Doce Tanka

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Tarde de habas,

revientan al unísono

todas las cáscaras:

ligado yo a mi madre,

soy parte del soneto.

 

Frente a una chica

que no conoce el mar

estoy plantado

con sombrero de paja,

extendiendo las manos.

 

Se va rodando

el sombrero de paja

y yo corriendo

para alcanzarlo vuelvo

acaso hasta mi pueblo.

 

Con el amigo

que ha perdido el dejillo

de nuestro pueblo,

qué amargo el café moka

de la conversación.

 

Como semilla

que se hubiera sembrado

dentro del sol

arden calladamente

tu mejilla y la mía.

 

Al escribir

que la vida no pasa

de ser tan solo

una pregunta, pasa

febrero en la gaviota.

 

Envejecí jugando

al escondite y aún

soy el que cuenta:

¿a quién voy a encontrar

en las fiestas del pueblo?

 

Vengo corriendo,

me detengo de golpe

y me adelantan

los vientos con su voz,

clamando por su tiempo.

 

Un girasol

de pétalos resecos

dado en ofrenda:

la tumba de mi padre

ya es más baja que yo.

 

Carga el cadáver

de una mariposa

una hormiguita:

no sé hasta dónde irá,

mas no proyecta sombra.

 

Mi apartamento

y la celda que habitas

en esa cárcel:

los unen bajo tierra

viejos tubos de gas.

 

Froto el cerillo

y, en un instante apenas,

niebla en el mar:

¿hay acaso una patria

por la cual arrojarse? ~

 

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Versión de Iván Díaz Sancho.

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