La palabra justa

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Un joven estudiante de derecho hereda un cuadro robado durante la Segunda Guerra Mundial y se enamora de él; pero el cuadro no lo deja enamorarse de nadie más. Un viudo reciente recibe cartas de un amante secreto de su mujer, y las contesta haciéndose pasar por ella. Un berlinés del Oeste descubre que su mejor amigo del Este informó sobre él a la Stasi; pero que lo hizo por amor. Un joven alemán se enamora de una judía neoyorquina, e intentan ser felices sin mirar ni negar el pasado de sus familias; pero el pasado los mira y los niega a ellos. Un hombre maduro, con un matrimonio en ruinas, se encuentra con el sueño de toda su vida; el sueño que su vida arruinó.
     Común denominador de estas historias: la vacilación ética, la pregunta —no la respuesta— sobre el significado de la palabra “moral” en una edad trivial.
     En el tembladeral de las sociedades posmodernas, de la globalización sin utopías, se me ocurren pocos autores que, como Schlink, se atrevan a recortar el perfil de sus historias contra un horizonte ético, en lugar de puramente estético. Y que al hacerlo no caigan en la puerilidad sicológica o el mamarracho ideológico. Ya lo había logrado en su gran éxito anterior: El lector. Y vuelve a conseguirlo en estos brillantes cuentos, que por su densidad son más bien novelas en pocas palabras.
     A modo de explicación propongo un ejercicio de imaginación. Un ejercicio que para la crítica contemporánea es políticamente incorrecto: evoquemos al autor. Bernhard Schlink fue juez en la vida real. Lo supongo un buen juez, o sea, frustrado. Su oficio lo habrá acostumbrado a ese fracaso que consiste en intentar balancear y pesar, sentir el peso de verdades contradictorias, representarse intereses legítimos y sin embargo opuestos, y al hacerlo entender a diario que la justicia es la agonía de lo imposible. Una imposibilidad que sin embargo debe intentarse. Como la literatura. Porque la justicia para un buen juez —y cualquier hombre o mujer honestos— es una práctica literaria: sólo quien puede imaginarse lo que es el otro puede juzgarlo con buena conciencia, sólo el escritor que es capaz de ponerse, de verdad, en el lugar de sus personajes, puede representarnos sus dramas. Pero una vez que estamos en el lugar de los otros ya no sabemos el lugar de lo justo. Toda sentencia es un fallo. Bernhard Schlink, el escritor juez, sabe esto, como lo supo Fausto: “Estudié filosofía, jurisprudencia, […] y heme aquí, pobre loco, tan sabio como antes”.
     Hay que imaginarse a Bernhard Schlink, un juez alemán de casi sesenta años. De esa generación de posguerra que heredó la responsabilidad de juzgar, siendo a la vez inocentes como individuos y culpables como nación. Varios de los protagonistas de estos agudísimos cuentos son hijos inocentes de padres culpables; hijos culpables de juzgar a sus padres. Toda generalización nacional es arriesgada, y sin embargo, como la justicia, es un riesgo ineludible. A pesar de los alemanes, a pesar de la frivolidad del “milagro”, y comparado con la falta de espesor moral de esta poshistoria global, Alemania es el país más ético imaginable. Bien entendido: un país atormentado por sus dilemas éticos. Ésa es la ambigua y contradictoria herencia de la culpa, que estas historias de hoy reinventan. Como en el cuento del muchacho que hereda de su padre el cuadro que éste robó en la guerra, la belleza que robó, y descubre que no es la imagen sino el espesor de esa pintura lo que lo llama a fugarse del amor, al “amor en fuga”.
     Berlín, el escenario de varias de estas historias sitiadas por la duda ética, resulta paradigmático de sus contradicciones. Para Andi, el joven que ama a la judía neoyorquina, la ciudad en fuga que es Berlín, construyéndose y rehaciéndose, cicatrizando con edificios de espejos la herida del muro, es un orgullo y una llaga: “Cuando se imaginó contemplando con ella las obras de la Potsdamer Platz, de la Friedrichstrasse, del Reichstag, y tropezando por doquier con edificios en obras, supo lo que Sarah diría, o por lo menos pensaría. ¿Por qué se empeñan en que todo esté acabado mañana mismo, en que parezca como si la ciudad no tuviera historia?”. Y sin embargo, para cualquier extranjero que haya vivido en Berlín queda la impresión de que ésta es una ciudad abrumada por su historia. No es sólo la bombardeada Gedächtnichs-kirche al comienzo de la Ku’dam, no es sólo el Museo Judío —museo de una historia destruida—, los cientos de pequeños y grandes memoriales de la tragedia, no es cosa de museos y monumentos, sino que es sobre todo lo que no está y sobrevive en su ausencia, los huecos, la cúpula dorada de la sinagoga vacía en la Oranienburger Strasse, vista desde la torre de la televisión que los comunistas construyeron como símbolo de un futuro que no llegó. Sólo a un alemán ético como Andi se le podía ocurrir que esto no se nota lo suficiente. Y tal vez sólo el escritor que fue juez, Schlink, podía imaginar de modo tan exacto este conflicto de derechos: el derecho al olvido y los derechos de la memoria. La justicia, como la literatura, es un asunto de la imaginación.
     Suficiente con el tema de estas historias. En cuanto a su escritura, mencionemos dos autoindulgencias contemporáneas en las que Schlink no cae. No cae en esa “superstición del estilo” (Borges dixit), que esconde tras manierismos y “tecniquerías” la irrelevancia de lo que se está contando. Su estilo franco, transparente, conciso, está al servicio de estas historias relevantes, y no al revés. En esa extrema concisión la solitaria metáfora ética brilla, y brilla más. Ya nos había dicho en El lector: “Para mí estaba claro que con lo que experimenta la literatura experimental es con el lector.”
     Y Schlink tampoco cae en la moda narcisista de ser un escritor para escritores, intertextual, autorreferente. Esa depresiva idea —hija del nihilismo de las vanguardias— de que ya no quedan lectores, ni historias para contarles, y por tanto sólo cabe lucirle la pluma al gremio, le es saludablemente indiferente.
     Tal vez porque Schlink es uno de esos autores raros en esta edad trivial: un escritor con la palabra justa. ~


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