Concepción Cabrera de Armida: La amante de Cristo, de Javier Sicilia

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MARCADA CON FUEGOJavier Sicilia, Concepción Cabrera de Armida: La amante de Cristo, Fondo de Cultura Económica, México, 2001, 518 pp.Esta biografía novelada de Concepción Cabrera de Armida, aquella bellísima potosina de larga vida (1862-1937) que, después de casarse, fundó congregaciones religiosas, dejó un extenso diario místico y murió en olor de santidad, no pretende apoyar la posible canonización de la fundadora de los Misioneros del Espíritu Santo. Es una obra literaria que trata de acompañar una existencia incomprensible, atisbarla con ese "voyeurismo" propio del novelista que necesita salir de sí y penetrar en el otro. ¿Qué ha movido al poeta Sicilia a investigar y contar la vida de Concha? ¿Qué puede mover a un hombre, a una mujer, de ahora, a interesarse en esa fundadora que fue ama de casa y tuvo numerosos hijos, que fue autodidacta y, en rigor, inculta, aunque escribió páginas que son tratados de teología y otras que alcanzan la experiencia poética? Estas páginas eróticas son análogas a las que hallamos en los místicos mayores, cuando los ardores corporales se resuelven en el fuego purificador que religa a la persona con el Creador, sensualidad que no se concreta en criatura alguna. Así, Concha, nuestra Concha, rehace el camino del autor del Cantar de los Cantares, de Teresa de Ávila, de Juan de la Cruz.
     Y, sin embargo, hay algo que se vive como patológico en Concepción Cabrera. Ella parece, en lenguaje barroco, decirle a Jesús que le permita entregarse a él plenamente, cual si le reprochase que la mantenga unida a un hombre al que no ama; al que, empero, reconoce como un hombre bueno, que ella misma prefirió a muchos otros superiores en dinero y alcurnia. En ningún momento le pide que la haga amar a Pancho, su marido. Pareciera que, en su necesidad de ser poseída por Jesús, exigiera, anhelara, se derritiera por padecer la encarnación mística de los elegidos. En su locura (ese histrionismo o histerismo de que nos habla Javier Sicilia), se marca a sí misma el jhs del Cristo salvador, como los becerros que en el rancho paterno veía marcar con el fierro candente. Apresurada, ansiosa de entregarse, no toma las precauciones necesarias; la herida se infecta, padece dolores que podemos imaginar terribles y que oculta celosamente, aun al hombre con el que vive (que no descubre lo sucedido, porque seguramente nunca la poseyó desnuda).
     Lo asombroso es que esa perturbada fue una ama de casa ordenada, una madre solícita, una mujer de una actividad intensa, constante, que conjuntaba la acción, la cotidianidad, la escritura y la contemplación, y que no mostraba al exterior el fuego que la devoraba. Alrededor de ella se hacía el sosiego, la existencia confiada. Los que la trataban sucumbían a su alegría, a sus entusiasmos. Eran contagiados, seducidos y, con frecuencia, reclutados.
     Javier Sicilia no ha sido la excepción entre los que han gozado de la cercanía de Concha. Enamorado, se rebela contra su histrionismo y contra todo lo que no comprende en ella. Cada capítulo de este libro admirable muestra la lucha con el Ángel, que es, siempre, la lucha con los demonios. Sicilia interpela a Concha, revela sus dudas, sus diferencias, su escándalo, todo eso que hace sentir al lector que no está solo, que el transcurrir de la lectura es el de un misterio que lo lleva de asombro en asombro, de la incredulidad al convencimiento, de éste a la incredulidad. El lector concluye que la existencia de Concha es tan prodigiosa como la obra de arte que ha leído. Nunca el surrealismo alcanzó tanta profundidad como en esta vida que es una novela y de la que el autor, con honestidad, no ha hecho sino exponer su crudelísima realidad. Y es que la realidad sólo se explica por lo que subyace y la trasciende.

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