Winnie Mandela, un producto del enemigo, pero también de ella misma

La mujer de Mandela, que se convirtió en fuente de inspiración y fuerza para la juventud negra durante el encarcelamiento de su marido, murió hoy hace un año en Johannesburgo.
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La primera vez que hablé de Winnie fue en una cena con periodistas, en 2013, cuando era corresponsal de la Agencia EFE en Johannesburgo. Aún no había muerto Nelson Mandela, y en la mesa se repasaba su vida con aportes de información desiguales. Yo acababa de llegar a Sudáfrica, y al ver lo poco que tenía que decir me alarmó mi ignorancia sobre el asunto. ¿Cómo iba a cubrir la muerte y la despedida de Mandela sabiendo tan poco? ¿No haría un tremendo ridículo, si alguien comparara mi trabajo con el de mis colegas de la competencia? Pero en los días siguientes leí El largo camino hacia la libertad, la autobiografía de Mandela, y ahí estaba todo lo que decían mis colegas.

Creo que hice una buena cobertura de la muerte de Mandela, y también que me hubiera sido más difícil hacer lo mismo con el adiós de Winnie, que murió hace hoy un año a los 81 años en Johannesburgo después de varias operaciones e ingresos en el hospital. Winnie emerge en la autobiografía de Mandela como la joven y bella trabajadora social que el entonces abogado conoció en una parada de autobús de Soweto, y se convierte después en la mujer combativa y leal que apoya a su marido en la clandestinidad y la cárcel y resiste, desafiante y orgullosa, el acoso y el ensañamiento del Estado racista.

A la dimensión política de su entonces marido, Winnie sumaba la familiar: la mujer del enemigo número 1 de la Sudáfrica blanca no solo plantaba cara al sistema que condenaba a millones de personas a no ser más que animales de carga; mientras lo hacía debía proteger a su familia, cuidar de sus dos hijas y darles las pocas certidumbres que podía en un contexto que obligaba a su pueblo a elegir entre la humillación o la guerra.

Después del encarcelamiento de Mandela, Winnie se convirtió en fuente de inspiración y fuerza para una juventud urbana negra que se rebeló contra la placidez de generaciones anteriores alzándose alzándose contra la opresión blanca. A esos estudiantes les dio ejemplo, altavoz y resonancia, y a sus madres consuelo, cuando sus hijos morían o eran encarcelados y castigados. Winnie también fue detenida y torturada. Sus dos hijas, Zindzi y Zenani, crecieron acostumbradas a las razzias nocturnas de la policía. Durante más de un año estuvo presa en régimen de aislamiento, una experiencia que, según escribió la propia Winnie y recordó en su obituario el New York Times, fue la que le cambió, la embruteció y le hizo saber “lo que es odiar”.

Una de las fotos más conmovedoras que hay de Winnie se la hizo Peter Magubane en el gueto negro del Orange Free State al que fue confinada por el Gobierno del Partido Nacionalista afrikáner en 1977. Brandfort, se llamaba el municipio en el que estaba el gueto, y allí Winnie experimentó como no lo había hecho antes la brutalidad -profundamente enraizada en la mente de la población blanca y conservadora afrikáner que allí vivía- a la que se sometía a los negros bajo un sistema construido sobre los fantasmas del desprecio y el miedo al otro.

En los explosivos e ingobernables ochenta Winnie se saltó la orden de destierro que la alejaba de Soweto y regresó al township sabiendo perfectamente “lo que es odiar”. Mientras su marido aprendía afrikaans e iba forjando el discurso conciliador que probablemente salvó a Sudáfrica del desastre de transición que vivieron muchos de sus vecinos, Winnie fundaba en la efervescencia del mayor y más urbano gueto negro de Sudáfrica un reino de delirio y terror. El alcohol, los funerales de los compañeros de lucha caídos y la infame práctica de prender fuego a los neumáticos que se les ponían a modo de collar a los sospechosos de ser chivatos de la policía eran parte de la nueva rutina de Winnie, en la que tenían un papel central sus muchachos del Mandela Football Club. Este equipo de fútbol con más de 50 integrantes y equipos en una decena de divisiones era la enloquecida y entregada guardia de corps de Winnie, a la que llamaban con devoción Mummy y de la que seguían obedientes todas las órdenes.

En 1991 Winnie fue condenada a seis años de cárcel -que no cumplió- por su implicación en el secuestro y la paliza que precedió a la muerte (1989) del activista antiapartheid Stompie Moeketsie, que fue asesinado por el entrenador del Mandela Football Club cuando tenía 14 años al ser señalado como un impimpi (delator). De creer al entrenador del equipo y asesino convicto de Stompie, Jerry Richardson, Winnie le dio las órdenes para que matara a Stompie y a otros tres jóvenes: otros dos supuestos impimpis y una chica embarazada que había seducido a un joven camarada del que ella estaba enamorada. Jerry Richardson hizo estas afirmaciones durante su fallida petición de amnistía en la Comisión para la Verdad y la Reconciliación. Winnie nunca fue juzgada por estas muertes, y Richardson -que había confesado su adoración por Mummy y se quejó de haber sido utilizado y abandonado por Winnie junto a sus jugadores- murió en la cárcel en 2009 mientras cumplía cadena perpetua por matar a Stompie rajándole la garganta con unas tijeras de jardinería. En su veredicto, el juez Stegmann llamó a Winnie “mentirosa desvergonzada y sin principios”, por su conducta poco honorable durante el juicio.

Winnie fue acusada de ser la autora intelectual de otro asesinato, el de su médico personal, Abu Baker Asvat. El doctor, de origen indio, fue tiroteado en su consulta de Soweto un mes después del asesinato de Stompie por sicarios que dijeron actuar pagados por Winnie. Asvat habría examinado a Stompie en casa de Winnie horas antes de morir, cuando el adolescente ya estaba gravemente herido por las palizas de los hombres de Richardson. Además, el médico personal de Winnie se habría negado a hacer un certificado falso para implicar al reverendo metodista Paul Verryn en un caso de abuso de menores. Verryn, de raza blanca y enemigo declarado del régimen segregacionista, ejercía su ministerio en Soweto y había ofrecido refugio de la policía a Stompie y a tres jóvenes más secuestrados junto a este por el Mandela Football Club. Los cuatro jóvenes fueron torturados por sus secuestradores para que acusaran al reverendo de abusar sexualmente de ellos. Al parecer, Winnie pretendía de esta forma destruir la reputación entre la comunidad de Verryn, cuya labor entre la gente le hacía sombra.

Los años noventa comenzaron para Winnie y su todavía marido con la que quizá sea la imagen más icónica de los dos: el fiero activista revolucionario convertido en anciano venerable con trazas de estadista levantando el puño junto a una Winnie mucho más joven (se llevaban 18 años), aparentemente relajada y tan feliz como los rostros que les seguían en segundo plano. Pero el reencuentro fue de todo menos fácil. La Winnie que recibía a Mandela era una mujer dispuesta a cobrarse los servicios prestados a la causa y a vengarse de los enemigos que tanto la habían hecho sufrir. Era normal que no encajara con el hombre sereno y convencido de la necesidad de una transición pacífica que salió de la reclusión de lujo que la clase dirigente afrikáner le había dispuesto en la recta final de su cautiverio.

Casi tres décadas después de que Mandela comenzara a cumplir su pena Winnie no podía ofrecerle la menor intimidad al esposo que más la necesitaba. La guapa trabajadora social de la parada de autobús de Soweto tenía a su disposición -y no lo ocultaba- a otros hombres, más jóvenes y que compartieron con ella el ambiente inflamado de unos townships sudafricanos que a Mandela debió de costarle reconocer al volverlos a ver tras ser liberado. Todo ello llevó al que seguramente era en esos momentos el hombre más amado del mundo a pedir un divorcio contra el que ella luchó con uñas y dientes. Winnie pidió para aceptar la ruptura una indemnización millonaria, que compensara tras media vida de dolor y sacrificios por ser la mujer de Mandela la renuncia a ser su esposa cuando más valía la marca.

Los asesinatos y escándalos de Winnie le cerraron cualquier puerta a las más altas poltronas políticas, pero la magnitud de su leyenda y el apellido de casada que siguió llevando y la salvó de la cárcel evitaron su completa caída en desgracia. Winnie fue diputada (una diputada estéril y ausente) del Congreso Nacional Africano hasta el día de su muerte, y desde las posiciones políticas que ocupó se vio involucrada en casos de corrupción por los que llegó a ser condenada.

La Winnie que yo conocí en mis días en Sudáfrica quería ser una abuela bondadosa, y hasta cierto punto lo era: de las que barren debajo de la alfombra para no hacer saltar por los aires la familia cuando hay problemas. No es de extrañar que así fuera, porque otros antes hicieron lo mismo por ella. La vieja Winnie conflictiva volvió a asomar después de que se supiera que Mandela la había dejado sin herencia, cuando acudió sin éxito a la justicia para reclamar la casa que el expresidente tenía en su pueblo natal de Qunu.

Esta misma abuela bondadosa avaló en 2016 la película sobre su marido El largo camino hacia la libertad, después de aprobar un guion bastante más crudo con ella de lo que lo fue Mandela en el libro autobiográfico en que se basaba la cinta. La película no escamoteó a los espectadores episodios incómodos de la vida de Winnie, y mostró en cines de todo el mundo la infidelidad -su infidelidad más sonada y sus problemas con el alcohol.

La agonía y el funeral de su exmarido fueron su última gran función pública. Hasta el día del entierro, Winnie estuvo a los pies de la cama primero y después del féretro en plano de igualdad, sino de superioridad jerárquica, con la mujer con la que Mandela había elegido para acabar de vivir sus días, Graça Machel. Su actitud le valió críticas, pero también hubo interpretaciones más halagüeñas para Winnie, según las cuales el Mandela en retirada había regresado a su gran amor, a la mujer a la que seguía queriendo pese a haberse prometido no volver jamás con ella.

Un año después de la muerte de Winnie, no creo que sean muchos los sudafricanos que lamenten que se impusiera la apuesta por la convivencia del que fuera su marido sobre el discurso vengativo que promovió ella. Sudáfrica es hoy una democracia estable y vibrante, y cuenta con la más sólida y amplia clase media negra de África, logros que difícilmente se habrían conseguido si el país hubiera seguido el ejemplo de transiciones más à la Winnie como las de Mozambique o Zimbabue. Pero muchos sudafricanos negros tienen con esta mujer tormentosa y atormentada una relación especialmente estrecha, en la que le perdonan las atrocidades que promovió y los demás errores y abusos. Porque la historia de Winnie representa para ellos como ninguna otra los atropellos, tanto políticos como personales, que han sufrido -y en algunos casos siguen sufriendo-. Porque Winnie se enfrentó al poder que los infligía con la rabia que sale de las entrañas, y porque -sabiendo que no era lo correcto- el cuerpo les pedía desquitarse como proponía ella, más que ver a sus líderes hacerse fotos con el enemigo.

Por méritos propios, su marido se convirtió en una figura universalmente venerada. Ni siquiera algunos de los blancos más racistas escapaban al hechizo. Mandela era para ellos un negro excepcional, un fenómeno casi milagroso de la naturaleza, un accidente raro e histórico que no desmentía en lo fundamental su impresión negativa sobre los de su raza. Por su deriva cruel, cínica y nihilista, Winnie perdió el favor de la opinión pública internacional, y, por razones obvias, no contaba con simpatía entre los blancos. Era pues patrimonio exclusivo de los negros, una reserva espiritual, identitaria y visceralmente moral que no debían compartir con el enemigo ni con nadie. Mientras Mandela se convertía en un personaje de Disney y representaba a ojos de millonarios bienintencionados necesitados de buenas causas el modélico proceso de reconciliación que tan bien quedaba en el cine, la proscrita Winnie mantenía entre los suyos la pureza como icono de resistencia. A ojos de las víctimas del apartheid, sus aristas y contradicciones, sobre todo las más desagradables, reflejaban mejor una historia y unas vidas demasiado ásperas para cuadrar en el final de un guion de Hollywood.

“Soy un producto de las masas de mi país y un producto de mi enemigo”, dijo Winnie en cierto momento. Fue una descripción atinada, pero incompleta, porque también fue un producto de sí misma, y suya fue la responsabilidad última de promover la quema de seres humanos vivos y el secuestro y el asesinato de los jóvenes que murieron a manos de su cohorte criminal en chándal de fútbol.

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