Aldea y mundo

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Zadie Smith

NW London

Traducción de Javier Calvo

Barcelona, Salamandra, 2013, 380 pp.

Pocos escritores de ficción han establecido una relación tan fructífera y gozosa con sus predecesores como Zadie Smith. En su estupendo debut, Dientes blancos, la influencia era Dickens, y de ahí surgía lo que James Wood llamó el “realismo histérico”, una sátira que es casi realista; en El cazador de autógrafos, hacían su entrada los contemporáneos norteamericanos (Eggers, Foster Wallace) y Smith confirmaba sus credenciales posmodernas; en Sobre la belleza, quizá su mejor obra, se apelaba a la novela eduardiana y, en particular, a la figura de E. M. Forster, para ahondar en la dimensión ética de las historias. La conversación con esos escritores no siguió un orden especialmente programático, pero, a través de sus afinidades electivas, Smith fue definiendo una estética personal. Alguna vez ella misma la llamó “realismo lírico”, pero podría denominarse “neomodernismo”, al tratarse de una literatura que, como mucho modernismo anglosajón del siglo pasado, es tan ambiciosa en las búsquedas formales como temáticas, presta atención a la realidad contemporánea y no elude la sentimentalidad.

 

Visto lo anterior, no sorprende que la busca de influencias o interlocutores haya virado al fin hacia el modernismo propiamente dicho, ni que en su nueva novela Smith se ponga bajo la tutela de Virginia Woolf. En muchos sentidos, NW London es una respuesta actual a Mrs. Dalloway, una historia londinense, que sigue mayormente los avatares domésticos de una mujer y se acerca a los personajes para representar monólogos interiores, sin desatender las impresiones que rebotan a su alrededor. La siguiente es una oración típica: “Cuatro jardines más allá, en los bloques, una chica desabrida le grita improperios a nadie desde la tercera planta. Kilómetros de balcones. De eso nada. Que no, de eso nada. No empieces. Pitillo en mano. Carnosa, rubicunda como una langosta.” Al lector se le exige completar la composición de lugar, pero a cambio se le ofrece una narración consciente de los problemas que implica asumir un punto de vista. Y es que, como sugiere Smith en el ensayo “Two Paths for the Novel”, la novela ha de mostrar su propia incertidumbre, asumir la incomodidad de su tarea, a fin de no propagar el mito de la transparencia.

En efecto, NW London exhibe su incomodidad de cara a la representación realista, pero eso no impide que, por debajo de la fragmentación y la combinatoria de técnicas, Smith siga escribiendo en un género tan tradicional como es la novela de costumbres. Las costumbres son las de una sociedad multicultural y, más aún, las del crisol de nativos e inmigrantes que se cruzan en el noroeste de Londres (de ahí el título). Por este terreno de observación se movía Dientes blancos, y en ese sentido NW no ha cambiado ni de barrio. Ha cambiado, eso sí, de marco temporal. En Dientes, Smith se centraba en la generación de sus padres, inmigrantes de las excolonias enfrentados a la ingrata tarea de criar familias semiinglesas, con hijos que daban la espalda a la cultura de su país de origen. En NW, estos hijos, que son los contemporáneos de Smith, han crecido y se encuentran en una encrucijada social tan compleja como la de sus padres, aunque por distintos motivos. Al promediar la treintena, buscan definir sus actitudes ante el éxito, la amistad, la identidad y la maternidad: todas “cuestiones de fondo”, como dice la contracubierta del libro, pero que ponen en entredicho las formas (sociales).

Las protagonistas son dos amigas de infancia, una muchacha blanca, Leah, y una muchacha negra de padres jamaicanos, Keisha, que luego se cambia el nombre a Natalie. Ese cambio es uno de los muchos detalles (Keisha es un nombre “negro”, Natalie no) que Smith moviliza para indicar cuánto importan las diferencias de color, etnia y extracción en la sociedad que retrata. Tanto Leah como Natalie crecieron en edificios de protección oficial, pero sus vidas adultas acaban siendo muy diferentes. Tras pasar por la universidad, Leah se empantana en un empleo de funcionaria, una vida de pareja no del todo feliz (con un muchacho negro de origen jamaicano) y un rechazo ambiguo a la idea de la maternidad; Natalie, entretanto, se convierte en una abogada de éxito, se casa con un adinerado muchacho negro de origen italiano, compra una casa en la parte más pija de NW y cría dos hijos perfectos. Habría sido fácil, en este punto, reducir la trama a un oposición entre estancamiento y el ascenso social; pero, tanto como la forma es incómoda, a Smith le interesa la incomodidad psicológica, y sus personajes se rebelan, con resultados no muy satisfactorios, contra las posiciones convencionales a las que se han visto reducidos.

En esencia, la primera parte de la novela está dedicada a Leah (y narrada desde su punto de vista), quien, luego de ser embaucada por una yonqui que solía ir a su escuela, empieza a preguntarse en qué momento la vida dejó de ofrecer esperanzas. Sus vagabundeos por la ciudad, donde se emborracha, asiste a un desfile de carnaval, se cruza con otro examigo venido a menos, constituyen la parte más woolfiana de la novela, y en vez de drama propiamente dicho hay una especie de deriva existencial. En la parte de Natalie, narrada en apartados breves, que llevan títulos como titulares (la vida resumida a etiquetas), la supuesta esposa y madre perfecta no logra mantener una relación satisfactoria con su madre y hermana, ambas desacomplejadas mujeres de clase baja, y cae en la cuenta de que su marido, por muy guapo y exitoso que sea, la aburre soberanamente, a lo que responde entregándose a encuentros sexuales anónimos. Ninguno de los argumentos concluye, como indicando que no hay respuestas fáciles a los malestares que registran.

Así están las cosas, o lo están para algunos, hoy en día en Londres, parece decir Smith, aunque en ningún momento cae en la simplificación de denunciar una pérdida de valores o algo por el estilo. Más bien ve en la ciudad una fuente indefinida de conflictos, sin eludir, en episodios laterales de la trama, la explícita violencia urbana. Lo que consigue al cabo es un híbrido sumamente interesante: una novela formalmente provocativa que es también una novela social. Al revés de tanta ficción contemporánea, que suele dispersarse en lo indefinido con la esperanza de ser universal, NW permanece alerta tanto la micromecánica de una sociedad específica como a las impresiones individuales de sus miembros. Queda por verse si, al pintar su aldea, Smith pinta el mundo; por lo pronto, los lectores españoles que se interesen por un retrato complejo de Londres encontrarán en la inmejorable traducción de Javier Calvo una voz atractiva, rica en matices y casi poseída por el talento. ~


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