In memóriam: Antonio Ferres, escritor simbolista

El autor recientemente fallecido pertenecía al grupo de los escritores realistas de los años cincuenta. Su obra se clasificó dentro del socialrealismo, pero tiene una fuerte carga simbólica.
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La muerte de Antonio Ferres (Madrid, 1924 – 2020) ha dado ocasión para poner de nuevo en el tapete el debate sobre el socialrealismo de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Ferres fue el autor más prolífico de ese grupo y el que tuvo mayor relevancia en su momento. Las historias de la literatura escolares han considerado al grupo del realismo social como un movimiento menor, puede decirse incluso fracasado, y que habría sido barrido por otros escritores de los años sesenta que representarían el realismo crítico –Marsé, Martín Santos, Goytisolo–, una forma superior. Contra este estado de opinión vienen levantándose algunas voces que reclaman una revisión del papel de los autores del socialrealismo.

La revisión del socialrealismo es una reivindicación justa, pero no es este mi propósito. Ferres, como es el caso de Zúñiga, compañero en aquel grupo, se resistió a ser etiquetado como socialrealista y, sobre todo, a que la valoración de su obra se redujera a la referencia a la novela La piqueta (de 1959), que fue finalista del Nadal. Tanto Ferres como Zúñiga han apuntado en otra dirección a la hora de categorizar su producción literaria: lo simbólico. Para Ferres, la meseta de Orcasitas, el escenario del desahucio de La piqueta, es un espacio simbólico, no un testimonio realista.

Uno de los aspectos que, al poner la crítica el foco en el carácter militante del socialrealismo, ha pasado desapercibido es su tendencia al autobiografismo. El autobiografismo suele interpretarse en clave realista. Pero tiene una dimensión simbolista quizá más interesante e ignorada. Los grandes autores simbolistas –Dostoievski, Kafka, Calvino– suelen introducir el autobiografismo en tramas de ficción de forma que puede pasar desapercibido y solo críticos avisados pueden detectarlo. En la literatura moderna esa presencia casi clandestina de lo autobiográfico es muy frecuente, pero conviene no interpretarlo en clave literal sino en un sentido puramente simbólico. Suele ser un error en los estudios literarios oponer realismo y simbolismo. El simbolismo moderno se nutre en muchas ocasiones de la experiencia del autor y, por esa razón, tiene un perfil realista.

Quizá la mejor obra de Ferres sea Memorias de un hombre perdido. La clave de esa excelencia es la imagen del hombre perdido. Ferres explica la pérdida por la perplejidad que resulta del fracaso de los empeños de juventud, del voluntarismo. Alejado del dogmatismo burocrático –la versión comunista– sigue siendo un rebelde, pero esa rebeldía se tiñe de pesimismo. Como ha apuntado Sanz Villanueva: “le subleva el ver la pérdida de valores de jerarquía superior o la indignidad en que cae un pueblo a cambio de un relativo bienestar”. Pero “ya no siente ira”. Ese es el hombre extraviado.

La ciudad es el otro gran símbolo de Ferres. La ciudad es el espacio de la lucha por la dignidad. Suele ser un espacio infernal. Podría ser un paraíso, pero es un infierno, aunque también puede tener un sentido positivo. Es vida y muerte, rebeldía y sumisión, libertad y cárcel. En Memorias… se pueden leer muy significativos pasajes dedicados a Madrid. No es casual esa asociación de espacio urbano y rebeldía. Comienza con las páginas que dedica a lo que quizá fue la primera convocatoria de huelga del franquismo: la huelga de tranvías del 22 de mayo de 1951 en Vallecas, convocada por la Estación Pirenaica, y que constituyó todo un acontecimiento para la resistencia antifranquista. En las últimas páginas de este libro Ferres medita ante el conformismo y el consumismo en el que ha naufragado la rebeldía en Madrid, la indignidad del bienestar. Es su derrota.

En los cuentos de Ferres apreciamos la misma simbología ambivalente de la ciudad, sobre todo en su última antología, El color amaranto. Varios de esos cuentos se ambientan en la frontera entre la ciudad y la nada. La lluvia suele estar presente. Pero también aparece la ciudad como utopía. La ciudad es la proyección simbólica del personaje perdido, ensimismado. Por eso en su literatura aparecen ciudades soñadas y ciudades reales. He sugerido cuestionar el realismo social a la luz del material autobiográfico. Ese material conlleva símbolos. La ciudad con sus contrastes y contradicciones y la figura del hombre ensimismado o perdido son elementos más consistentes –por su ubicuidad en la literatura moderna– que las fórmulas publicitarias de las que se ha servido la crítica periodística o académica.

 

 

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