Batallas televisivas: Twin Peaks Vs. The X-Files

El tercer round: la extraña serie de David Lynch contra la legendaria serie de ciencia ficción creada por Chris Carter.
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TWIN PEAKS

El momento más aterrador que recuerdo haber contemplado en pantalla le pertenece a David Lynch: no diré cuál, pero es una inmisericorde escena de Mulholland Drive que hizo que apagara la televisión en ese instante e intentara, sin éxito, dormir. Los nervios me han impedido acercarme a Inland Empire. Su filmografía, en términos generales, es un acercamiento a lo incómodo de la psique humana: allí están Eraserhead o Blue Velvet como testimonios – desde perspectivas distintas – de sus descensos a las zonas oscurecidas de la mente.

Al director se le concedió en cierto momento una serie de televisión. En mancuerna con Mark Frost, notable escritor –su novela The List of Seven es una intrigante ficcionalización de la vida de Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, Lynch realizó siete episodios de la primera temporada de Twin Peaks. El riesgo asumido por ABC sigue pareciendo inusual, aún para los tiempos: darle tiempo en pantalla a uno de los directores visual y argumentalmente más inusuales de la filmografía estadounidense parece una locura difícil de cometerse incluso hoy.

Twin Peakscuentala historia del asesinato de Laura Palmer, una estereotípica chica linda de pueblito gringo. Su muerte es un detonante que provoca la llegada del agente Dale Cooper, del FBI, y la apertura de cloacas en todo el pequeño poblado. Cooper fue un personaje atípico: detective del FBI que sabía guardar la calma, amaba los pasteles de cereza de la localidad y dejaba que sus sueños le dieran pistas acerca del rumbo que debía seguir la investigación en torno al asesinato de Laura; súbitamente, el mundo de Twin Peaks resulta no sólo podrido en lo moral –Laura, por ejemplo, consumía cocaína– sino en lo paranormal: conforme avanza la serie –de cuarenta episodios en su totalidad, una salvajada tomando en cuenta que tiene tan sólo dos temporadas– queda clarísimo que el universo que Lynch y Frost crearon para Twin Peaks resulta inabarcable.

Si las posteriores y previas incursiones de Lynch en la exploración del lado oscuro de la mente humana –Eraserhead, Mulholland Drive, Inland Empire– dan muestras de una dificultad de interpretación poco común, Twin Peaks logra salvarse de ese síndrome ‘no le entendí a la película’ que suele rodear la obra de Lynch. (El punto máximo de esta postura se dio con Inland Empire: críticos la destruyeron o pretendieron destruirla por igual con un argumento fácil: no tiene sentido.)

El motivo de esto –además de sus méritos obvios, el que me parece la razón de su permanencia dentro de los mejores shows de la historia– es la capacidad narrativa de funcionar a dos niveles radicalmente distintos: en una, el misterio superficial, el autor de la frase que movió casi la serie completa: ¿quién mató a Laura Palmer? El segundo parece bastante más difícil de lograr: contar una historia de subconscientes, sueños, misterios y profundidades del alma. El primero funcionó a nivel rating: movió a un público –que luego, aburrido quizá por el aparentemente innecesario estiramiento del argumento y el distanciamiento de Lynch, castigó a la serie abandonándola – digamos, que jamás volvería a acercarse a un producto de Lynch que no fuera A Straight Story. (El larguísimo postludio, prácticamente otra serie o temporada de la serie, que sigue al descubrimiento del verdadero asesino de Laura Palmer, es necesario para que Lynch terminara de narrar la historia del hombre que cae irremediablemente en las manos del mal: el mismísimo agente Cooper. La escena de su descenso definitivo al infierno, que termina la serie, es una de las más perturbadoras de la filmografía del director.)

El segundo es el que diferencia a Twin Peaks del resto de series de lo paranormal –poniéndola por encima de la encantadora pero fallida The X-Files, de la que es clarísima antecesora: para cerrar círculos, David Duchovny, que es el entrañable agente Mulder en la segunda, encarna en Twin Peaks a otro agente, de la DEA, bastante más curioso que ‘Spooky’ Mulder–  y la convierte en la película más larga de la filmografía lyncheana: un largo, profundo, surreal y angustiante descenso a la oscuridad de la mente humana. Ése es el logro que Chris Carter, creador de The X-Files, jamás pudo igualar con su serie: y es que estos delirantes descensos están reservados solo a creadores que pueden lidiar con ellos sin perder la cordura en el camino al infierno. La única batalla real que X-Files pudiera ofrecerle a Twin Peaks sería la del tema inicial: ese silbido sí puede resultar potencialmente más pegajoso que el bellísimo tema que compuso Angelo Badalamenti. -LR

 

THE X-FILES

¿Será demasiado aventurar que Los expedientes secretos X cambiaron nuestra forma de ver televisión? Tal vez. Pero no es demasiado decir que nos predispusieron al cambio. Nos hicieron sentir más cómodos con el gran arco narrativo de la “temporada” y de la temporada a la serie “completa”. No fueron los primeros –el gran arco es típico de cómics y Twin Peaks, que es anterior y declarada influencia de X-files, desarrolló pausadamente su misterio– pero fueron los más notorios: los que más lejos y más claramente portaron el mensaje. (En esto ayuda que fueron también los más exitosos; que su seguimiento fue menos un culto que una necesidad.)

El planteamiento: el agente Fox Mulder (David Duchovny, ¿debo decirlo?), el creyente, debe resolver pequeños casos paranormales con la ayuda de la agente Dana Scully (Gillian Anderson), la escéptica. El arco: la pareja protagonista, a través de la solución de algunos de esos casos, trata de desmantelar una nebulosa conspiración gubernamental de experimentación genética y colonización extraterrestre. Pero alejémonos más, como en un zoom out de Googlemaps: la vida de Mulder –la abducción de su hermana Samantha hace décadas, acaso por extraterrestres; su decisión de investigar lo paranormal; su relegación al archivo de expedientes X del FBI– es acaso una pieza más de la enorme conspiración. Cuando alcanza uno a ver el bosque completo la revelación (salvo que decir revelación es excesivo; mejor: intuición) es apantallante: Mulder no es un buscador de la verdad porque así lo predeterminó el destino o el azar sino el Sindicato, suerte de titiriteros por encima del gobierno. Esa intuición le dio a la serie una coherencia, una redondez, una unidad orgánica invistas en TV, pero que se volverían deseables y necesarias desde entonces.

Claro que además de un gran arco narrativo Los expedientes X fue una colección entretenidísima de “monstruos de la semana”. El gusano ártico, un monstruo tal vez extraterrestre que puede entrar por una cortada al cuerpo y tomar control sobre él en Ice; la comunidad “menonita” capaz de cambiar de sexo en Gender Bender; el mutante Tooms, una cosa de más de cien años de vida, capaz de encoger su cuerpo sobrehumanamente en Toomsy Squeeze; Augustus Cole, el Hombre que No Dormía, en Sleepless; la maestra Paddock, que probablemente sea la personificación del demonio Azazel en Die Hand die verletzt, uno de los episodios más inquietantes de la serie (y por tanto de la televisión)… La imaginación de Chris Carter, creador de Los expedientes secretos X, y sus escritores generó un museo del esperpento, de la mutación, de lo fantasmagórico, lo grotesco, que superó ostentosamente a sus maestros (The twilight zone, Night gallery, Kolchak). En sus mejores momentos Los expedientes secretos X era una serie sobre paranoia que se enlazaba al horror y en verdad daba miedo, como un espejo en el fondo oscuro de un pasillo.

Poniéndolos a prueba con los estándares de naturalismo de la televisión de hoy, Spooky Mulder y Dana Scully parecerían caracterizados por una mano inocente y otra mano más bien preocupada por el product placement de Armani. Se ven demasiado bien, demasiado peinados, demasiado perfectos para ser reales. Pero no nos engañemos por la distancia de casi veinte años o por el look indefendiblemente noventero de las primeras temporadas: las corrientes que van por abajo de esa superficie son modernísimas: paranoia ante un gobierno que sabe más y nos engaña, pequeñez ante el enemigo oficial que es omnisciente, incapacidad de ser escuchado ante la aplastante máquina burocrática. Esto no es mero cinéma du look. Los expedientes secretos X era también una serie sobre política.

Y por último: era una serie sobre el amor. Nada más doloroso que enterarnos de que David Duchovny iba a dejar el programa por ahí de la séptima temporada, pero no por la debacle inevitable que sucede a una serie cuando un protagonista la abandona sino por la maldita imposibilidad de ver que por fin se consumara el deseo, la ternura, la amistad, el cariño que nada puede romper, esas cosas visibles que estaban como una nube encima de Mulder y Scully y que a nosotros se nos negaban una semana tras otra –“un solo beso el corazón invoca, / que la dicha de dos me mataría”–, con intensísimo suspenso. Pasan las décadas: la de Mulder y Scully, el creyente y la escéptica, el sarcástico y la comprensiva, el agente y la doctora, sigue siendo una de las grandes historias de amor no consumado en la televisión: amor que se consume y no se toca. -AR

 

GANADOR: The X-Files