Terry Gilliam tras bambalinas

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Cualquiera que haya visto con detenimiento la filmografía de Terry Gilliam, sabe que sus obras te arrastran por una espiral: películas como Brazil (1985), The Adventures of Baron Munchausen (1989), 12 Monkeys (1995), Fear and loathing in Las Vegas (1998), Tideland (2005) y The Imaginarium of Doctor Parnassus (2009) son remolinos de fantasía e imaginación que desembocan a realidades desconcertantes. Son historias, adornadas con juegos visuales, cuyo objetivo central es romper con lo preconcebido y plantear mundos alternativos a la lógica tradicional. En ellas hay sueños, drogas, ciencia ficción, visiones del futuro, críticas del presente, teatralidad, magia y grandes dosis de sátira y humor.

Detrás de este universo fílmico hay un hombre curioso y divertido que, al terminar su charla en la Cátedra Ingmar Bergman de la UNAM, se despide de nosotros con una mueca: la lengua de fuera y haciendo bizcos. Tiene casi setenta años, pero el brillo de sus ojos revela la espontaneidad de un niño.

Por casualidad, veo que alguien le muestra una caricatura del monero José Hernández donde Gilliam aparece como el Gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas. Su sonrisa se hace presente en todo el lugar. Por mi parte, admiro la precisión de la analogía: Gilliam no sólo es un personaje casi extraído de un cuento, sino que ambos —Terry y el Gato de Cheshire— son seres astutos y encantadores que gustan de los disparates y de lo absurdo.

De hecho, Alicia en el país de las maravillas y su secuela Alicia a través del espejo son referentes que germinan en la obra de Gilliam, por ejemplo, en su segundo largometraje titulado como el poema de Lewis Carroll, el Jabberwocky (1977) o en Tideland (2005), la estridente y conmovedora historia donde la pequeña Jeliza-Rose (Jodelle Ferland) vive su propio sueño mientras su padre se sumerge en una pesadilla de heroína.

Narrada desde la perspectiva de una niña y “escandalosa —según Gilliam— por que es inocente”, Tideland es considerada hasta por el propio director como un punto de intersección entre Alicia en el País de las Maravillas y la mítica Psicosis de Hitchcock. No obstante, hablar de influencias y préstamos como si fueran fórmulas de causa y efecto resulta insuficiente en la filmografía de este creador.

Admirador de Orson Wells y del expresionismo alemán, su obra tiene tintes kafkianos, coincidencias con las distopías de George Orwell, retazos surrealistas, distorsiones al estilo del periodismo gonzo —Fear and loathing in Las Vegas está basada en la novela de Hunter S. Thompson, ícono de este género periodístico que fusiona la noticia, la ficción y la subjetividad del relato—, pero sobre todo su obra se alimenta de obsesiones únicas, de mezclas e híbridos, que sólo le pertenecen a Terry Gilliam.

Lo que más estimula mi imaginación”, explica durante su conferencia, es “observar. Creo que siempre hice esto desde que era niño. Trate de reinventar todo lo que veía. Nada más por divertirme, porque es entretenido, para cambiar las cosas y hacer combinaciones que fueran más interesantes. (…) Escuchaba música todo el tiempo. Lo que no hago mucho es ver películas. Realmente ya no veo películas, ni televisión. Yo iba mucho a la National Gallery en Londres y pasaba cincuenta minutos desde la puerta de enfrente hasta la última para dialogar con las pinturas. Veía un cuadro y me imaginaba una historia, inventaba los diálogos (…), me lanzaba hacia esos mundos en donde un artista había pasado mucho tiempo creando un solo momento.”

Originario de Minnesota, Gilliam creció en Los Ángeles, donde estudió Ciencias Políticas, sin saber que la vida de oficinista sería, por oposición a ella, tan decisiva en su obra como las lecciones de irreverencia que cultivó en Inglaterra como parte del Monty Python’s Flying Circus.

Apoyados económicamente por el músico y productor George Harrison —quien según Gilliam siempre sintió que el espíritu de los Beatles se había continuado en los Python— este grupo de cómicos lograron filmar películas como Life of Brian (1979), dirigida por Terry Jones y Time Bandits (1981), dirigida por Terry Gilliam, la cual le permitió ganar cierto renombre en Hollywood. Sin embargo, fue Brazil la película que lo consolidó como cineasta.

Brazil fue para mí una experiencia catártica. Había muchas cosas en la sociedad como la burocracia y los gobiernos que me estaba haciendo enojar. (…) Yo quería que sucediera en cualquier parte del siglo XX, en cualquier momento de ese siglo. No quería hacer una película normal de ciencia ficción basada en el futuro, sino una mezcla, así que retomé todas las cosas que me interesaban. Yo no quería que me identificaran con el mundo del futuro. Yo quería hacer el ahora y es interesante que el ahora continúe, porque Brazil se trata de temas que son más evidentes hoy en día de lo que fueron entonces.”

Si en el Jabberwocky se sentía la sátira en contra de lo corporativo y lo empresarial, en Brazil —una película que, en palabras del director, está “más basada en las personas, en las actitudes y en la percepción de las cosas” que en un enfoque meramente futurista—el más mínimo error en el papeleo cotidiano de la burocracia da origen a la distopía que llevará a Sam Lowry (Jonathan Pryce) a librarse de la dictadura de la razón instrumental para encontrar el amor y la libertad.

A pesar de la complejidad estética de su obra fílmica y de recrear escenas exquisitas, atiborradas de efectos especiales, vestuarios de ensueño y atrezzos estrambóticos, las películas de Gilliam no están realizadas bajo un asfixiante ejercicio de control. Al contrario, propenso a la anarquía incluso dentro del set —como él mismo confiesa— y abierto a las eventualidades que trae la producción fílmica, Gilliam es un rebelde que se ha enfrentado a toda clase de obstáculos: guerras mediáticas contra los grandes estudios; limitaciones presupuestales; enfrentamientos con los wastings o burócratas de la industria fílmica; desastres naturales que desmoronan la locación de la todavía inexistente The Man Who Killed Don Quixote; enfermedades que tras meses de ensayos derrumban al perfecto hidalgo, Jean Rochefor y, como muchos sabemos, al suicidio del personaje principal de The Imaginarium of Doctor Parnassus, Heath Ledger, a mitad del rodaje.

Cualquier cineasta razonable se hubiera detenido en ese momento, pero seguí. Se había muerto Heath. Luego, llegaron estos tres actores: Johnny y los demás (Jude Law y Colin Farrell). Seguí con la película porque era una forma de resolver un problema (…) y hacer películas se trata de resolver problemas. Muchas veces cuando empezaba decía «tiene que ser como yo estoy pensando, no hay otra forma de hacerlo (…)». Al pasar los años, he descubierto que no es así, que te encuentras con un muro: botas, rebotas y buscas otra forma, otro camino. Pero tienes que tener la esencia de lo que estás haciendo tan dentro de ti, que estas elecciones tienen que ser instintivas. Tus entrañas son las que te dirigen.”

Opuesto a la figura del genio solitario, a Gilliam le gusta trabajar en equipo desde la elaboración del guión y permite que el crew participe en la obra: “Yo trato de que todos se involucren, incluso el jalacables; yo quiero que estén en el script, que lean parte de la película”. “El arte —declara Gilliam— no existe en el vacío, sino en el mundo real”. Por ello, no todos los proyectos que imagina este pescador de ilusiones salen a la pantalla grande. Algunos quedan inactivos como la adaptación de la novela Good Omens o la posible transferencia en 3D de Time Bandits. Otros, para suerte de México que se podría convertir en la próxima locación, continúan latentes. Tal es el caso de The man who killed Don Quixote, guión todavía en proceso de reformulación, que será protagonizado por Ewan McGregor en vez de Johnny Depp, y Robert Duvall en el lugar de Jean Rochefort.

-Eunice Hernández