Libros raros IV: Historia de los nombres de las calles de Barcelona

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La primera línea del libro dice “Nace en el Paralelo” y la última “Falleció en 1907”. Parecería una lápida o la biografía de un decimonónico, pero tampoco es Superman sino la Historia de los nombres de las calles de Barcelona (Editorial Fenicia, 1971), de la que yo tengo el volumen que va de la A a la D (desde Abad Zafont hasta Durán y Bas). Lo que hay dentro lo dice el título porque va disfrazado de manual, pero no es un callejero cualquiera sino una colección de textos ligeros de aire perequiano, en los que el autor, Federico Bravo Morata, intenta agotar no una plaza barcelonesa sino la ciudad entera, a través de sus nombres como avisa.

Así se lanza Bravo Morata a recoger lo que cada calle le evoca, siguiéndolas por orden alfabético y no por barrios o manzanas, pues lo suyo es un urbanismo de la anécdota, y en su entusiasmado paseo de historiador y cronista a veces cuenta las vidas de personas ya muertas, otras veces curiosidades etimológicas y otras reflexiones sociológicas.

Por cierto, cuando las ciudades son grandes hay un juego muy bonito y enloquecedor que consiste en probar a recorrerlas yendo siempre por calles que desemboquen en la letra siguiente a ver hasta dónde se llega, y que en Madrid facilita aparentemente la enorme longitud de la espinal calle de Alcalá.

Este volumen de 270 páginas contiene una cantidad de historias y personajes tal que demuestra que cualquier tema que nos propongan nos sirve para hablar de lo que a nosotros nos dé la gana, lo que habla tan elocuentemente de la inmensidad y de la mansedumbre del mundo como de nuestra capacidad de asociación y fantasía, si es que no son lo mismo. Hay algo muy cautivador en el libro, que es el cambio constante de criterio al abordar el texto que acompaña a cada calle. El autor a veces se basa en el nombre en sí, en la pura palabra, a veces en la Historia y otras veces describe el aspecto del callejón o la plazuela, y de vez en cuando consigue eso tan satisfactorio, como de trapecista poeta, de hacer que la palabra que se presentaba como sonido acabe funcionando como concepto, o que la descripción de un cruce de calles se entienda como un nudo histórico desentrañado. Además está el placer, para los que conozcan la ciudad, de reconocer las calles y lo que vieron en ellas.

Vamos a empezar por la calle Chipre: “Diminuta calle enclavada enfrente de la vieja cochera de los autobuses de San Adrián del Besós, entre las calles de Llull y del Maestro Alfonso”. Y entonces hila mediante un criterio de superficie: “Aquí sí que pudiera decirse que el tamaño de la calle y el del país que representa son proporcionales entre sí. Chipre es una isla del Mediterráneo que tiene solo 9.251 kilómetros (sic) de extensión para una población de 700.000 habitantes, griegos, ortodoxos y turcos musulmanes, que suelen hallarse en perpetua pugna…”, y continúa explicando algunas cosas de la isla, alejándonos de la cochera como a bordo de uno de los autobuses anfibios con escala en San Adrián.

En la entrada dedicada a la calle de la Boquería cambia de registro y se convierte en ocioso paseante: “Hay dos maneras de ver y comprender una ciudad: una, con los ojos fríos del que solo abarca la geometría y el valor de la luz y el color; otra, con la mirada algo adormecida del que ensueña y al ensoñar ve un poco de lo que es y otro poco de lo que fue, […] imaginando la vida de la calle hace dos siglos. […] Viven en Barcelona todavía muchas personas que conocieron este nervioso y colorinesco cauce de la Boquería en 1920, en 1930, en 1940…”

¿Dónde si no en la entrada sobre la calle de Copérnico podríamos encontrar un cambio de tercio como el que sigue, en el que se pasa, sin más solución de continuidad que un punto, de calle a hombre? “Empieza en la Ronda del General Mitre, se quiebra a la izquierda a la altura de su confluencia con la calle Vallmajor y luego se transforma en suave curva cuando alcanza el cruce con la de Valls y Taberner, para finalizar en la de Zaragoza. La aportación de Nicolás Copérnico en los comienzos del siglo XVI a la ciencia matemática y a la cosmografía es portentosa.”

Vayamos de Copérnico –hombre o calle– a Andrómeda –constelación o nebulosa–: le dedica una entrada muy adecuada, porque para acabar hablando de las estrellas empieza con la geometría de la calle, “truncada aproximadamente en su parte central por un ángulo obtuso”.

La entrada de la calle Colombia la remata diciendo que lleva el nombre del segundo país productor de café del mundo, y que el café supone el 85% de sus exportaciones, pero de la calle de Códols, que es la anterior, la aborda por sus antiguos habitantes ilustres, uno de los cuales, Ponce de Santa Pau, “llegó a mandar una flota de 30 galeras, con tres vicealmirantes y tres divisiones de hombres de guerra”.

Un arranque salao: “Buena calle la de Bach de Roda. Buena como corresponde al personaje a quien va dedicada”. Un tanteo lingüístico: “Un vicio en la pronunciación en el curso de los años podría haber convertido la boira en boria. Esto estaría bastante explicado teniendo en cuenta que en muchos lugares de dominio del idioma catalán, parte de Valencia y Alicante, sobre todo, hay numerosas gentes que dicen boria cuando se refieren a la niebla, y lo mismo sucede en buena parte de Murcia y Almería”. Un recuerdo romántico a los artistas: “Todo se ha confabulado para hacerle triste e infeliz, pero todo a la vez colabora con su grandeza interior para que vayan saliendo del piano las páginas más hermosas de la música universal” (hablando de Beethoven).

Algo encantador del libro es que no es ninguna historia de los nombres de las calles de Barcelona y que en su aparente rigor parece que no pretende ordenar el mundo sino mantenerlo revuelto pero a su manera. Lo pretendiese él o le saliese sin quererlo da igual. Paseamos por Barcelona con Federico Bravo Morata, pero también nos asomamos al frondoso jardín de las sinapsis, con sus flores de fluorescencia alterna. También tiene el encanto de la literatura que se cocina con lo que se tiene a mano, que en cierto sentido es toda pero que es más evidente cuando se presenta vestida de otra cosa. Federico Bravo Morata, que es también autor de Los nombres de las calles de Madrid, así como de otros títulos tan intrigantes como Diccionario del amor o Se puede vivir más de cien años (que son más intrigantes porque salen de la misma pluma que escribió La reforma agraria de la República, Del Dos de Mayo al ferrocarril, Fin del siglo y de las colonias, Las mujeres de Goethe o Español-ruso: Introducción al estudio de la lengua rusa), añadió constancia a la extravagancia y consiguió agotar el callejero barcelonés. El segundo volumen abarca las calles de la E a la LL, el tercero de la M a la Q, el cuarto de la R a la Z y hay un quinto volumen que es un apéndice. ¿Qué contará en ellos?