Luces artificiales, de Daniel Sada

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La acción y la conjetura

En su acepción original, no burlesca, la parodia es una suerte de canto paralelo, una voz que incorpora sonoridades vecinas, sin imitarlas. La parodia otorga significados nuevos a expresiones que han quedado en desuso, da vida a lo que, de otro modo, sería letra muerta. La escritura de Daniel Sada (Mexicali, 1953) es, en tal sentido, un complejo ejercicio paródico. En su prosa conviven —otros lo han señalado— la estética del corrido, la poesía del Siglo de Oro y el habla popular del norte de México. Pero ésos son los aspectos más evidentes. En Luces artificiales, efectivamente, los ecos de Góngora, el Piporro y la canción norteña forman un riquísimo coro: pero cuando esos tres elementos dan con la misma entonación aparece una voz única. Sada escribe en una lengua personal donde nos son familiares ciertos modos de decir, aunque las inflexiones verbales inesperadas nos desvían del seguimiento servil de la trama.
     Al superar la primera mitad de la novela, el autor desnuda su forma de construir ficciones: “Milagrosa puerta esa, que trajo la calma, permitiendo a su vez un deslinde prudente de quien presto a recomponer halló en un santiamén dos derroteros: una acción y una conjetura.” Esta suerte de mise en abîme o “puesta en abismo” —el procedimiento que André Gide definió en sus Diarios como la transposición del tema de la obra en el plano de la historia— revela la conciencia narrativa de Sada. Luces artificiales se desarrolla, sí, mediante “acciones” y “conjeturas”.
     Primero las “acciones” (o, si se quiere, la trama). Ramiro Cinco, el nuevo antihéroe sadiano, es un hombre horrible, poseedor de un rostro compuesto por “nariz de hueso de mango”, “ojos saltones”, “labios de intestino grueso” y “horrendas cejas”, como lo describe en algún momento su propio padre, un sujeto también feo pero exitoso en los negocios, gracias a lo cual se hizo de una atractiva mujer. Así, engendró con ella una serie de hermosos y brillantes hijos… con la excepción vergonzosa de Ramiro. Como condición para hacerlo el único heredero de una respetable fortuna, su progenitor (acorralado por la culpa de haber engendrado un monstruo) le exige irse a la capital y cambiarse el rostro. Ramiro decide ganarse el dinero: se va de la ciudad y se somete a una cirugía estética con la creencia de que los días de humillaciones han terminado.
     Luego las “conjeturas”. Como en el resto de su producción novelística, Sada relata mediante un narrador entrometido, que gusta de ironizar y de poner en evidencia las deficiencias de los personajes. Pero eso no le basta: constantemente dinamita nuestras certezas respecto a la trama, pone en duda la validez de las “acciones”, supone, presume, calcula, exhibe las inseguridades de los protagonistas. Este narrador conjetural, de evidente estirpe cervantina, tiene la vocación de relatar historias a la manera de los clásicos, con una prosa pautada en forma tal que bien podemos imaginarlas escritas en verso (aunque Luces artificiales no es el ejemplo más evidente de ello). Sin embargo, sus motivaciones profundas están alejadas de la épica, y su delirio verbal lo acerca más a la narrativa experimental que a las formas tradicionales de contar.
     Los personajes de la novela carecen de las dotes del héroe, son simples individuos que luchan por ser felices en un entorno de pavorosas aridez y medianía. Antes, el escenario era rural o pueblerino; ahora es citadino. Algunos han afirmado que éste es el salto de Sada a la novela urbana. No soy un lector al que le sorprenda la sustitución de los caballos por los automóviles, y encuentro a Luces artificiales instalada perfectamente en la rigurosa búsqueda narrativa a la que nos tiene acostumbrados su autor, más allá del grado de pavimentación de las calles por las que deambulan los protagonistas de sus relatos.
     La historia de Ramiro Cinco es una excusa para reflexionar sobre la identidad, un tema ya trabajado por Sada en su estupenda novela corta Una de dos (1994). Luces artificiales pone a funcionar dos historias: una superficial, la del hombre feo en busca de la felicidad (y la belleza), y otra oculta, donde se plantea el problema de la identidad. La cuestión central es qué tantos cambios ha sufrido la personalidad (o el alma, si se prefiere) de Ramiro Cinco a partir de la transformación de su rostro. El lector descubrirá que hay un núcleo indestructible en el personaje que le impide volverse otro pese a sus cambios físicos y biográficos. Su esencia no se modifica: pese a sus aspiraciones, pese a la medianía de ambiciones, su fidelidad al fracaso permanecerá intacta, como en todo personaje tragicómico.
     Sada respeta rigurosamente los cánones de los géneros clásicos (en este caso la tragicomedia), pero paradójicamente logra su mejor literatura cuando los arrebatos de su prosa se desentienden de ellos. En los momentos en que se concentra mayormente en la construcción dramática, en el “sentido” de la obra, Luces artificiales pierde tensión y se aleja de los mayores logros sadianos. La en todos sentidos monumental Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999) seguirá siendo el parámetro para juzgar el trabajo de su autor, lo que no exime de maestría a su libro más reciente.
     Si el lector busca en esta novela un relato edificante saldrá decepcionado: Luces artificiales nos habla de un destino tan imperturbable como fallido. Pero el deslumbrante dominio verbal del narrador hace memorable la historia. Cualquier minucia anecdótica de hombres mediocres y escenarios del fracaso puede adquirir la dignidad de la epopeya mediante la prosa barroca, delirante, magistral de Daniel Sada. ~

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