Imagen: Hammurabi, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons

Bien estaba todo lo que el rey hiciera

Siempre ha existido una relación entre el poder y lo que se percibe como verdadero o correcto o bueno o justo.
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Muy conocido es aquel breve diálogo del autoritarismo:

“¿Qué horas son?”

“Las que usted guste, señor presidente.”

Circula desde quién sabe cuándo, y tomó pasaporte literario a partir de 1958 en La región más transparente, de Carlos Fuentes.

Siempre ha existido una relación entre el poder y lo que se percibe como verdadero o correcto o bueno o justo, y la tradición dice que el gran poder viene de arriba. Por eso Hammurabi aseguró que había recibido sus leyes de manera sobrenatural, tal como hicieron Moisés, San Pablo, los papas y tantos otros.

Quizá fue Sócrates el primero que cuestionó si lo bueno era bueno porque gustaba a los dioses o gustaba a los dioses porque era bueno. Él tenía la ventaja del politeísmo; en su mundo los dioses litigaban, tenían opiniones diversas y seguidamente actuaban unos contra otros. Así, Sócrates le dice a Eutifrón:

Según parece, lo que es agradable a los dioses es también odioso para los dioses. De esta manera, Eutifrón, si llevas a cabo lo que ahora vas a hacer intentando castigar a tu padre, no es nada extraño que hagas algo agradable para Zeus, pero odioso para Crono y Urano; agradable para Hefesto, y odioso para Hera.

Los monoteísmos son más radicales. Literariamente Job es de lo mejor que hay en la Biblia, pero sus enseñanzas morales son retorcidas. Para ganar una apuesta infantil, Dios mata a los criados, pastores e hijos de Job, un mero daño colateral sin importancia, pues se nos dice que en esto Job no vio ningún despropósito divino, y dijo: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Hay que ser muy servil para no ver la vileza divina.

En cuestiones terrenas también ocurre que lo correcto suele estar del lado del poder. Los súbditos se mantienen en estado de raciocinio suspendido hasta que el líder se expresa. Bobadas se vuelven sabias si se pronuncian desde el trono. Pisoteos se vuelven caricias; arbitrariedad es justicia. Lealtad, interés, lambisconería y vasallaje se vuelven indistinguibles.

El rey Astiages se molestó con Harpago, uno de sus súbditos. Para castigarlo, le mata secretamente a su hijo. Luego lo invita a un banquete, en el que “le sirvió todo el cuerpo de su hijo salvo la cabeza, las manos y los pies”. Harpago come vorazmente, y Astiages le pregunta si le gustó. “Muchísimo”, contesta. Entonces le presentan la cabeza, pies y manos de su hijo y Astiages le cuestiona si sabía de qué animal era la carne que había comido. Harpago responde que “sí lo comprendía y que bien estaba todo lo que el rey hiciera. Tras esta respuesta, recogió los trozos de carne que quedaban y regresó a su casa”.

Bien estaba todo lo que el rey hiciera.

Otro rey, Creso, se había convertido en un paria, siendo que antes, cuando en estado más lisonjero se vio, se había considerado el hombre más afortunado del mundo. Por eso supo aconsejar a Ciro: “Ten ante todo presente que en el ámbito humano existe un ciclo que, en su sucesión, no permite que siempre sean afortunadas las mismas personas”. Tal idea sería adoptada por los romanos como la rueda de la fortuna.

Hay fortunas cuatrienales, quinquenales, sexenales, o hasta que la muerte o una insurrección nos separe.

Aunque unas líneas antes hablé de lo indistinguible, Plutarco tiene un ensayo titulado “Cómo distinguir a un adulador de un amigo”, que debería ser lectura obligada para quien ocupa un sitio alto en la escalera, sobre todo el inicio, que se refiere más al adulado que al adulador:

Platón dice… que todos perdonan al que declara amarse mucho a sí mismo, pero que esto produce, junto con otros muchos males, el mayor mal de todos, por el cual no es posible ser juez justo e imparcial de sí mismo… Esto proporciona al adulador un gran espacio abierto en medio de la amistad, al tener como una útil base de operaciones contra nosotros nuestro amor por nosotros mismos, por el que, siendo cada uno mismo, el principal y más grande adulador de sí mismo, admite sin dificultad al de fuera como testigo, juntamente con él, y como autoridad aliada garante de las cosas que piensa y desea.

Luego de poner el punto final, miro el reloj. Son las horas que son y no las que deseo. Además, no soy dueño de la verdad, porque aquél no fue el punto final, sino éste.

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