El cementerio municipal de Güiria
está a dos cuadras del mar.
Tres, si tomas el camino largo.
Puedes verlo cuando volteas hacia el este:
una masa plomiza que se levanta
como si fuera una misma
ola, un mismo puño encendido.
La hierba del cementerio
crece por todas partes, te llega
hasta las rodillas, a veces más.
Hace años que nadie la poda. No
hace falta: así se mueve como
un oleaje en miniatura, verde y
amarillento, secándose
bajo la flema del sol. La gente viene
y entierra a sus familiares, a
sus vecinos, que el agua les regresó
vueltos extranjeros. Primero aparecieron
tres cuerpos sobre la arena. Luego
once más. Cinco. Nueve. Uno. De nuevo tres.
Habían zarpado una semana antes, camino
a Trinidad y Tobago. Se dice que naufragaron
en el camino, que una ola bruta los volcó.
Se dice que llegaron a la playa de Chaguaramas
y echaron a correr; las autoridades
los persiguieron y apresaron
y depositaron en contenedores industriales
comidos por el óxido: hornos flacos
estrujados por el calor. Habían pagado trescientos
dólares por estar allí. Luego los mandaron de vuelta
y en el regreso una ventolera los hizo zozobrar.
Se dice que los engulló la boca de un animal
que habita en el Golfo de Paria, una serpiente
monstruosa. Se dice que nunca
se fueron, que nunca zarparon porque ahora mira
cómo tienen la boca llena de tierra
del cementerio municipal de Güiria.
Los ahogados mismos no dicen nada. Están
enterrados con los pies hacia el mar, como
si vinieran desde la playa
huyendo y se hubieran desplomado aquí.
Treintaidós cuerpos que no desarrollaron
agallas con suficiente rapidez, que no
supieron cómo trocar sus brazos y piernas
por aletas. Es su culpa, dicen los aduaneros
en rueda de prensa, es su culpa por
aventurarse al agua, siendo animales terrestres.
Treintaidós entierros en el cementerio municipal
de Güiria, a dos pasos o tres del mar. Pagaron
nueve mil seiscientos dólares por estar allí. ~
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