Escribir, leer: seducir

Amor caníbal. La erótica de la lectura

Mónica Sánchez

Universidad Veracruzana

Xalapa, 2025, 150 pp.

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La escritura es un acto de seducción: se busca atraer al lector, cautivarlo, conquistarlo (las metáforas, nada inocentes, pertenecen originalmente al campo de la guerra). No es necesario ser un escritor enamorado, Kafka o Joyce, componiendo cartas a su amada, Felice o Nora, para saberlo. Todo escritor busca seducir. Sin embargo, la conquista literaria, como la otra, no es sencilla: hay lectores que quieren ser seducidos, otros reacios, otros sencillamente indiferentes. Hay escritores (y lectores) donjuanescos, que seducen con facilidad y ligereza (digamos, Stendhal); otros tristanescos, intensos y demandantes (digamos, Flaubert). Escribir y leer: seducir y ser seducido.

Este es el mundo en el que transcurre Amor caníbal. La erótica de la lectura de la escritora española Mónica Sánchez -hasta ahora principalmente narradora, como muestran sus libros de cuentos El desorden interno y Hormiga blanca-, que algo ha pensado sobre el asunto. Sánchez, como quería Borges, es una lectora fundamentalmente hedonista, a la que solo el placer guía en sus (muchas) lecturas (por este libro desfilan Barthes, Bataille, Clarín, Cortázar, Diderot, Lispector, Manguel, Mann, Nabokov, Pessoa, Piglia, Proust, Schnitzler, Sontag y Steiner, por mencionar algunos). Nada más alejado de este libro que la rigidez o la formalidad académicas: es un ensayo en forma pura. Está dividido en capítulos muy breves, lo que hace más fácil y amena su lectura; estos se alternan con breves prosas que combinan memorias con pequeñas narraciones y reflexiones que son, en mi soberbia opinión, la parte más débil del libro, de la que se podía haber prescindido, pero que no afecta mayormente la virtud del conjunto.

De inicio, Sánchez postula: “Hay que vindicar, por qué no, los amores caníbales que surgen entre letra y cuerpo. Devoramos libros, fagocitamos palabras, rumiamos versos o digerimos frases. Esta es una de las grandes alegorías en torno a la lectura: nos alimentamos de ella”. A partir de ahí, la autora ensaya sobre una serie de temas que dan título a los capítulos: “El placer físico de leer”, “Juegos previos: caricias y susurros”, “Libros para leer con una sola mano”, “(In)vestidos para leer”, “Lectura y bestialismo”, “Sexteo y otras experiencias epistolares”, “La cama, refugio de lectores hedonistas”…

La lectura es una actividad principalmente intelectual, pero no desprovista de sensualidad. Desde los niveles más elementales: ver y tocar el libro y el papel del que está hecho (hay páginas que no pasamos: acariciamos), oler su interior (especialmente, claro, el de los libros viejos), escuchar el crujir de sus lomos y páginas -el único sentido que no pone en acción la lectura, salvo algún caso extremo, es el gusto-, hasta los más complejos: la exaltación física que puede provocar un pasaje, el despertar del deseo a través de la lectura, como bien sabían Paolo y Francesca (y Dante) al leer el roman artúrico (“quel giorno più non vi leggemmo avante”, Inferno, V, 138).

No que el escritor/lector sea más erótico que sus congéneres no lectores o analfabetas (y los libros, de hecho, pueden convertirse en el melancólico refugio del marginado de los terrenos de Eros), pero es verdad que la lectura es capaz de aumentar y refinar el potencial erótico de un individuo, como lo saben los protagonistas de El libro, novela de García Ponce comentada en estas páginas. La sexualidad, ya se sabe, la compartimos con los animales, pero el erotismo, producto de la imaginación, es fundamentalmente humano, depende de nuestra creatividad e inventiva, y por ello la lectura puede alimentarlo.

En este tiempo de almas puras y censoras, la libertad que es condición indispensable tanto del ámbito erótico como del literario parece amenazada. Mónica Sánchez lo sabe y por eso propone sustituir el verbo “leer” por “follar” y “bibliotecas” por “hogares” en la cita de Virginia Woolf y ver si no funciona igual, o mejor: “Permitir que unas autoridades, por muy cubiertas de pieles sedosas y muy togadas que estén, entren en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan cómo leer, qué leer, qué valor dar a los que leemos es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios. En cualquier parte nos pueden atar leyes y convenciones; ahí no tenemos ninguna”. Lectura y erotismo son, o deberían ser, espacios de máxima libertad, y no parece casualidad que actualmente ambos se vean cuestionados por la misma clase de moralismo inquisitorial y puritano. “Leemos sin cortapisas -escribe la autora- para avivar el fuego lector e incendiar en cada lectura la convención establecida entre lector y autor, ese camino tortuoso de mentiras, el causante de tantos placeres y dolores”.

Hacia el final de su vida, un eminente lector y sátiro, Alfonso Reyes, reflexionaba melancólicamente: “¿Para qué salir de mi biblioteca si ya no tengo pasiones?”. O sea, la única pasión que quedaba, o lo más parecido a ella, era la biblioteca. No hay que engañarse: llegará el día en que Eros nos eche definitivamente de sus dominios. No hay por qué apresurarlo. Entre tanto, como dijo ese otro ingenioso lector, “aún hay sol en las bardas”. Sánchez, recurriendo nuevamente a Woolf, recuerda el carácter fundamentalmente juvenil de los lectores: “El verdadero lector es en esencia joven. Es un hombre de enorme curiosidad, con ideas, de mente abierta y comunicativo”. Acaso ese sea otro rasgo en común de lectura y erotismo: el entusiasmo renovado, la emoción por descubrir el nuevo libro o el nuevo cuerpo, o de regresar a uno ya conocido y acogedor. Mónica Sánchez define su libro como un baile de cortejo. Toca al lector continuar la danza. ~


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