Churchill, de Bédarida, y Winston Churchill, de Haffner

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Tener y no tener destino

Los exégetas de Winston Churchill son legión, y en sus filas se cuentan lo mismo hagiógrafos resueltos que enconados detractores. Ha sido el “héroe de nuestro tiempo” y el culpable también de las 250,000 bajas, entre muertos y heridos, que arrojó el fiasco de los Dardanelos en 1915; el defensor a ultranza del colonialismo con rostro humano que desea conservar el Imperio, pero que describe al Mahatma Gandhi como un “faquir oriental” y “fanático malhechor”; el “hombre del Destino” que guía a la nación en su hora más alta durante la Batalla de Inglaterra, y el embustero ahogado en whisky que contrata a un actor para que lea sus discursos en la radio mientras la Luftwaffe siembra el terror desde los cielos de Londres; el aristócrata reformista, el escritor prolífico y aficionado a la pintura que prodigaba injurias y tormentos cuando lo ganaba la depresión, su “perro negro” de toda la vida.
     El más reciente episodio de esta oscilación obsesiva respecto a la figura de Churchill fue protagonizado por Christopher Hitchens en Atlantic Monthly (abril 2002). En una más de sus célebres diatribas, el experto en derribar pedestales y desmantelar reputaciones le colgó a Churchill “las medallas de sus derrotas” por su desempeño como estadista impar y máximo señor de la guerra entre 1940 y 1945: en su cruzada contra las huestes de Göring, argumenta Hitchens, la Royal Air Force nunca estuvo en abierta desventaja numérica ni mucho menos estratégica; los pilotos ingleses libraban la batalla en su propio espacio aéreo bajo el paraguas de un eficaz escudo de radares, y si lograban sobrevivir al ser derribados —sucedía con frecuencia—, podían regresar a combatir en cuestión de horas; la Royal Navy era, por mucho, superior a la Kriegsmarine; el plan para un desembarco alemán en Inglaterra, la famosa Directiva 16, nunca dejó de ser más que un proyecto que el propio Hitler pospuso hasta su completo abandono; la muy manida relación especial entre Churchill y Roosevelt estuvo signada en realidad por una profunda desconfianza y una incomprensión y antipatía mutuas. Guerra declarada contra el mito, el incidente del Atlantic Monthly provocó, desde luego, la respuesta airada de más de un patriota, entre ellos el historiador británico Paul Kennedy. Cincuenta años antes, otro eminente inglés, Isaiah Berlin, publicó en la misma revista sus personales y elogiosas impresiones sobre Churchill. En el recurso a la imaginación histórica y en la exaltación de la voluntad, Berlin encontró los atributos que le permitieron a Churchill transmitir a sus conciudadanos el valor y arrojo necesarios para enfrentar la amenaza nazi; Churchill fue entonces el artífice de una odisea nacional en la que él mismo personificaba a Ulises, “un héroe mítico que pertenece tanto a la leyenda como a la realidad” —concluía Berlin. Pasada la hora del peligro mortal, el titán se convierte de nuevo en un hombre de carne y hueso: le sucede a cualquiera, sobre todo a los héroes —cuya valoración suele ser directamente proporcional a la altura desde la que caen.
     Por arcaico que pudiera parecer, el trasunto del Genio y la Figura de Churchill mantiene tal actualidad que incluso un historiador académico como François Bédarida inicia la observación in vitro de su sujeto de estudio, no sin antes abordar el inmemorial y carlyleano problema del lugar que ocupan los grandes hombres en la historia. Más cercano a Raymond Aron que a Fernand Braudel, Bédarida ofrece la respuesta por excelencia del historiador liberal: “Resulta un imperativo categórico del campo biográfico preservar el espacio propio de la contingencia. Aquí la libertad debe siempre primar sobre el determinismo.” Católico y especialista en la Segunda Guerra Mundial, Bédarida se acerca a la historia como quien se inclina sobre un texto litúrgico. Menos lejano está aun de Léon Bloy, explorador en el alma de otro coloso, Napoleón: “No hay un ser humano capaz de decir, con certeza, lo que es. Nadie sabe lo que ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus acciones, sus sentimientos, sus pensamientos, quiénes son sus prójimos más cercanos entre todos los hombres.”
     Pero la libertad es también incertidumbre, materia informe y oscura; y no menos difícil es negarse el privilegio de un destino que arroje luz, sentido y finalidad sobre ella, ya sea a la hora de enfrentar las adversidades incomprensibles de la guerra o al escribir una biografía.

¿Cómo negarle a Churchill el status de visionario cuando la evidencia es irrefutable, cuando están ahí, on the record, sus disquisiciones tempranas —anteriores incluso a las del entusiasta de los bombarderos Giulio Douhet y del penetrante y esquivo Ernst Jünger— sobre el uso del tanque y el avión como medios idóneos para mantener el movimiento en las guerras de la edad de la técnica? Para el historiador liberal, la función de la crítica y del juicio ponderado es servir de antídoto contra la tentación integrista que busca adjudicar sinos ejemplares y hados definitivos. Bédarida es implacable: como líder incontestado en la conducción de la guerra y la diplomacia, en más de una ocasión Churchill demostró ser un estratega deplorable cuyo carácter, impulsivo y obstinado, se traducía en planes improvisados y proyectos irrealizables. No menos escandalosas eran sus proverbiales dotes de control freak y su particular inclinación a inmiscuirse y entorpecer las misiones de sus generales y almirantes.
     Si alguien tuvo razones para ser un admirador incondicional de Churchill, ése fue Sebastian Haffner, periodista exiliado en Inglaterra y autor de Historia de un alemán, la novela de un hombre solo contra el régimen nazi. Más llano y directo, sin todo el andamiaje sinfónico del Doktor Faustus de Thomas Mann, Haffner también se interna en la noche de la posguerra alemana y alumbra los resortes de violencia y descontento que propulsaron el ascenso del nazismo. Haffner publicó su Churchill: una biografía en 1967, cuando muchos de los papeles privados y los archivos de su personaje todavía se mantenían guardados bajo llave. No usufructuó, por lo tanto, la inmensa correspondencia de Churchill, especialmente la dirigida a su esposa, Clementine, y en la que se revelan, como en sus discursos, la claridad de pensamiento, la agudeza, la mala leche, el wit y la tremenda solidez de ideas que mantuvo a lo largo de su vida. Su aproximación al Último León es, por así decirlo, equilibradamente parcial: avanza sobre todo por instinto y con mucha prudencia. Incluso al recordar las dolencias nerviosas y físicas del padre, debidas a una terrible enfermedad venérea según el secreto a voces, el biógrafo opta por el pudor y prefiere “correr un espeso velo”. Hace de Churchill un clarividente: refiere el memorando que escribió en 1911, Los problemas de la estrategia militar en el Continente, en el que detallaba acertadamente el avance del ejército alemán a través de Bélgica en su marcha hacia París —de acuerdo con el Plan Schlieffen, del que Churchill lo ignoraba todo— y profetizaba la eclosión de las movilizaciones en el frente occidental exactos cuarenta días después de iniciada la Primera Guerra Mundial. Haffner procede en más de un sentido como Bédarida, y reconoce el peso de la ininteligible fortuna; tal es el caso, por ejemplo, del ascenso de Churchill al poder en la siguiente conflagración, gracias al fracaso de la expedición de Noruega de mayo de 1940, que él mismo había planeado y dirigido: “Así de imprevisibles, ciegas y caprichosas son las decisiones de la ruleta política.”
     El revival que vive Churchill en estos días incluye a algunos personajes que aspiran a su magnánima y proteica condición. Es fama que Rudy Giuliani y José María Aznar revisan con premura volúmenes biográficos de Churchill en busca de inspiración, y que George W. Bush colocó su efigie en la Oficina Oval. En su columna de El País, Vicente Verdú hablaba recientemente de los sospechosos beneficios que reporta a quienes reclaman para sí la posesión de un Destino: héroes, mesías y visionarios que se contrastan como el agua y el aceite con aquellos que no poseemos “el acta de una inexcusable misión”, gente disgregada, sin cohesión ni proyecto: los sin destino, los que leemos mientras avanzamos hacia el próximo accidente. ~

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