Solo a dos voces

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El crítico Sainte-Beuve, que en estas cuestiones mucho se enredaba, afirmó que “l’écrivain est toujours assez facile à juger, mais l’homme ne l’est pas également“. Ignoro —porque aún no lo leo— cómo juzga a uno y a otro el libro Jaime Gil de Biedma (Circe, Barcelona, 2004) de Miguel Dalmau. En todo caso, y tratándose de quien se trata, el escritor y el hombre estuvieron muy mezclados, conformaron casi una única criatura en esa dinámica de la desesperación propia de una conciencia que reconoce el poder absoluto de la muerte, es decir, la inutilidad del combate por la sobrevida, el vacío que aguarda a la vuelta de la esquina, el absurdo fiar en una ilusión —así sea la ilusión artística. Y más: vistas las cosas desde esa perspectiva ambigua y confluente, escritor y hombre apostaron por ser los solos protagonistas de la obra, escritor y hombre vueltos personaje monopólico, facultad rectora, punto de vista dominante. Ambos trazos y trozos a la vez de un monólogo dramático a dos voces de mayoritario carácter autobiográfico que se adueña del centro de la escena, es gobernado por una economía de transacciones y armisticios superpuestos y se administra por un sistema de argucias irónicas y distancias críticas que impiden la grosera y sentimental confusión indiscriminada. Escritor y hombre, entonces, convertidos en personaje, o al menos inequívocamente identificados con el personaje, personaje en el que tanto la personalidad como la emoción de uno y de otro —y el remordimiento de uno y de otro— buscarán hacerse presentes hasta constituirse en el principal sujeto de interés, hasta ser la clave dramática que alimenta la obra y la piedra de toque de la transferencia literaria que esa obra instiga en sus lectores.
     Que se diera esta concurrencia a medias simbiótica (una asociación íntima, recuérdese, de organismos de diferente especie que se favorecen mutuamente) entre el escritor y el hombre no debe llamar a sorpresa. Gil de Biedma fue un moderno. Alguien, pues, que se afilió al código que contemporáneamente arrancó con Yeats (“I speak in my own person and dramatize myself“), siguió con Eliot (“if a writer wishes to give the effect of speach he must positively give the effect of himself talking in his own person or in one of his roles“), se acompañó con Pound (“in writing, a man’s name is his reference“) y llegó a su vértice con Auden (“the characteristic style of modern poetry is an intimate tone of voice, the speach of a person addressing one person, not a large audience“) y con Connolly (“one should be able to live at least three lives concurrently, and heaven knows how many in rotation“). Otra estrategia literaria, que importa en este esquema, es la que propone Stephen Spender en su World Within World (1959): “I am I: hero of a potential autobiographic novel in which I give the hero and the other characters their real names and their attributes […] I insist that I am a citizen, that I have views and take sides and accept responsabilities, and even hold opinions about public affairs.” Estas figuras fueron los representantes anglosajones de lo moderno, los representantes que Gil de Biedma hizo suyos y que, en especial en los ejemplos de Eliot y de Auden, lo ayudaron a encauzar su idea de lo que la poesía es en un tiempo y en un lugar determinados, a encontrar un tono propio y a trasladar a su obra sus convicciones estéticas. Del lado francés gesticulaba, por supuesto, Baudelaire, el poeta intelectual y sensual, el poeta de l’immonde cité, el poeta de retórica indirecta y no obstante tan próximo semejante nuestro. Nada más lejos, en estas coordenadas, que esos periodos culturales en los que el poeta era de modo explícito y por profesión el custodio o la voz del mito o incluso de una tribu, un grupo social o un culto.
     Ser moderno —ser razonablemente moderno— fue un mandato para Gil de Biedma. Nieto e hijo oscilante de la zona más autorreflexiva de la poesía moderna española, la que va de Bécquer al primer Alberti, de los Machado a Salinas y Guillén y Cernuda, y hermano de José Ángel Valente y Carlos Barral, tal nieto, hijo y hermano supo desde temprano en su trayectoria intelectual que existía una familia común a la que había que aquilatar y honrar. A esa familia, a esa secuencia de progresivos y actualizados alumbramientos de orígenes arcaicos llamada tradición, en la que la poesía procede de otros textos y de experiencias literarias previas, Gil de Biedma no sólo sumó su identidad peculiar, sino que indagó en sus tránsitos y en sus reencarnaciones hasta apropiársela y enriquecerla con rigor y gusto literarios. Muchos de sus ensayos son, en este sentido de analítica pertenencia a un patrimonio iniciático, memorables.
     Persona literaria práctica, Gil de Biedma se ocupó de un campo de acciones y de intereses circunscrito, de tierras firmes y fronteras nítidas, y lo desarrolló. Tal actitud restrictiva explica una característica de su obra: la asunción de un reconocimiento de los propios atributos y de las propias limitaciones, fueran de índole humana o literaria, de modo de lograr que unos y otras de alguna manera coincidan, no se estorben, acaben por protegerse dialécticamente y cuajar artísticamente. Que nosotros, obstinados hipócritas lectores inmersos en las aguas heladas del cálculo egoísta, en la complicidad que transitoriamente creamos con un poema, seamos capaces de aceptar las virtudes y sobre todo los defectos privados que aparecen aquí y allá en una manifestación poética, y además estemos dispuestos a compartir como propias al menos por un momento las alegrías y sinsabores que allí discernimos, es también una marca moderna. Todos, poetas y lectores, somos hijos de vecinos, personas humanas y no divinas, ciudadanos democráticos acaso tocados, en raras y felices ocasiones, por el fulgor fugaz de lo sagrado. Poeta y lector unidos, en el caso concreto de Gil de Biedma, por los influjos seductores y la eficacia expositiva de una sensibilidad que se expresa con sobriedad y habla con una ancha capacidad de emoción y de experiencia. Una sensibilidad —y el dato es decisivo en este contexto de modernidades contiguas— que nos ofrece un testimonio siempre firmado por el escritor y por el hombre que coexisten, un testimonio donde el conjunto (lo que se intenta decir, la belleza de la forma), sin dejar de obedecer a la intransigencia de la inexorabilidad artística, sin dejar de hacer leña de sí mismo en una mecánica de autorreferencias y reproducciones que no cesan, está subordinado a la verdad, a la autenticidad. De ahí, de ese alto rasgo de integridad, nos llegan la sabiduría y la revelación que anhelamos encontrar cada vez que nos adentramos en una lectura, y que tantas piezas de Gil de Biedma venturosamente nos deparan. –


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