La alberca

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A veces,
     cuando hago mi recuento
     y me detengo, digamos,
     en la primera década,
      
     durante un viaje a la frontera
     con la brutal lámina junto al arroyo
     y el páramo convocado por las llantas,
     los buitres de sobra
     en la rama hueca de algún leño,
      
     o de regreso a la cuadra más veloz
     entre el eucalipto y los adoquines
     remotos de la iglesia,
      
     recaigo en las albercas
     de mi memoria
      
     y recuerdo los pozos iniciales,
     sin geometría,
     reacios al uso de mis piernas,
     tiesos con su limo en mi miedo;
      
     o tan cerca del solsticio
     en la vereda de mi parque
     un balneario público
     con nombre de continente,
     donde nunca vi el agua
     en la pila de cloro
     sino salpicada en el aire
     con los gritos
     que se iban dilatando
     en las manchas de sol
     ese mediodía
     mientras yo miraba crecer
     la huella enorme del lodo
     en el centro de mi toalla
     y algo percibía, creo,
     no sé si de mí
     o de la blancura
     expugnable
     de ciertas cosas.
      
     Pero hay una alberca,
     por encima de todas,
     que me retiene.
     Su oval en la hora justa
     fue tan dúctil
     con cada clavado
     que parecía una maña del cuerpo.
     Estaba en Texas,
     en un motel de autopista,
     y aun al sumergirme podía oír
     cómo los motores raspaban
     mi última visión del pavimento.
      
     Allí, en esa alberca,
     desde mi estatura en el flanco
     descendiente y menos profundo
     tuve toda la mañana
     con los ojos cerrados
     en medio de la luz
     un albedrío tan perfecto
     en los pies y en los brazos,
     un dominio tan exacto de la espuma
     que el fervor de las burbujas
     rotas en mi boca
     al respirar hundida
     en el fondo
     no fue un presagio,
     sino el final común
     de otros días en el agua
      
     cuando apareció el mar más tarde
     con las palmeras borrosas
     en la curvatura de la bahía,
     el estilo raído de un desierto
     caduco en la arena
     y nada nunca
     volvió a ser tan impersonal. –


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