Crónica del circuito interior

Francisco Goldman no cree mucho en una identidad propia de los habitantes del DF, ni de los mexicanos en general. Lo que hace es sumergirnos en el recuento de su vida cotidiana de la ciudad de México.
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En la antigua Grecia se creía que la melancolía se vinculaba con la sabiduría. La idea de que los humores adustos nos ayudan a entender el mundo sigue viva hasta nuestros días. Creo que algo similar le ocurre a Francisco Goldman, escritor norteamericano nacido en Boston de padres inmigrantes, un ruso y una guatemalteca. La melancolía que sufre por la muerte de Aura, su joven esposa mexicana, parece ser una guía que lo conduce a explorar la identidad de los mexicanos. Aunque el problema del carácter del mexicano parece un tema agotado, de vez en cuando se publican reflexiones que nos sorprenden por su agudeza. Es lo que comprobamos en el libro que acaba de publicar Goldman, The Interior Circuit: A Mexico City Chronicle (Nueva York, 2014), una asombrosa zambullida en la identidad chilanga. Por supuesto Goldman no cree mucho en una identidad propia de los habitantes del DF, ni de los mexicanos en general. Lo que hace es sumergirnos en el recuento de su vida cotidiana de la ciudad de México antes y después de la muerte de su esposa, con la que vivió apenas cinco años. Su libro ofrece además una ilustración de las actitudes mexicanas cuando se confrontan con el Otro, especialmente sintomática si se trata de un gringo extraño, intelectual, simpático, izquierdoso y amigo de la bebida.

En la crónica de Goldman el circuito interior es, además de una vía de tránsito rápida, la metáfora de los cortocircuitos interiores que le provocan el amor y la muerte de Aura, y por ello alude al conocido poema de Efraín Huerta que termina así: "Amor se llama / el circuito, el corto, cortísimo / circuito interior en que ardemos". El circuito interior es también el nombre de su proyecto de navegación —con la curiosa ayuda de la Guía Roji— por la ciudad de México. Para ello pasea por su memoria y se lanza a circular por el DF en busca de la identidad caótica y turbulenta de los chilangos. Durante el periplo circulatorio se pierde, recibe palizas, se emborracha, se junta con la bohemia hípster, es atropellado y conversa con intelectuales.

¿A dónde lo lleva su viaje? Lo lleva siempre al mismo lugar, a la muerte. Pero Goldman trata de evitar los lugares comunes sobre la "muerte mexicana". Su crónica lo regresa siempre a la muerte de su esposa, y desde ese vórtice explora la violencia, la nota roja, el mundo de los asesinatos ligados a narcotraficantes, el culto a la Santa Muerte. No encontramos (por suerte) tesis psicológicas o sociológicas en la buena prosa de Goldman; nos enfrentamos más bien a la crónica de su visión apasionada y de sus experiencias durante veinte años en México como si fuera un caballero andante -él mismo lo dice- que quiere salvar a la ciudad de México de la muerte. La ciudad, en esta crónica, es un ser palpitante y vivo lleno de energía con el que establece una relación intensa y con frecuencia irónica. El DF, para Goldman, es el último bastión que todavía resiste contra la restauración completa del PRI en México. La exploración de las fibras que cruzan la vida cotidiana en el DF le permite abrigar cierta esperanza de que la peculiar cultura que la impregna pueda enfrentar la restauración del antiguo régimen.

Sin embargo, los capítulos donde presenta su argumentación política dejan mucho que desear: son muy inferiores a la crónica de su circulación personal por la ciudad. Goldman no le hizo caso a su esposa Aura cuando ésta, al oírlo alabar al Peje, lo regañó, le dijo que no tenía ni idea de lo que decía y le prohibió hablar de política mexicana ante ella. Desgraciadamente no hizo caso a este consejo, y lastra su libro con largas disquisiciones panfletarias y propagandísticas en elogio del anterior gobierno del DF. Hay en su texto una veta de izquierdismo ingenuo muy propio de los estrechos ambientes radicales norteamericanos. Pero todo esto no logra opacar su iluminadora búsqueda, en las entrañas del DF, de los nervios íntimos que mueven a sus habitantes.

A los intelectuales mexicanos les fascinarán sus recorridos por los espacios que les son caros, desde el Coyoacán de los años ochenta hasta las colonias Hipódromo y Roma de los años recientes. Goldman dibuja una geografía imaginaria que expresa muy bien la realidad dura a la que nos enfrentamos quienes vivimos en la ciudad de México. Hay que agradecer que un extranjero tan cercano a México nos devuelva la sensación de que vale la pena, a pesar de todo, vivir con intensidad los circuitos interiores de la ciudad.

(Publicado previamente en Reforma)