“Honora”, de Flea: mucho más que un disco de jazz

Flea reunió a treinta músicos para explorar el jazz desde la improvisación. En su primer álbum en solitario despliega esa libertad sonora.
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En marzo de este año, Flea, el bajista de los Red Hot Chili Peppers, lanzó Honora, que, tras ser anunciado como un “álbum de jazz”, polarizó las opiniones: por un lado, se elevaron aplausos gustosos; por otro, se manifestaron diversos disgustos. Flea, un músico de alta jerarquía en el reino del rock, estaba, según algunos, deslizándose dentro de un terreno que no le pertenece. Sin embargo, su relación con el jazz, el impulso personal por hacer un álbum de estas características y el resultado final hacen pensar que la incursión no era tan extraña como parecía a primera vista.

El vínculo entre Flea y el jazz se originó en su infancia, cuando se encontró con su primer instrumento: la trompeta. Muy joven la cambiaría por el bajo, que le daría fama mundial. Sin embargo, en su momento la trompeta le permitió incorporarse a diversos proyectos musicales, desde una marching band, una orquesta, hasta una banda de jazz, entre otros. Clave fue también el padrastro de Flea, un jazzista que cierto día invitó a sus amigos a jammear. Flea vivió una revuelta mental al pasar tiempo con beboppers negros; es decir, con músicos que revolucionaron el jazz durante la década de los cuarenta hacia el subgénero que conocemos como bebop: estridente, acelerado, cromático, impredecible, cuya estructura más recurrente es la de tema-improvisación-tema. Aquellos beboppers le preguntaban al joven e inseguro Flea si tocaba; gracias a ellos se dio cuenta de que existía, de que era visto.

En entrevista con Rick Beato, Flea comentó que, para él, Charlie Parker, uno de los padres del bebop (el otro es Dizzy Gillespie), es tan salvaje como un punk. Flea también ha enumerado entre sus héroes a John Coltrane, Thelonious Monk, Miles Davis, Lee Morgan, Freddie Hubbard… “Quería ser como Dizzy Gillespie cuando creciera. Él me abrazó por dentro de su traje. Todavía recuerdo el olor de su loción, su lindo traje, y su amabilidad hacia mí”, relató el bajista a Jimmy Fallon, en The Tonight Show.

Antes de ver esta última conversación, miré la presentación de Flea en el show de Fallon, tocando la trompeta, y mi impresión no pudo ser más desalentadora. “He escuchado a niños tocar mejor”, pensé al instante. En efecto, se trataba de un músico intentando tocar un instrumento que le había sido ajeno por décadas, en un género musical al que no suele dedicarse.

En 2022, Flea decidió retomar la trompeta y tocarla a diario, sin importar que estuviera o no de gira con los Red Hot Chili Peppers. Y no solo fue cuestión de práctica; a pesar de haberse formado en las calles, dedicó estos últimos años también a estudiar lo que él llama “la matemática” o “la parte cerebral” detrás del jazz. Todo esto explica mucho del alma de Honora. El músico utilizó tiempo a solas en su casa para grabar demos, que después fueron desarrollados por treinta músicos, quienes improvisaron sobre las ideas trazadas. No hubo ensayos, solo algunas tomas. El espíritu de Ornette Coleman, el padre del free jazz, marcó la pauta, pero el artista que Flea ha hecho de sí mismo determinó el carácter de Honora.

Cada uno de los temas del álbum ayuda a edificar en nuestros oídos el alma de mil escalones del artista al que me refiero. “Golden wingship”, un minuto de improvisación libre, es el paso hacia “A plea”, segunda pieza del disco. En esta, Flea despega con su energía y velocidad características; las notas de su bajo eléctrico se trenzan con las del contrabajo de Anna Butterss (¡maestrísima!), en una demostración por demás hermosa. La incorporación de Deantoni Parks en la batería, Jeff Parker en la guitarra, Rickey Washington (papá de Kamasi) en la flauta y Flea ¡en la trompeta! dieron luz a un jazz sesentero, medio Lalo Schifrin.

Sorprenden, de entrada, la limpieza, el estudio y el artistry que mostró Flea en el instrumento de aliento. ¿Le ayudaría mucho la postproducción del disco a manos de Josh Johnson? Tal vez no, porque Flea también lució su trompeta en un Tiny Desk Concert, donde los músicos tienen que demostrar en vivo sus capacidades. Quizás lo del Tonight Show con Fallon tan solo fue un mal día, y el mal día de una presentación musical en vivo por televisión depende de muchas cosas.

Flea comienza un slam poetry a la mitad de “A plea” en Honora. Qué euforia. El tema hace recordar la poética de protesta social de los beatniks, también férreos amantes del bebop, quienes solían acompañar su poesía en voz alta con piezas de ese subgénero; y al punk, porque, más allá de una voz melodiosa o armónica, es en el ritmo donde se sujeta la prosodia; la expresividad revienta en onomatopeyas y jazz rock. Flea catapulta frases que arden como: “¡¿Quién es tu vecino?!, ¡¿quién es tu amigo?! ¡Hay odio por todos lados!”; “¡no me importa tu política!”; “¡somos seres humanos!”; “¡todos queremos tan solo ser amados!”; “¿quieres ser valiente? El amor es una de las cosas más valientes que puedes hacer”…

En adelante, “Traffic lights”, escrita por Flea, Josh Johnson y Thom Yorke, es una pieza de ritmo estable, en el que se dibujan múltiples divisiones que van cambiando de timbre. Lleva jazz en brochazos de bajo y trompeta, y la voz característica de Yorke. Es una pieza muy entretenida. Le sigue “Frailed”, que es sexy, sensible, etérea, un espacio extenso de improvisación, cuyas texturas dulces entrelazadas con un bajo áspero e insistente evocan el jazz pop de los años noventa, más o menos por el ala de Sade, aunque ahora sin canto, y con tintes de new age, pero también de psicodelia. Encantadora.

Luego llega “Morning cry”, un hardbop que nos lleva hacia otro sabor de los años sesenta. Esta pieza en el corazón de Honora es lo más jazzístico de todo el álbum; empero, lleva en sí detalles que se salen de aquella época y eso se aprecia porque con ello Flea declara de nuevo: esto es otra cosa.

Una versión de “Maggot brain”, de Funkadelic, forma también parte de este disco, ahora en la declamación cruda de Flea y con una nueva emotividad y tímbrica que se sienten como un Philip Glass que cocina vibráfono, cuerdas y alientos dulces, sobre los que una trompeta improvisa, en vez de la guitarra eléctrica de la pieza original. Siempre es riesgoso meterse con un tema icónico, tan popular y amado, mas esta reinterpretación funciona en sí misma.

Otra pieza a subrayar es “Wichita lineman”, proveniente de la música country, de Jimmy Webb, arreglada como híbrido entre jazz europeo y balada, cuyo distintivo mayor es la voz lamentosa de Nick Cave; y “Thinkin’ bout you”, un tema pop, de Frank Ocean. Flea dice que le encantan estos temas, pero, si no fuese por ello, parecería que los incluyó en un sentido didáctico: con tal de tener una excusa para comunicar en entrevistas una parte de lo que ha hecho el jazz en su existencia, su interés por tomar temas populares y reconstruirlos con timbres y armonías jazzísticas, lo cual se aprecia.

En términos generales, Flea les permitió a los instrumentos acústicos exhalar los detalles de sus vibraciones, algo que es de aplaudirse hoy que la producción suele mutilar los armónicos con sus técnicas. El intérprete de los Chili Peppers no creó meramente un disco de jazz, pero sí uno que es producto del trabajo de un equipo creativo, formado en su mayoría por jazzistas (o, mejor dicho, músicos profesionales), cuya vulnerabilidad logró un gran ejemplo de conexión entre creadores que valoran la libertad y que incorporaron desde su inconsciente (no desde la partitura) los centros de gravedad que han hecho funcionar a la música occidental.

Honora es, además, otro producto que solo pudo haber ocurrido en el presente que el jazz atraviesa. Esa joya, que evolucionó a diversos subgéneros a lo largo del siglo XX, se ha ido transformando en una vía para proyectar emotividad con otras posibilidades estilísticas y estructurales. Esto ha resultado recalcitrante para puristas del jazz (quienes no soportan que “se diluya” en otros géneros), pero también se ha convertido en un motivo de euforia para quienes amamos la novedad musical en cualquiera de sus formas. Aquí recae la belleza de Honora: la cruda vulnerabilidad de Flea le permite admitir sus complejidades como artista y como ser humano, y llevarlas a discursos musicales tan únicos como él. ~


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