En contra de Up in the air

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Up in the Air es la tercera película de Jason Reitman. Tanto esta como sus primeras películas –Thank you for smoking y Juno– han catapultado a Reitman a la cabeza de los directores hollywoodenses. Asiduo a comedias dramáticas de mediano presupuesto pero alto perfil, el retoño de Ivan parece ser incapaz de hacer una mala película (o por lo menos eso nos quieren hacer creer los críticos norteamericanos). Dado que Thank you for smoking me pareció mediocre y que detesté Juno, debo admitir que fui a ver Up in the Air con todas las ganas de unirme al coro de críticos –y miembros de la Academia- que han adorado su nueva cinta. Después de verla, siento decir que mi opinión no ha cambiado.

En Up in the Air, George Clooney se interpreta a sí mismo. Ryan Bingham –su alter ego- es un trabajador corporativo al que distintas empresas contratan para que despida a sus empleados. Haciendo gala de su simpatía y carisma, Bingham (Clooney) convence a legiones de desempleados de que la vida sin sueldo no es tan mala. En menos de diez minutos le asegura que, fuera de ser un golpe a su autoestima, el ser despedidos les otorga una oportunidad para lograr lo que siempre han querido. Cuando no está inspirando a las víctimas de la recesión, Bingham disfruta su vida dentro de los aeropuertos y los hoteles que visita. Parece pasarla bien, a pesar que su hermana (Amy Morton) no puede entender su aversión por el compromiso.

Desafortunadamente, todo lo bueno parece terminar para Bingham. Primero conoce a la supuestamente sexy Alex Goran (Vera Farmiga), su contraparte femenina. “Soy exactamente como tú, pero con vagina”, le asegura, justo después de comenzar un romance con él. Las cosas se complican aún más con la llegada de Natalie Keener (Anna Kendrick), una joven recién salida de la universidad, antipática y almidonada. Natalie amenaza con acabar con el estilo de vida de Bingham. ¿Su idea? Despedir mediante videoconferencias (y así ahorrar los miles de dólares que gastan los compañías en transportar a gente como Bingham). Consciente de este peligro, Clooney convence a su jefe (interpretado con apatía por Jason Bateman) de que lo mejor sería viajar con Natalie por un tiempo para enseñarle cómo funciona el negocio. Pero, ¿cómo podrá mantener su nuevo y ardiente romance, educar a su reemplazo y, al mismo tiempo, seguir siendo perfectamente feliz y cool?

Sobra decir que Up in the Air carece de cualquier atisbo de tensión. Es particularmente difícil creer que alguien tan inteligente, bien parecido, perspicaz y feliz como Bingham pueda realmente fracasar en alguna de sus empresas. Quizás su hermana tiene razón: debería de importarle todo aquello que no le interesa (tener una familia, establecerse). La pregunta que la cinta no esclarece es ¿por qué habría Bingham de desear todo esto? En ningún momento se le nota incómodo en el proceso. Él y Alex platican y coquetean. Después se divierten burlándose de las preocupaciones veinteañeras de Natalie, a la que Bingham supera –demostrándole cómo es el mundo- una y otra vez. Natalie se queja y gimotea. Y esa es, básicamente, la película entera.

A pesar de tener un apresurado comienzo y una mitad decente, la cinta logra tener un final sin ningún impacto emotivo. Reitman claramente pretende que apoyemos el punto de vista de la hermana de Bingham; pero ella no siempre tiene la razón. Para muchos, su estilo de vida los llena, independientemente de lo que opinen los demás o de las normas sociales. Los críticos han tildado al final de agridulce. No concuerdo: es una pérdida de tiempo. Clooney, perdón, Bingham, deja que se le juzgue por aquellos estándares sociales que aborrecen la diversidad de estilos de vida y la felicidad que yace afuera de lo denominado como tradicional. Y seguirá siendo él, quizás con un recién hallado sentido de decepción. La moraleja parece ser: tenía razón desde un principio. Vaya historia.

Pero lo más confuso de toda la cinta son la serie de entrevistas que detienen la narrativa, similar a aquellas que vimos en When Harry Met Sally. Sin embargo, las entrevistas de Up in the Air distan mucho de tener ese tono lúdico que caracterizaba a las de la película de Rob Reiner. Aquí no hay parejas describiendo cómo se conocieron sino individuos que acaban de perder su trabajo. Me elude el motivo detrás de esta decisión. ¿Estará Reitman tratando de mostrar empatía al explotar la falta de suerte de estos tipos?, ¿estará tratando de demostrar que es parte del pueblo y no un chico de la elite de la costa oeste (en contraste, por cierto, con el resto de su película, que disfruta la condescendencia con la que mira a Middle America)? Y a final de cuentas, ¿qué tanto peso tiene la pérdida del empleo dentro del arco dramático del personaje de Clooney? Tal pareciera que, a pesar de estar conectado física y emocionalmente con el concepto de desempleo, Bingham es inmune a la culpa que su trabajo probablemente conllevaría.

El disperso guión fue adaptado de la novela de Walter Kirn por Reitman y Sheldon Turner. Sin embargo, el culpable de esta cinta sigue siendo –incuestionablemente- Reitman. Haciendo gala de lo contemporáneo de sus gustos musicales, el director sofoca la cinta con un soundtrack disonante, repleto de canciones pop. La regla parece ser: si suena bien, ponlo. Y a ese dogma se atiene, no sólo la banda sonora, sino la cinta entera. Para Reitman importan poco las verdaderas consecuencias en los actos de sus protagónicos. ¿Ser el responsable de la muerte de miles de personas a causa de promover el tabaco? Su protagónico se pavonea en Thank you for smoking sin rastro alguno de secuelas de pena o remordimiento. ¿Dar a tu hijo en adopción cuando aún no cumples 18 años? Nada: al final de Juno, Ellen Page vuelve a tocar la guitarra en la banqueta junto a su noviecito de prepa. ¿Que tu vida esté sujeta a un aeropuerto y al despido, interminable, de centenas de empleados? Nada, tampoco. El mundo de Reitman es, por lo tanto, el mundo del revés. Como con todas sus anteriores películas, tanto el espectador como los críticos consideran que Up in the Air es una película “lista”. Yo sostengo que es, en realidad, una cinta cuya inteligencia es falsa: me parece lista tanto como me resulta sensible ordenar una ensalada en McDonald´s.

Independientemente de sus fracasos, la cinta logra convencer en dos aspectos: el doloroso secreto que revela el personaje de Alex en el tercer acto y, en menor medida, las secuencias que muestran a Bingham promoviendo su modo de vida en pláticas en hoteles. Lástima. Ojalá Clooney pudiera usar ese carisma para convencerme que Up in the Air vale la pena.

-Ryan Haydon

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