddell sin tener una opinión previa sobre ella. Y en el caso de los libros terapéuticos resulta imposible criticarlos sin sentirte un poco cruel por no empatizar con el sufrimiento de quien escribe. (Para la rentrée tenemos más de eso, porque seguimos con la senda de los libros de superación colados como literarios bajo el ropaje de sellos que solían serlo.)
Otras veces sucede que hay libros bienintencionados cuyo éxito de público se usa como argumento de calidad literaria, cuando no son más que populismo sentimental (estoy pensando en Delphine de Vigan, feliz y exitosamente atrapada en una espiral cursi que espero que disfrute). Y entonces, ante el apabullante éxito de libros flojos, cursis, con tufillo a autoayuda, se duda entre la pataleta (¡Va desnudo! ¡El emperador va desnudo!) y la condescendencia: bueno, mejor eso que nada. Empiezo a dudar de que eso sea verdad, nunca será nada, siempre habrá algo y quizá sea un algo mejor.