Polanski en Tarantino

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El tercer libro de poemas de Félix de Azúa, aparecido en 1971, tenía el enigmático título de Edgar en Stéphane, y la glosa que el autor hacía en un “Aviso inicial”, sin ser muy aclaratoria, ponía en la pista de Poe y Mallarmé, sus Edgar y Stéphane titulares. Azúa imaginaba un diálogo entre los dos escritores, en el que el francés le decía con cierta arrogancia al bostoniano: “sólo yo hablo de tu muerte verdadera y de tu verdadera resurrección”. No es nada mallarmeana, ni gótica al estilo Poe, The Ghost Writer, traducida en España como El escritor, con un descaro que debería ser penalizado en los juzgados, pues la falsificación del concepto afecta también los diálogos de la película (un título idóneo podría haber sido El escritor a sueldo, descartado lógicamente el más exacto de El negro). Sin embargo, mientras la veía, y sin que el film de Polanski sea en nada deudor de Tarantino, mi cabeza estableció una conexión tan irresistible como perversa entre ambos. Al final de este artículo digo el porqué.

El mecanismo narrativo de The Ghost Writer está entre los más perfectos que he visto en una pantalla. El montaje es veloz, nunca sobresaltado, la topografía hermosa y llena de relieves memorables, la ansiedad del espectador se crea legítimamente, con oquedades pero sin engaños (al contrario del método de Scorsese en Shutter Island), y los actores responden físicamente a sus enigmas interiores, siendo mi preferida de todo el cast Olivia Williams, tan extraordinaria aquí haciendo de esposa del ex premier caído en desgracia como lo era recientemente en el papel de Miss Stubbs, la profesora reprimida de An Education.

Ser cinéfilo no quiere decir ser magnánimo, y me tengo por un impaciente que va al cine con gran frecuencia y se sale de las películas también a menudo, con la misma libertad del lector al abandonar en su casa el libro que no tira de él. Antes de salirme suelo mirar varias veces el reloj, un gesto tal vez atávico que asocio al tedium vitae. No miré el reloj en ningún momento durante la proyección (de madrugada, además, en el Cine Princesa de Madrid) de The Ghost Writer, pero en los últimos cuarenta y cinco minutos de su trepidante narración asomó en mi mente Tarantino y ya no se fue de ella hasta el final. ¿Por qué Tarantino en esta película de Polanski donde no hay apenas humor ni violencia explícita?

The Ghost Writer es un relato fílmico a la altura –que es mucha– del mejor Polanski, el de Frenético, Lunas de hiel (tan incomprendida) o El pianista. El cineasta nunca nos decepciona. Sólo lo hace, en esos cuarenta y cinco minutos finales en que yo le fui infiel con Tarantino, Robert Harris, coguionista del film y autor de la novela en la que está basado: un thriller político sin sustancia, sin densidad, sin mordiente, y en el que la resolución no pasa de ser el parto del monte narrativo tan elevado y sofisticado que antes ha ido escalando Polanski. No contaré nada de la puerilidad en que desemboca la trama, ni de las numerosas inconsistencias, alguna clamorosa, como la de la llegada inmediata a un remoto lugar costero de los Estados Unidos del ministro de asuntos exteriores británico, convocado en una llamada de móvil por el acosado escritor a sueldo.

Robert Harris, un escritor absurdamente sobrevalorado, nos confiesa su filiación hitchcockiana. Hay hijos que no se merecen a sus padres, ajenos en la tumba a tamaña desconsideración. Del mundo de Alfred Hitchcock le atrae a Harris la figura del hombre corriente metido en un universo extraño, y esa parte de su historia funciona muy bien; pero añade Harris en sus declaraciones: “todas mis novelas, en cierto modo, examinan el poder. Me interesa en especial el fenómeno del líder que pierde su influencia. Traté de alejarme de la imagen de Tony Blair cuando me puse a escribir, e inventé una figura política universal”. No sintiendo yo ninguna simpatía por Blair, el pobre se merece algo mejor que la simplificación sufrida en el desenlace de la película, por no hablar de la que castiga al hasta entonces más inquietante personaje de The Ghost Writer, el de su mujer Ruth. Aunque la secuencia final del accidente fuera de campo y el vuelo de las hojas es bellísima, para haberle dado grandiosamente la vuelta al trillado “mensaje” político de The Ghost Writer habría que haber tenido la desfachatez, la falta de sentido de la medida, el humor fou que Quentin Tarantino exhibe en esa otra fábula histórica con esperpento que es su magistral Malditos bastardos. Claro que el director norteamericano se escribió su propio guión, sin la ayuda del mercenario de turno. ~