Sarduy en México

Encerrada sobre su altiplano central, la literatura mexicana era solemne, clasicista, conservadora y poco amiga de las novedades. ¿Qué atrajo entonces a un revolucionario como el cubano Severo Sarduy?
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¿Cómo convivió este verdadero revolucionario, el escritor cubano Severo Sarduy (cuya muerte hace veinte años se acaba de conmemorar en París con un homenaje internacional) con la vecina y enorme literatura mexicana, esa tercera frontera que une y separa, donde se difumina el golfo, a México y a Cuba?

Asumo como hipótesis de trabajo, lo que lo mismo un dominicano que muchos de sus lectores contamos entre los mexicanos, Pedro Henríquez Ureña, que el santanderino, es decir, el doblemente peninsular don Marcelino Menéndez Pelayo, severo juez de la literatura americana, propusieron como un hecho casi metafísico: que la literatura mexicana, encerrada sobre su altiplano central, era solemne, clasicista, conservadora, crepuscular y poco amiga de las novedades, que digiere lentamente.

El tópico algo tiene de cierto y hasta la fecha son comunes los lamentos de que, sobre todo nuestra poesía, en el modernismo fue la más clásica, para carecer después, del radicalismo de la vanguardia. Digan lo que digan el estridentismo fue efímero y pobre en estro e inspiración y el grupo que en algunos manuales despistados pasa por ser nuestra vanguardia, el de Contemporáneos, fue reacio al surrealismo (pese a las conspicuas visitas a México de Artaud y de Breton y en contra del semillero que fue el país para el arte surrealista internacional) y bastante apegado al clasicismo de la Nouvelle Revue Française (NRF). Ya en el nuevo siglo, la fama de Roberto Bolaño, el narrador chileno que pasó algunos de sus años de formación en México y escribió algunas de las mejores páginas novelescas que sobre el país se han escrito, ha permitido, para algunos, corregir la supuesta anomalía, dándole al infrarrealismo (la secta de juventud animada por Bolaño) el lugar de esa vanguardia que el México clasicista y crepuscular se ha empeñado en ignorar.

Destacar la aparente contradicción entre el antigongorismo mexicano, una dieta templada frente al delirio barroco de la literatura cubana, presenta sus problemas desde el principio. ¿Enrique González Martínez contra Lezama Lima? ¿No harían buena pareja, en cambio, Virgilio Piñera y Arreola? ¿No cabría dedicar un rato a la lectura comparada de los índices de Orígenes y Contemporáneos, de Ciclón y de la Revista Mexicana de Literatura antes de hablar de Carlos Fuentes, Salvador Elizondo o Alberto Ruy Sánchez, las lecturas mexicanas de Sarduy?

Pero no vayamos tan lejos. En principio, semejante antagonismo entre literatura abierta y literatura cerrada, poesía de montaña y poesía a nivel del mar, olvida o ignora (como yo lo ignoré durante mucho tiempo) que ambas literaturas tienen un padre común, José María Heredia, el último de los neoclásicos o el primero de los románticos, como se prefiera, quien hacía 1830, desterrado, hizo vida mexicana al grado de escribir casi en soledad nuestras primeras revistas literarias (El Iris, Miscelánea, Minerva), desde las cuales difundió la literatura francesa de su tiempo (que todavía era más del abate Delille que de Victor Hugo, recuérdese) y la obra, sulfurosa, de Lord Byron. Heredia, que hizo del Caribe su mar mediterráneo, fue, desde su exilio, tan cosmopolita, como Sarduy, pero le tocó serlo desde la periferia, el desastroso México recién republicano y no desde el autoproclamado ombligo del mundo. Los años de Heredia en México, quien intentó ser mexicano en un momento en que el hispanoamericanismo fundador de nuestras repúblicas remitía en favor del nacionalismo pequeño y patriotero, como lo ha dicho Rojas, fueron más cruciales que los de José Martí enamorando a Rosario de la Peña en los albores del Porfiriato (lo siento, comparto con Piñera el repelús por Martí). Un cosmopolitismo fundador, como el de Heredia, vendía poco y vendía mal en los años de gloria que compartieron, hermanadas, la Revolución Mexicana y la Revolución Cubana.

Otro cosmopolitismo, el de Octavio Paz, fue el que trajo a Sarduy a México, que visitó solo dos veces, en 1982 y 1987, leyendo en público, la segunda ocasión, junto a él. Pero se aficionó a sus mitologías. Mientras el poeta Heredia, precoz, le da a México en 1820 la manera de hacer de lo azteca un neoclasicismo con el famoso En el Teocalli de Cholula, Sarduy le debe a Paz, según sus propias palabras, “el regalo más extraordinario que alguien pueda hacer: la India. Sin sus palabras y sin sus textos quizás nunca hubiera ido. O hubiera ido, como va todo mundo: atento a lo más exterior.”

Son enfáticas y hermosas las menciones de Paz en la obra sarduyana, desde la visita hecha por Sarduy a su jardín en Nueva Delhi, no estando los Paz en casa, para ver cómo estaban las rosas hasta las dos dedicatorias, la de Escrito sobre un cuerpo (que incluye a Marie–José, la mujer del poeta) y de Nueva inestabilidad, editado en la ciudad de México por Vuelta, en 1987, gracias a Aurelio Asiain, secretario de redacción de la revista y corresponsal, además de Sarduy, no solo por razones editoriales sino de empatía poética.

En el terreno de la política literaria, la relación entre Paz y Sarduy, los más de treinta artículos del cubano publicados en Plural y Vuelta entre 1971 y 1994, tenía sus bemoles, que habría que explorar. Paz, tras su diálogo con su amigo Claude Lévi–Strauss en El festín de Esopo (1965) y habiendo estado, en esos años sesenta, bajo la influencia epocal del estructuralismo en un grado mayor del que habitualmente se detecta, desarrolló una enorme antipatía por Barthes y por los postestructuralistas literarios, a quienes consideraba profesorales y logocidas. La Teoría Literaria, propiamente dicha y con mayúsculas, nunca le interesó a Paz, pero tampoco a Sarduy y según parece, tampoco al propio Barthes, el del final, el de Fragmentos de un discurso amoroso (1977), el libro en que según algunos, se asoma mejor, aunque disfrazado, su amigo cubano.

 

 

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