El secreto de la Noche Triste, de Héctor de Mauleón y Ficciones de la revolución mexicana, de Ignacio Solares

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Así como, en términos cinematográficos, podemos hablar de películas que son gran cine (por la audacia de su guión, fotografía, dirección o edición, o por la conjunción de estos elementos) y películas serie B (bajo presupuesto, historias convencionales, cine coyuntural), en literatura también podemos hablar de gran literatura y de la otra, de la literatura serie B, hecha para entretener.

Dos ejemplos de este tipo de literatura han visto la luz recientemente: Ficciones de la revolución mexicana, de Ignacio Solares, y El secreto de la Noche Triste, de Héctor de Mauleón. El primero es una colección de cuentos ambientados en el último decenio del siglo XIX y en las dos primeras décadas del XX; el segundo, como reza en su portada, es el “primer thriller novohispano de la literatura mexicana”. Si los hipotéticos lectores de esta reseña no ponen objeción, comenzaré por comentar esta última.

Excelente reportero y animador cultural, De Mauleón (ciudad de México, 1963) es un novelista primerizo. Autor de tres libros de cuentos (La perfecta espiral, Los lugares oscuros y Como nada en el mundo), El secreto de la Noche Triste es su primera tentativa en el género.

Hay en esta novela un ambiente (los años posteriores a la caída de Tenochtitlán, la formación del Estado novohispano), un misterio (¿qué pasó con el gran tesoro de Moctezuma, extraviado en la caótica huida de Cortés en su aciaga “noche triste”?) y un personaje, el viejo narrador de esta historia, que poco más de cien años después batalla “por dar fin a esta relación”. El misterio se antoja interesante, como debe ser en este tipo de historias: hay un tesoro, un mapa perdido, un asesino oculto, hay espadazos y romance. Los problemas comienzan con la recreación del ambiente novohispano. Novelista inseguro, De Mauleón, para lograr un buen retrato de época, se valió, como muchos pintores, de un dibujo previo que le sirve de soporte; sin embargo, para seguir con el símil, el dibujo debió de haber ido desapareciendo conforme el autor aplicaba las distintas capas de color a su obra. El asunto es que en esta obra el dibujo, más específicamente: la investigación que sirvió de soporte a esta historia, no desaparece nunca, es visible en todo momento. Así sabemos que doña Beatriz, uno de los personajes centrales de esta historia, “traía un ejemplar roto y descosido de los diálogos latinos que el doctor Francisco Cervantes de Salazar compuso en 1554”, así también que “en 1566, poco después de la muerte del virrey don Luis de Velasco”, los hijos de los conquistadores habían planeado una insurrección, y que en 1629 “Puebla no recibía aún a la muchedumbre que huyó de la inundación” que sepultó a la ciudad de México, y que en 1527 “el inquisidor apostólico fray Domingo de Betanzos llegó a la ciudad para ejercer, por bula Omnímoda, su terrible ministerio”, y que en 1577 “Felipe II prohibió a los habitantes de la Nueva España el uso de coches y carrozas”, y que… en fin. Al traje se le ven mucho las costuras, la novela depende en grado extremo de su apoyo documental, y esa dependencia impide la libre invención, el vuelo de la imaginación.

El segundo problema importante de esta primera novela es el punto de vista elegido por su autor. La obra está narrada en primera persona por un viejo pintor que en 1637 decide escribir la relación de hechos vinculados con el tesoro perdido de Moctezuma, “la historia secreta del virreinato”. La elección del narrador es desafortunada; mucho hubiera ganado esta novela si la historia la hubiera contado un narrador omnisciente. La adopción de ese punto de vista le hubiera permitido ir dosificando la investigación en que se apoya la novela, en cambio lo que vemos es un narrador absurdamente enciclopédico que a cada paso tiene que explicar qué ocurrió en tal año, quién era tal personaje y, hasta eso, qué significaban ciertas palabras que en su tiempo no necesitaban ninguna explicación, tal como ocurre a mitad de la novela: “el alguacil mayor no pudo tolerar que la beata anduviera metida en asuntos Tasnieros, papeles supersticiosos y tratados quirománticos”.

Esta aclaración, una especie de nota al pie de página, la tiene que hacer el narrador de la novela, un pintor que hace las veces de forzado narrador omnisciente y que sabe de historia, de pintura, de literatura y de todo lo que haga falta. El peso que otorga De Mauleón a su narrador (al colocar sobre sus hombros no sólo el peso de la trama sino la investigación subyacente) impide el desarrollo psicológico del mismo. Esto se advierte claramente en el momento en que el narrador conoce, seduce y pierde al que será el amor de su vida, una india que trabajaba en una iglesia de Tlatelolco. No tiene nombre: es para el narrador sólo una india, pese a que sus amores se prolongan durante meses. No hay proceso de seducción. Él la ve un día en la iglesia, regresa el narrador un par de veces al mismo sitio, y “una tarde la muchacha india me sonrió desde la puerta de la sacristía, la seguí, y la pequeña llama que una vez había sentido arder, no tardó en incendiar el cortinaje que a partir de entonces ocultó la furia desatada de nuestros encuentros”. Hay en esta escena un facilismo desmedido, una falta de trabajo y oficio narrativo que se hace más evidente por la minuciosidad con la que, en cambio, va desplegando las fechas que dan sentido a su thriller.

Otro, muy otro es el caso de Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945) y sus Ficciones de la revolución mexicana. Aquí nos encontramos con un autor que conoce su oficio y su tema. Diecisiete historias contrafactuales reúne Solares en este libro que merecía sin duda un título mejor, que sólo se entiende por la urgencia de los editores para relacionarlo con las celebraciones del centenario de la gesta revolucionaria. “Qué hubiera pasado si…” es el motivo que anima las recreaciones históricas de Solares. Anteriormente, en sus novelas La noche de Ángeles, Madero, el otro, El gran elector y Columbus / El sitio, había narrado historias basadas en los personajes centrales de la revolución. Ahora, lúdicamente, con una mayor conciencia y concentración literarias, Solares no se reduce a contar estampas revolucionarias sino que ensaya variaciones sobre distintos temas: ¿qué hubiera pasado si Porfirio Díaz hubiera muerto en 1897? ¿Qué hubiera sucedido si Álvaro Obregón no hubiera caído bajo las balas que disparó León Toral en La Bombilla? ¿Qué destino le hubiera aguardado a la relación México-Estados Unidos si los soldados de Villa no hubieran confundido, como lo hicieron, las caballerizas del XIII Regimiento de caballería con sus habitaciones. ¿Hasta dónde habría llegado Villa luego de haber efectuado esa hipotética masacre de Columbus? ¿Cuál habría sido –tal vez una declaración de guerra– la reacción del gobierno de Estados Unidos? Diecisiete variaciones, invenciones, diecisiete formas de recrear de manera novedosa una historia por demás manoseada. Relatos coyunturales, confeccionados con oportunidad para montarse en el escuálido caballo de las celebraciones en curso, las ficciones de Solares se sostienen empero por la buena artesanía literaria de su autor; más aún: se sostienen porque permiten a su autor hacer una crítica, por medio de este método contrafactual, del movimiento armado revolucionario. Solares no corre muchos riesgos, ensaya sobre seguro, camina por una vía que ha transitado y conoce, pero lo hace con soltura y habilidad. Son cuentos que se dejan leer y proporcionan disfrute al lector. Cuentos de serie B. ~

 

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