La noche de María Moreno

Noviembre 1, 2012 | Tags:

Hija de una época violentísima, canalla, María Moreno es una de las escritoras latinoamericanas que más me han impresionado últimamente. Escribiendo crónica incurre con originalidad en un género muy argentino: la traducción del idioma de la barbarie al idioma de la civilización, ruta sarmientina que se hace, ya se sabe, de ida y de vuelta. Viene Moreno del radicalismo intelectual de los años setenta, de la novela trágica de la militancia, del horror de la peor de las dictaduras militares, del leninismo lacaniano, de la admiración por Marie Langer y sin embargo, convertida en portavoz del feminismo y de los travestidos, quien la lea desde la docta ignorancia que impone la distancia geográfica (y hasta política), no encontrará en ella casi nada de la habitual vulgata académica propia de ese perfil contestatario y nada, lo cual es más sorprendente, del resentimiento, de la cultura de la queja, que suele acompañar, fatalmente, al discurso de las minorías y de los géneros.

Orgullosa de ser periodista, tal cual lo dice en el prólogo de Teoría de la noche (Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2011), Moreno domina todos los resortes, los equívocos y las tretas de la no-ficción. Se ufana de reciclar, de autoplagiarse, de devorarse así misma en el banquete del periodismo, una vez que sólo quedan las migajas, las citas, las glosas. Si narra o especula, lo hace obligada no por las circunstancias sino por el imperio de sus obsesiones. Nacida en Buenos Aires, autora de una novela y ensayista, su prosa le habría sido alabada, en tiempos de los viejos modernistas, los nuestros, por varonil, es decir, penetrante, agresiva y pasada el rapto, melancólica.

Educada, bien educada, por dos extremos que en ella se tocan con necesaria impudicia, los de Rodolfo Walsh –la terrible realidad– y Manuel Puig, –la banalidad de todos tan temida, Moreno, obviamente, vive en diálogo con el recién fallecido David Viñas (tan difícil de apreciar fuera de la Argentina y de su izquierda) y con el ubicuo Martín Caparrós, uno de los dos o tres escritores latinoamericanos que dominarán la década. Se presenta como compañera de viaje de los Perlongher, los Copi, los Lamborghini y se soñó, ebria, como Alfonsina Storni en el Café Tortoni o Nora Lange, el gran amor tristísimo de Borges, en el Auer’s Keller.

Sus lectores en México la encontrarán, a Moreno, en sintonía con Carlos Monsiváis, con quien comulga en la obsesión mitofágica. Le preocupan a ella, claro está, los mitos argentinos y a lo largo de Teoría de la noche (una antología de sus textos realizada por Julieta Marchand) aparecen, a la vez monstruosos (es decir, vivos y amenazadores) y remotos (quizá ya inofensivos, inválidos), los figurones–fantasmones de Eva Perón, Carlos Gardel y Maradona, retratado junto con la imposibilidad de hacer una sociología del Boca Juniors, una de esas actividades a las que se sienten obligados, aquí y allá, los cronistas. Se asoman, más presentes de lo que aparentan, Guevara y Borges, quizá los dos grandes y fatales ascetas argentinos.

Ha incurrido Moreno, también, en el elogio de la cosmética, género del cual no suelen salvarse, desde Victoria Ocampo, nuestras escritoras: espejito-espejito. Su “prosa de prensa” disecciona lo mismo a Cecilia Bolocco, la Miss Universo chilena que enamoró al presidente Menem que satiriza a la edificante artista de vanguardia reciclada en charlatana del posmodernismo. Al reflexionar sobre la entrevista que Pinochet le concediera al periodista conservador británico Paul Johnson, Moreno retrata la anglofilia de los chilenos, lo cual convierte a Teoría de la noche en pieza central de la literatura que une y separa a los chilenos y a los argentinos. Pero tampoco falta, en este libro, la penetración del crítico literario puro: leáse su reflexión sobre “el efecto de la voz acusmática” en Gonzalo Rojas, homenaje que no desdeña escudriñar en rincones oscuros de su poesía: el desperdicio del semen, el aborto, la admiración y el aborrecimiento del lesbianismo, el “desnacer” gonzalesco.

Moreno nos introduce en la intimidad de su comadreo cómplice con el agitador chileno Pedro Lemebel y desde esa contracultura homosexual en un tris de volverse, tan sólo, democracia, viaja a los años de la Unidad Popular, contando, en primera persona y memorablemente, sus viajes de juventud al vecino Chile. Dibuja, desde la ostentación de inocencia, aquellos años con mayor tino que los sociológos. El sentimentalismo puede explicar la errancia ideológica  pero no conjurarla y eso Moreno lo sabe al exhibir las querencias de unos días, los previos al golpe militar de septiembre de 1973 sin salir de los límites de un  teatro conyugal verificado en campamento de excursionistas.

Pero si como “testigo de su tiempo” argentino, Moreno importa e importa mucho, reseño Teoría de la noche, sobre todo, por la sobrecogedora intimidad con que ella cuenta, en una introspección de apenas veinte páginas, su vida alcohólica. El asunto me compete. Habría que buscar en alguna confesión inverecunda de Carlos Barral o releer El sueño de los héroes, de Bioy Casares, para encontrar, en español, un espejismo dramático como el de  Moreno, pariente de las pesadillas verificables de Jack London o Joseph Roth: la oposición binaria entre el bar y el hogar, la exaltación mística y hasta política que el alcohólico festeja queriendo sobrevivirse como filósofo de la borrachera, el nomadismo del bebedor y su “soberbia jactanciosa”, la impericia del psicoanálisis para tratar el alcoholismo, la resolución extrañamente nihilista que implica decidirse a no–beber, todo ello visto y vivido desde la singularidad salvaje de ser mujer y ser alcohólica. Todo lo que es barbarie, María Moreno, lo transforma en civilización. Hasta leerla a ella no me había yo percatado de que esa alquima fuese distintitiva de aquellos que, entre los prosistas, me son imprescindibles.

"Su prosa le habría sido alabada, en tiempos de los viejos modernistas, los nuestros, por varonil, es decir, penetrante, agresiva y pasada el rapto, melancólica."

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