Lo que cuenta es la ilusión.

Ignacio Vidal-Folch

Lo que cuenta es la

ilusión. Notas

2007-2010

Barcelona, Destino,

2012, 324 pp.

Hacía siglos que no leía un dietario. Entonces abrí Lo que cuenta es la ilusión y me encontré con esto: “18.801 – Cuando se habla de El malestar en la cultura me zumban los oídos. ‘¿Es a mí?’” De pronto tenía ante mí un enigma (¿qué significaba esa cifra de cinco dígitos?) y un personaje (culto e irónico), que enseguida me encadenaban con otro número parecido (“18.803”) y una historia irresistible: un amigo le deja al autor del libro un bastón que –le asegura– perteneció a Borges, un talismán antibloqueo que le permitirá escribir sin atascos, pero cuando el protagonista trata de escribir un artículo es incapaz de concentrarse, porque el “bastón tenía una presencia demasiado espesa”, de modo que al final se decide a dejarlo sobre el asiento de una Vespa y el objeto precioso desaparece.

La anécdota del bastón reaparecerá al final del volumen de Ignacio Vidal-Folch, para dotarlo de esa estructura narrativa con que los escritores reducimos el riesgo de las propuestas totalmente abiertas y con que los lectores nos calmamos, pues a todos nos asusta la intemperie. El bastón cierra circularmente un libro que no puede cerrarse, porque la vida sigue tras su última página. Pero es necesario ese cierre, como lo es esa numeración secreta que –como la de Lost– mantiene en orden el universo alrededor de la isla que leemos. Junto con esos dos recursos estructurales, otros dos sostienen la unidad del volumen: algunos temas que entran y salen, impulsados por la obsesión o por los vaivenes de la realidad; y, sobre todo, un personaje.

Un personaje capaz de dejar sobre una moto un bastón que perteneció a Borges. Un personaje viajero, que me lleva a defender una vez más la tesis de que la mejor literatura de viajes española se encuentra en diarios, dietarios y cartas, a la espera de ser considerada como tal. Un paseante que hace de la ciudad el ámbito natural del pensamiento, hilando con sus caminatas museos, centros culturales, entrevistas, escenarios y restaurantes chinos. Un personaje ocurrente, que se ve a sí mismo como un misántropo pero en cambio está casi siempre acompañado, a menudo por escritores de todo el mundo a quienes hace de anfitrión, cuando no de amigos (me han parecido perfectas las líneas dedicadas a Marcelo Cohen y a Juan Carlos Castillón). Alguien que recoge la cosecha de lo que antaño sembró: cierta desconfianza, temor incluso, de quienes se cruzan con él y ven una imagen que –como todas– no se corresponde con la realidad.

Las obsesiones son Proust y lo demás. Del escritor francés le interesa todo: biografía, obra, anécdotas y milagros. Entre el resto de los vastos intereses literarios del autor destaca la literatura centroeuropea y de la Europa del Este, un magma en que se mueve como pez en el agua. La tradición hispánica aparece representada en varias de sus facetas: desde el imaginario de la picaresca y la crítica valle-inclanesca hasta la excentricidad de Cirlot, a quien se aproxima en una de las dimensiones más atractivas del libro, al menos para los que vivimos aquí: su barcelonismo. El espacio no es escenario, sino coprotagonista. Incluso cuando Vidal-Folch viaja por Europa o África, yo sentía ahí, latente, Barcelona, como si el cuerpo del escritor se hubiera vuelto indesligable de la materia de la ciudad. Puede parecer exagerado, pero esa fue la sensación de una lectura donde la primera persona es la fuerza que lo mueve todo, hasta los edificios y las calles. Otra exageración: espero que se me entienda. La crítica y el dietarismo, al cabo, comparten eso que el personaje resume así: “Lo que de verdad me ocupa y me preocupa y constituye no lo puedo comentar ni escribir, y no porque no quiera sino porque es indecible.” La ironía es, por tanto, una forma de congelar cierta angustia, que el autor vincula con Hofmannsthal. También aparecen algunas referencias clave a la literatura autobiográfica, desde lo más lejano a lo más cercano: Pepys, Canetti, Pla.

Entre 2007 y 2010, que es la franja temporal de estas notas, España cayó en una crisis y sigue cayendo en ella. La caída se va haciendo más presente a medida que avanzan las páginas. Se desploman las bolsas; aflora y se consolida la pobreza; los periódicos se vuelven monotemáticos; Barcelona se llena de gente que hurga en los contenedores:

Tres millones de desempleados en España.

Hoy leo que por los olivares de Andalucía vaga, de pueblo en pueblo, una trágica tropa de dos mil africanos, en busca de cualquier empleo que alguien quiera darles. Los campesinos, desde lo alto del tractor, ven pasar a lo lejos esa negra procesión, esa Cruzada de los Niños, cuya densidad mengua según van pasando los meses y los kilómetros.

Hasta hace poco en Irlanda tener un caballo era un signo de prosperidad muy extendido. Pero el país ha entrado en bancarrota, mantener ese capricho cuesta dinero, y en consecuencia veinte mil caballos abandonados deambulan famélicos por los campos y carreteras.

Miles de Molloys.

Todo ese material, en que lo vital y lo leído –si la distinción es posible– van entrelazándose en equilibrio, tiene como contrapunto constataciones propias del género: los recuerdos entrañables, el envejecimiento (la necesidad de gafas para leer), las confesiones eróticas no del todo dibujadas, como fotografías tomadas en movimiento. En primer plano: afilados y empáticos perfiles humanos, apuntes de lectura, relatos de paseos y viajes. Y al fondo: el reloj de la vida, que avanza y retrocede con zancadas epilépticas, pese a esa numeración que solamente avanza, desde “18.801” hasta “20.008”. Si los dividimos entre 365 nos da la edad del autor desde que tenía cincuenta y un años y medio hasta poco antes de cumplir los cincuenta y cinco. Ojalá todas las crisis nos brindaran libros así. ~

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