En defensa de la revolución rumana

Se cumplen treinta años de la caída de Ceausescu. Este mes ha comenzado un proceso para aclarar las más de 800 muertes que se produjeron en solo tres días de diciembre de 1989.
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Pocos acontecimientos históricos que conozco me parecen tan confusos y difíciles de entender como la revolución rumana, que culminó el día de Navidad de 1989 y de la que este diciembre se cumplen tres décadas. Desde su comienzo en Timisoara un 16 de diciembre hasta el juicio exprés sumarísimo que sirvió para ejecutar a los Ceausescu el 25, los hechos de aquellos días están cubiertos casi sin excepción por un manto denso de misterio y sospecha.

La revolución del 89, como se le llama en Rumanía, empezó en Timisoara al convertirse una concentración de apoyo a Laszlo Tokes, un pastor reformado húngaro crítico con Ceausescu, en una protesta contra el régimen. Aunque el ejército reprimió a balazos a los manifestantes, y decenas de personas murieron sobre el asfalto, la protesta se extendió a otras grandes ciudades y llegó a Bucarest el 21 de diciembre.

Ceausescu había traído a los trabajadores de las fábricas para que le mostraran su apoyo en el centro de la capital, con un mitin de desagravio que debía demostrar normalidad. Pero las cosas no salieron como pensaba. Una conmoción de gritos, y hay quien dice que de explosiones, alborotó a los hasta entonces obedientes trabajadores y empezaron los abucheos.

Ayudado por la fiel Elena, Ceausescu pidió orden desde el balcón. Cuando vieron que ya no mandaban sobre la masa se retiraron al interior del edificio del Comité Central, desde cuya azotea huirían al día siguiente después de que las protestas se extendieran por el centro de la capital pese a que el ejército seguía disparando a matar como en Timisoara.

Su vuelo junto a Elena tuvo que aterrizar de mala manera junto a la ciudad de Targoviste (unos 80 kilómetros al noroeste de Bucarest) para que el ejército que le había abandonado en minutos no lo derribara. Los Ceausescu fueron detenidos por militares y llevados a la base de Boteni, donde permanecerían hasta su muerte.

El periodo más controvertido y confuso de la revolución

Mientras, en Bucarest (estamos, recordemos, en el 22 de diciembre), los manifestantes que se habían enfrentado a las balas ocupaban el Comité Central. Una multitud eufórica llenaba la plaza de delante del edificio, derramándose entre los árboles y las construcciones aledañas hasta el parque de Cismigiu. (Lo hacía sin necesidad de interrumpir el tráfico, prácticamente inexistente en aquel Bucarest gris y silencioso imposible de imaginar desde Occidente o desde el presente.)

El epicentro de la acción se trasladaría enseguida a la Televisión Rumana. Grupos desordenados de “revolucionarios”, como se llamarían ellos mismos con orgullo, entraban a los estudios y proclamaban la victoria de la revolución en directo. Hasta allí llegó también Ion Iliescu, el veterano dirigente comunista crítico con Ceausescu que tomaría el control del país en esos días convulsos. A diferencia de los demás, y con la inevitable retórica comunista que le era propia, Iliescu transmitía confianza y sabía hacer un discurso. Pidió calma y aplomo y convocó a todos los implicados en el proceso al Comité Central a las cinco de la tarde para decidir los siguientes pasos.

Tras redactar desde el Comité Central un manifiesto en el que el grupo dirigente se comprometía a organizar elecciones libres, Iliescu salió al balcón junto al jefe del Estado mayor y anunció que todas las instituciones de fuerza estaban con el cambio de régimen. La revolución se había consumado, pero los disparos continuaban en las calles. Eran los llamados “terroristas”, el término aplicado por Ceausescu a los revoltosos de Timisoara utilizado ahora por la nueva autoridad para referirse a los tiradores de élite anónimos que disparaban contra militares, civiles y manifestantes.

Este periodo, el que va del 22 al 25 de diciembre cuando los Ceausescu fueron eliminados, es el más confuso y controvertido de la revolución rumana. Según las versiones más sólidas, los “terroristas” eran miembros de las fuerzas especiales de Ceauescu que seguían el plan de lucha que se les había encomendado en caso de ataque contra el régimen. Según algunos, pertenecían a la Securitate, aunque otros afirman que eran parte del ejército. Prueba de que eran agentes de élite que se resistían al cambio, dicen quienes defienden la versión que podemos llamar canónica, es que las muertes cesaron cuando se anunció la ejecución del dictador el 25 de diciembre.

De estos mismos días, sin embargo, hay otros incidentes más difíciles de entender. Entre el 22 y el 25 se produjeron numerosas situaciones de fuego amigo y fuego cruzado que algunos protagonistas y testigos atribuyen a órdenes contradictorias del ejército y los responsables políticos para causar más muertos y una situación de caos que les habría favorecido de alguna manera.

El proceso

Es lo que sostiene la acusación en el macroproceso sobre la revolución que ha empezado este mes en el Tribunal de Bucarest. El presidente Ion Iliescu, otro miembro de su grupo dirigente y un general del ejército del aire son las tres personas vivas de una lista de acusados que incluye a otros mandos de la época y a responsables de la Televisión Rumana. La fiscalía los acusa de crímenes contra la humanidad, y les hace responsables de las más de 800 muertes que se produjeron entre el 22 y el 25 (en total murieron más de 1.100 personas en la revolución).

Según la acusación, Iliescu y su grupo y algunos cuadros militares promovieron, con mentiras y exageraciones transmitidas por televisión y a través de órdenes militares de diversa índole que causaron numerosos muertos, una “psicosis” en torno a los terroristas y un clima de “caos” que les habría ayudado a mantenerse en el poder.

Personalmente creo que la acusación es un apaño político para cerrar con un par de condenas de alto nivel un capítulo que sigue atormentando a la opinión pública rumana. Los centenares de hechos e incidentes que se juzgan en el proceso difícilmente pueden evaluarse en una sola causa. No entiendo cómo Iliescu y los suyos se beneficiaron del caos y las muertes de aquellos días, sobre todo porque ya tenían todo el poder y ningún antiguo disidente o revolucionario tenía suficiente entidad, popularidad o predicamento entre el ejército y la Securitate como para que estas instituciones clave para tomar el control de la situación le apoyaran en una transición más rupturista.

La acusación, pienso, comete el pecado habitual de las teorías conspirativas: el de suponer al gobernante que mueve los hilos (en este caso Iliescu) un poder casi absoluto sobre los acontecimientos, que se deformarían a su antojo con solo dar una orden, como si existieran relaciones causa-efecto perfectamente previsibles en situaciones con innumerables actores y factores de impacto.

Creo también que la acusación –y todas las versiones que le suponen a Iliescu o a cualquier otro actor un control absoluto en esos días– no da la suficiente importancia a la confusión que reinaba entonces. Después de 41 años de dictadura comunista, de poder centralizado en una sola persona a través del partido, la sociedad rumana y sus instituciones de fuerza habían perdido la referencia absoluta del mando único.

Hay que destacar también las consecuencias que el desplome repentino de la dictadura tuvo sobre el flujo y el contenido mismo de la información que empezaba a circular con un margen de libertad y un alcance inéditos. Hasta que Ceausescu huyó en helicóptero de Bucarest, la Televisión Rumana emitía un par de horas al día, y todo el contenido se limitaba a sus discursos y los de su mujer y a las alabanzas que en la rígida ortodoxia oficial le ofrecían sus corifeos.

En unos pocos minutos la televisión pasó a emitir sin interrupción mensajes mucho menos centralizados y con un impacto difícilmente calculable –y controlable– en una sociedad mediáticamente virgen. Por mucho que obedecieran a agendas política o militarmente diseñadas, esos mensajes salían de mentes bruscamente liberadas de cuatro décadas –de toda una vida, en muchos casos– de mentira y control total, y no puede sorprender en el súbito desparrame resultante la riada de informaciones apocalípticas alucinantes –como que los terroristas habían envenenado el agua potable– que se vio en aquellos días.

La frustración y la única opción viable

Un reproche que sin duda se le puede hacer a Iliescu es que no esclareciera nada de lo ocurrido en los seis años en los que fue presidente (1990-1996; luego sería reelegido en 2000 por otros cuatro años). A mi modo de ver, Iliescu dependía en gran medida del ejército y la Securitate para mandar, y no es descabellado pensar que ofreció no investigar sobre las conductas menos honorables de militares y agentes a cambio de su apoyo en la transición democrática.

Una frustración muy extendida sobre la revolución es que la presidencia acabara en manos de un comunista como Iliescu y la mayor parte de cuadros de Ceausescu siguieran en posiciones de poder en la Securitate, el ejército, la política o el mundo privado a través de las conexiones labradas durante años. A diferencia de Polonia, Hungría, Checoslovaquia y otros países del bloque, la Rumanía comunista no había permitido la menor manifestación pública de descontento público u organizado en cuarenta años. Cuando cayó Ceausescu no existía en Rumanía un Havel o un Walesa. La disidencia era una cosa privada, aislada y completamente heroica pero sin resonancia entre unas masas cinceladas en el ideal gris y ultraconservador del comunismo ceausesista que votaron a Iliescu hasta el 96 (con más del 80 por ciento de los votos en las elecciones de 1990).

Iliescu fue, supimos después por las urnas, la opción que más reflejaba la voluntad del pueblo, la más democrática aunque no se encuadrara en lo que los más entusiastas demócratas esperaban entonces de la democracia. Pero sobre todo era la única opción viable. El único apparatchik influyente que podía ser escuchado por el ejército y la Securitate y era a la vez respetado –todos los que le conocieron en sus diversos cargos hablan de su talante conciliador, racional y humano– por la gente y las embajadas extranjeras y tenía capacidad de negociar y adaptarse.

Como presidente, Iliescu fue incapaz de liderar un proceso de reforma económica transparente y eficaz, y su legado estará siempre marcado por el uso que su administración hizo de las hordas primitivas de mineros del Valle del Jiu para reprimir a los manifestantes que protestaban contra su gobierno en 1990, un acto totalmente innecesario si se tiene en cuenta que acababa de barrer en las primeras elecciones democráticas.

Pero desde que llegó a la presidencia trabajó por acercar a Rumanía a la OTAN y la Comunidad Europea, por devolverla al espacio occidental al que pertenecía por vocación, si no también por historia. Pese a que la población lo adoró y el ejército y la Securitate reciclada no eran ningún estímulo democrático, Iliescu no intentó convertirse en un Putin como bien habría podido hacer. En 1996 reconoció su derrota ante el candidato de centro-derecha, Emil Constantinescu, y Rumanía confirmó la solidez de su democracia con su primera alternancia.

Treinta años después de aquella revolución nada modélica el país es miembro de pleno derecho de la Unión Europea y la OTAN y parte indiscutida del mundo occidental al que soñaba con regresar en el 89. Al valorar la rebelión del 89 y lo que se ha conseguido desde entonces muchos en la derecha rumana –tan infantil y purista como parte de la izquierda española cuando condena nuestra transición por franquista– se compara con Polonia y Hungría y lo tira todo a la basura como un enorme fracaso. Es una forma de verlo, pero en la Navidad del fusilamiento de Ceausescu Rumanía estaba más cerca de Albania que de Hungría y Polonia.

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