Una tragedia tras otra

El escritor ruso Yuri Buida narra con frialdad y humor su infancia y juventud en la Rusia profunda.
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Hace un par de años, un usuario de X recopiló decenas de fotografías de rusos de Kaliningrado, la antigua Königsberg, posando frente a la tumba de Immanuel Kant, que nació y murió en esa ciudad (y no salió nunca de ella). Es, comprensiblemente, la gran atracción de la ciudad. La mayoría de fotos son de los años ochenta y noventa: hay mujeres con cardados, hombres con peinados mullet, y, a medida que pasan los años y llegan los noventa y los dos mil, aparecen los chándales, la gomina y los canis. En esas fotos está la esencia de la ciudad: fundada por los teutones, fue capital de Prusia Oriental, en ella nació el gran filósofo de la Ilustración y, tras la Segunda Guerra Mundial, pasó a manos rusas y se convirtió en un enclave aislado y deprimente, una isla rusa militarizada rodeada primero por otras repúblicas soviéticas (Polonia y Lituania) y luego por la OTAN. Kant y los canis; la Prusia imperial y la Rusia depresiva.

En Ladrón, espía y asesino, el escritor Yuri Buida, que nació en esa provincia rusa un año después de la muerte de Stalin, no habla mucho del pasado de la ciudad. Como ocurre con todos sus habitantes, sus orígenes están en otro lado: después de 1945, la zona se vació de alemanes y fue repoblada por ciudadanos soviéticos. Los padres de Buida provenían de Chuvasia, cerca de Kazán. Para los ciudadanos de Kaliningrado, el pasado alemán de la región es un resto arqueológico; hay también un olvido institucional forzado: los nuevos colonos rusos en la zona eran considerados pioneros.

Aunque narra la vida de una región sin un pasado ruso, Ladrón, espía y asesino es una novela muy rusa. Es difícil no caer en el cliché, pero el libro está lleno de alcohol y borrachos: “Bebían en la fábrica el etanol celulósico […] Bebían la ‘hormiguita’ o alcohol fórmico, bebían agua de colonia y barnices al alcohol, y los que habían pasado por cárceles, untaban un trozo de pan con la crema para el calzado, dejaban el bocadillo al sol para que el pan se impregnase bien de alcohol y después se lo comían. […] Bebían el aguardiente mezclado con la gallinaza rica en fósforo. Bebían los obreros, los maestros, los oficiales.” Hay violencia, depresiones, supersticiones, enfermos mentales, huérfanos, escatología, mujeres promiscuas, machismo, embarazos no deseados, una crueldad desmedida, burócratas mediocres y, de vez en cuando, una sabiduría resignada: “No hay tragedias en la vida, o bien se vive el amor, o bien el vacío. Y para entender la vida ajena hay que vivir la propia”, dice la madre del protagonista. O: “Los héroes se han respetado desde siempre en Rusia, pero el amor lo dejan para los justos. Hoy el héroe realiza una hazaña, salva a sus compañeros de la muerte, defiende la patria, pero vuelve a casa y maltrata a su mujer, y después comete un robo, engaña, se envilece… Los héroes son de un solo uso. La tierra la sostienen los justos, no los héroes.” Buida narra todo con frialdad e ironía, incluso aquello que le afecta directamente, como la muerte de su mujer embarazada o el nacimiento de su hijo.

Aunque planteada como un Bildungsroman, esta autobiografía es en el fondo un entretenidísimo anecdotario y una galería de personajes estrafalarios de la vida cotidiana rusa desde los años sesenta hasta el final de la Unión Soviética. Buida nace en una familia relativamente privilegiada y sus padres son de una clase media cultivada muy común en la URSS: tenían estudios y gran cultura, pero sus trabajos estaban muy por debajo de su cualificación. El joven Yuri descubre pronto la literatura: la familia vive cerca de una central de reciclaje a donde llegan toneladas de libros descatalogados, que se convierten en pasta de celulosa. Allí rescata desde las obras completas de Stalin hasta revistas soviéticas de ciencia ficción. Como todos los jóvenes de la región, madura muy pronto: tiene que sacrificar a su perro con sus propias manos, sufre varias decepciones amorosas (decepciones del estilo otro hombre se queda con tu novia, o tu novia muere en la cárcel en una pelea con lesbianas), ve un par de asesinatos y alguna que otra orgía entre los matorrales junto al río. Descubre que para sobrevivir tiene que ser un tipo duro, pero también que es mucho más listo que los demás.

Acaba trabajando en el periódico provincial, donde se inventa crónicas sobre agricultores modélicos de los koljoses o granjas colectivas. Poco a poco va descubriendo la gran pantomima soviética, un régimen ya en descomposición con la llegada de Bréznev. Es un libro, sin embargo, carente de política e ideología. Aquí no llegan más que murmullos de los cambios de régimen (el aperturismo de Jruschov solo trae nuevos libros de Stalin a la planta de reciclaje, la vuelta a la ortodoxia de Bréznev apenas se nota, y la propaganda no la lee nadie). Los personajes de esta historia son tan irrelevantes que nadie querría perseguirlos ni purgarlos ni disciplinarlos; la opresión totalitaria y el Estado omnipresente soviético no llegan a este lugar: los habitantes de Kaliningrado ya tienen suficiente condena con vivir aquí, en este exilio interior.

Ladrón, espía y asesino es, a veces, un libro agotador. Es un goteo constante de tragedias. Buida les da ritmo, humor y sensibilidad, pero no se dedica a salvar a sus personajes, que están irremediablemente condenados. Es un libro también lleno de belleza: encuentra poesía entre el barro y los arrabales, al borde del río donde se prostituyen las adolescentes, en las tabernas donde se intoxican los veteranos de guerra con estrés postraumático, en la vida apretada, como dice el autor, de los rusos que viven en cuchitriles insalubres. Es un libro ruso contado a la manera rusa, es decir, con resignación: la tragedia es parte de la vida. Bebamos para olvidar. Leamos poesía para recordar. El verdadero infierno es el vacío. ~


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