Escena de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, de Jane Schoenbrun.

El plato fuerte del festival de Guanajuato

En la selección del GIFF 2026 destaca “Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma”, de Jane Schoenbrun, una mirada al cine de terror sangriento en clave onírica y queer.
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El Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF para los cuates) inauguró su emisión número 29 en la capital del estado, en Guanajuato, el pasado viernes 24 y, desde el miércoles 29 ha continuado, para finalizar el próximo domingo, en la más atractiva y emblemática de sus sedes, San Miguel Allende.

Desde su creación, a fines del siglo pasado, el GIFF ha evolucionado para convertirse, al lado de Guadalajara y Morelia, en uno de los festivales claves para medirle el pulso a la producción del cine nacional a través de su sección oficial competitiva mexicana, que en esta ocasión contó con 14 largometrajes. Se trata del plato fuerte de la programación, aunque con el paso del tiempo el festival se ha ido expandiendo de manera notable hacia otros intereses, sin descuidar su objetivo primordial y su origen mismo.

Me refiero a que, en los últimos años, el GIFF ha programado, en secciones paralelas, competitivas o no, algunos filmes internacionales más que notables que, seguramente, se podrán ver luego en alguna muestra o foro de la Cineteca o, incluso, en algunas salas comerciales. Al mismo tiempo, la curaduría del GIFF suele presentar algunas películas que difícilmente podrán verse en otro lado, a no ser en otro festival o en alguna plataforma especializada.

Este es el caso de la sección competitiva de largometraje documental, en donde aparecen filmes como Heat (Suiza, 2026), de Jacqueline Zünd, y Du soleil et du plomb (Marruecos-Bélgica-Francia, 2026), de Jerôme le Maire, programados en el pasado Visions du Réel y ya reseñados en este mismo espacio. Se trata de dos espléndidas cintas desérticas documentales que fusionan la exploración etnográfica con la reflexión social y política, más allá de la necesaria denuncia.

En el otro extremo temático, hay otros dos filmes documentales en competencia en esta misma sección en el que el escenario está calculadoramente restringido. En Dream of another summer (España-Líbano, 2026), ópera prima de Irene Bartolomé, cinta ganadora del NEXT:WAVE Award en el pasado festival danés de cine documental CPH:DOX 2026, una española regresa a vivir a Beirut. Nunca la vemos pero sí escuchamos los mensajes que le deja su madre, su amante, la persona que le está rentando el departamento en el que vive y hasta los de un ingeniero especialista en construcción que le informa de las consecuencias, en ciertos silos de la ciudad, de una explosión que acaba de suceder en esa ciudad bajo permanente asedio. No se trata de un documental tradicional sino de una poética cinta de no ficción realizada a través de una mirada tan elusiva como evocativa no solo de la ciudad sino de un estado de ánimo.

En un terreo aún más personal, en Paikar(Afganistán-Países Bajos, 2025), del cineasta afgano-holandés Dawood Hilmandi, estamos ante un filme documental no solo autobiográfico sino, de alguna manera, autoterapéutico. Y es que el “paikar” del título –que significa guerrero en afgano– es el propio director de la película, quien regresa a visitar a su padre afgano refugiado en Irán, para tratar de arreglar asuntos pendientes con él.

La relación de Dawood y sus otros seis hermanos –uno de ellos recientemente fallecido– con el siempre muy serio y solemne “Baba” nunca ha sido fácil. El hombre, en su juventud, fue un valiente guerrillero anticomunista que después rompió drásticamente toda relación con los líderes talibanes. Ya refugiado en Irán con familia e hijos, el patriarca de la familia Hilmandi se transformó en un respetado clérigo e intelectual que nunca demostró amor a su mujer ni a ninguno de sus hijos, acaso porque nunca supo cómo hacerlo. Se trata, pues, de un sensible y reflexivo filme documental sobre las heridas familiares que se abren para no cerrarse jamás por completo.

Pero el mejor filme de los programados –por lo menos entre los que he podido ver al escribir estas líneas– se encuentra en la competencia de Largometraje Internacional. Me refiero a Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage sex and death at Miasma Camp, E.U. – Canadá, 2026) cuarto largometraje de la consolidada cineasta no binaria Jane Schoenbrun (Todos vamos a la feria del mundo [2021], Vi el brillo del televisor [2024]). De hecho, el más reciente filme de Schoenbrun no solo califica, desde mi trinchera, como el mejor de los programados en el GIFF sino, de hecho, como una de las mejores cintas del año y, sin duda, la más inventiva de las que he visto en este 2026: haga de cuenta que el David Lynch de Mullholland Dr. (1999) hubiera hecho su propia versión de Viernes 13 (Cunningham, 1980).

Presentada en la sección Una cierta mirada en Cannes 2026 –en donde ganó, por cierto, la Palma Queer–, Adolescencia, sexo y muerte… está centrada en el encuentro de la joven cineasta lesbiana con pronombre “elle” Kris Williams (Hannah Einbinder) y la olvidada diva del cine slasher Billy Presley (Gillian Anderson, conscientemente sobreactuada), quienes pasan unos días juntas cuando la joven directora alabada en Sundance visita a la excéntrica actriz sesentona, quien vive recluida en un antiguo set cinematográfico que ha convertido en su hogar. La razón del encuentro es que a Kris le ha sido asignado por algún estudio hollywoodense el redituable proyecto de revivir y renovar una antigua franquicia de cine de horror, y la tímida directora quiere convencer a la inaccesible Billy, la protagonista de la primera película, de aparecer en el susodicho reboot, aunque sea en un cameo.

Mencioné el nombre de David Lynch con referencia al tono narrativo del filme, que a ratos parece un sueño envuelto en otro sueño. En realidad, el guion escrito por la misma directora no esconde ninguna de sus otras muchas influencias e inspiraciones: las citas a Psicosis(Hitchcock, 1960) o a Halloween (Carpenter, 1978) son directas, mientras que el homenaje/saqueo de ciertas escenas clave de, digamos, el cine de Wes Craven o de la saga ya mencionada de Viernes 13 tampoco son precisamente sutiles, ni pretenden serlo. Lo interesante del planteamiento argumental y de la propia ejecución formal de Schoenbrun, bien apoyada por la puesta en imágenes ochentera del cinefotógrafo Eric Yue, radica en la manera en la que la cineasta se ha apropiado de todas esas referencias, tics y convenciones genéricas para entregar un filme que trasciende, con mucho, el mero juego metacinematográfico.

Kris es un arquetipo de la generación Z. Es socialmente torpe, con más vida frente a una pantalla que fuera de ella y sexualmente insegura, por más que le confiese a Billy que está en una relación poliamorosa que, en realidad, no disfruta mucho porque nunca ha podido entregarse por completo en ningún encuentro sexual. Por el contrario, la diva interpretada por Anderson está en las antípodas: se trata de otro arquetipo, el de la mujer madura segura de sí misma, una actriz que sabe que sigue siendo un auténtico símbolo sexual, con esa mirada penetrante y ese acento sureño ronroneante, como si se tratara de la versión avejentada de cualquier femme fatale de film noir –o, si se quiere, una Jessica Rabbit de carne y hueso.

Adolescencia, sexo y muerte… avanza en dos vías paralelas. Por un lado, la historia de amor y seducción lésbica que se desarrolla frente a nuestros ojos –que es también la historia del despertar erótico de la ñoñísima Kris (¿alter ego de la propia directora?)– y, por el otro, la sesuda, lúcida y lúdica reflexión sobre el tipo de vida que construimos frente a las pantallas, un tema que Schoenbrun ha estado desarrollando en todo su cine.

De esta manera, la atracción sexual que siente Kris por Billy se alterna y hasta se explica por la misma saga slasher que ella quiere revivir, esa problemática franquicia de horror en el que un asesino inmortal transgénero apodado “Muerte chiquita”, con una larga lanza fálica y escondido tras un ridículo casco en forma de respiradero, emerge de las profundidades de un lago, en el Campamento Miasma del título, para escabecharse a todos los chamacos jariosos que andan practicando el sexo, seguro o inseguro, como lo marca el cliché de este tipo de cine. La realidad de esos días definitorios en los que Kris y Billy se conocen –en todo el sentido del término– se funde y se confunde con el slasher ochentero original –vemos escenas de esa película dentro de esta película– para luego desdoblarse en otra dimensión más en la que ya resulta imposible saber qué es lo que estamos viendo.

Aunque tampoco importa, la verdad sea dicha. La ambigüedad narrativa de esta obra mayor de Schoenbrun está fríamente calculada para hacernos pensar y gozar al mismo tiempo. Para que nos dejemos llevar por ese (dizque) cine basura que no es más que “carne y fluidos” aunque, al mismo tiempo, pueda ser tan cerebral como esa primera película de Kris tan alabada en Sundance, que era una especie de revisión de la escena de la ducha de Psicosis, solo que contada desde el punto de vista de la cortina. Algo así es Adolescencia, sexo y muerte en Campamente Miasma. Nomás que nosotros somos la cortina. ~


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