El héroe que vino del frío

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Entrevista con Adam Michnik

Aunque su uso suele ser hiperbólico o irónico, la palabra “héroe” consigna, en la segunda acepción del María Moliner, a alguien que es capaz de realizar una hazaña extraordinaria y para la que se requiere mucho valor. Adam Michnik es lo más cerca que he estado en mi vida de alguien hecho de esa madera escasa.

Hijo de una familia de judíos laicos polacos, supervivientes del exterminio nazi, Michnik fue educado en los valores universales que decía defender el comunismo: la igualdad y la libertad. Pronto, el contraste entre esos enunciados y la dura realidad de la Polonia de posguerra fue tan abismal que fundó, en la misma adolescencia, el club de los “cazadores de contradicciones”. Matriculado en historia por la Universidad de Varsovia en 1964, con dieciocho años, no terminará sus estudios universitarios hasta mediados de los años setenta, en la Universidad de Poznan. En medio de todo esto, largos periodos de cárcel: la primera vez, por organizar unas jornadas de discusión junto al filósofo Leszek Kolakowski, quien no tardaría en tomar el camino del exilio, y la segunda, por la imperdonable pretensión de montar una obra de Adán Mickiewicz, el romántico decimonónico. Incapacitado por las autoridades para trabajar como historiador, se desempeñó como obrero, donde entró en contacto con las semillas de lo que sería el movimiento de Solidaridad de Lech Walesa.

Para resumir el vértigo de su vida, digamos que volvió a la cárcel dos veces más, siempre por cortesía de la dictadura de su país (no en balde su único libro en español se titula justamente Cartas desde la cárcel y otros escritos), que vivió en París en el invierno de 1976-77 (de ahí los rudimentos de lo que él mismo califica como su “bárbaro” francés), que fundó varias samizdat, participó activamente en el movimiento de Solidaridad y que fue uno de los protagonistas de las Conversaciones de la Mesa Redonda que llevaron a su país a ser el primero de la órbita soviética en dejar atrás la dictadura, a través de un pacto entre los militares en el poder y las fuerzas de oposición. Después, en lugar de dormirse en sus laureles, fundó el periódico Gazeta Wyborcza, que ha sido azote de los poderosos, de todo signo, en la Polonia contemporánea.

Un amigo nos dio el pitazo: Adam Michnik pasa de incógnito sus vacaciones en México y se hospeda hasta mañana, antes de partir a recorrer el sureste en viaje privado, en un hotel de la avenida Reforma de cuyo nombre prefiero no acordarme. Abusando de su generosidad y del nombre de Letras Libres, accedió a una breve entrevista de media hora. Jueves. Octubre. 2007. Dos horas después, acompañados de su mujer Helena, enfrascados en una nueva ronda de cocteles margarita, y con la grata compañía de un piano de bar maravillosamente desafinado (justo contrapunto al tráfico de la calle), mi única preocupación era: cómo voy a transcribir este caos lingüístico, esta ensalada de temas y pasiones, mitad en francés, mitad en inglés, y el resto en mímica y ruido (sí, ya sé que dos mitades forman un entero), en una conversación inteligible. La hipótesis de trabajo de la entrevista era una nueva victoria de los diabólicos gemelos Kaczynski en Polonia, aserto que resultó desmentido a los pocos días, para fortuna de los polacos y anacronismo de esta plática. Hela aquí.

– Ricardo Cayuela Gally

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